miércoles, 30 de enero de 2013

ESTE (NO) ES UN BLOG SOBRE PROUST



"¡Este no es un blog sobre usted! ¿quiere escucharme, don Marcelo?".

El me mira... y se sonríe, porque le consta en su fuero interno, aunque su acostumbrada discreción no vaya a permitir señálarmelo, al menos no de palabra y delante de todos ustedes, que este sí es un blog sobre Proust, sobre él y sobre su obra ¿Cómo no habría de serlo si lo que su autor persigue en el fondo, con el mismo, es propiciar la sonrisa desprejuiciada -la de sus lectores y también la suya- y los principales ingredientes que suele utilizar para darle sustancia a su guiso son, en lo principal, la ironía, la ponderación y el escepticismo?.

¿Cómo va a poder renegar ARQUETIPO'S de la influencia proustiana si casi todo el blog, por entero, es una evocación a la nostalgia -una "doble" nostalgia-, y la sentimentalidad que rezuma de sus letras, es una sentimentalidad inmadura, egoista y un poco dulzona?

¡Si hasta el mismo estilo del fabulador se demora a menudo extraviado entre recovecos, precisiones -e imprecisiones- dimes, diretes y se desentiende de la causa del relato, y hasta del orden natural de la retórica, enredándose en proyectar valoraciones propias y coyunturales de sentimientos eternos, de sucesos tangibles, de gestos y frases sin apenas la menor relevancia!.

Pretendo hablarles esta vez de la realidad y el deseo. Y de la realidad y el deseo según Marcel Proust.

De todos es sabido que son muchas las ocasiones en las que la materialización de los deseos nos aboca a la desilusión y que por muy halagüeños que nos imaginemos los dones que singularizan el destino, en los viajes -ahí tenemos al veterano Ulises para ilustrarnos- acostumbra casi siempre a ser más útil para nuestro bienestar el decurso mismo del trayecto, con todos sus reveses y hasta calamidades, que la consumación que lo clausura. Sobre esto, buscando la originalidad de la metáfora en la infinitud de la línea circunferente, que como es notorio carece de principio y de fin, pretendí dejar constancia en un determinado momento de mi vida...

"Redondo. Como el mundo, como tu piel y tus ojos, como tus besos preteridos. Redondo. Como el camino -de salitre y certidumbre- que conduce hasta los muelles arcanos de Itaca...".

... tal vez malherido de amor. ¿Estaría por entonces verdaderamente enamorado o únicamente ambicionaría estarlo?.

Miren lo que cavila el maestro sobre todas estas cuestiones. El joven protagonista de su novela está emperradísimo, casi hasta la obsesión, en ver actuar a una de las grandes cantantes de la época: "la Berma", quién va a presentarse a los pocos días en un teatro de la capital; pero el chico no goza de una salud demasido boyante y su médico les ha recomendado, a él y a sus padres, que se abstenga de salir de casa.

Luego, unas fechas más tarde, en una cena, un cónsul amigo de su padre, por el que este siente verdadera preferencia, se dedica a sublimar las aptitudes de la diva y le augura al muchacho, quien previamente se había declarado admirador de la misma, que cuando al fin la vea actuar sobre el escenario va a quedarse maravillado.

Las palabras del amigo diplomático mueven a sus mayores a cambiar de opinión, y, a través de la madre, se termina por autorizar al chico a que, en compañía de su abuela, acuda al teatro a oír cantar a la Berma.

¿Y...? Desde ese mismo instante el jovencito pierde el interés por acudir a la representación. Al dejar de ver el asunto como una quimera, y pasar a valorarlo como una realidad, empieza a reparar en la posibilidad del fracaso, y que la Berma no le guste tanto como se había supuesto, ni, por extensión, ninguna de las demás cosas que se pretenden deparen, al suceder, tan gratos parabienes como habíamos deseado creernos.

Como pueden advertir no se trata en puridad de que Proust, por medio de su personaje protagonista, se sienta decepcionado por lo que sería el destino final del viaje, sino que, ante la mera probabilidad de que esa decepción vaya a poder materializarse, pone ya en cuestión el viaje mismo. Esto es, apela al resguardo de la inacción como remedio contra la decepción. Parece que nos diga: si no queremos lamentarnos, padecer a lo bobo, más vale quedarnos donde estamos y no izar siquiera las velas del barco que debería conducirnos a Itaca; esta podría llegar a ser tan fea, tan aburrida ¡qué hasta las vibrantes emociones de un victorioso encuentro con los piratas vivido durante la travesía irían a quedar, en un futuro, ensombrecidas por el tedio!. 

Y... sí señores. Este sí es un blog sobre Proust. Un blog sobre Proust escrito por un pirata.

martes, 29 de enero de 2013

ISLAS


Iba a escribir algo sobre la muerte, “Morirse en Abril”, lo iba a titular y pensaba hablar de un hospital muy blanco, rodeado de unos árboles muy verdes, en el que un hombre joven -treinta años más o menos- se iba consumiendo poco a poco entre cables y maquinitas que creaban diagramas y secuencias de luz en una pantalla. Pero era algo muy triste y, al final, no me ha parecido bien hacerlo.

Al hombre lo drogaban cada día para quitarle el dolor y él les sonreía a las enfermeras cada vez que le visitaban para comprobar su temperatura; lo hacía para comprobar su ternura.

Iba a contarles -de este hombre- que se afeitaba dentro de la cama y apenas tenía ningunas ganas de comer. Fabular de sus amores, su dolor, su esperanza... pero todo eso es algo tan triste que al final he desestimado hacerlo.

He preferido hablar de él ahora -que anda por los veinticinco- y está pletórico de felicidad porque acaba de aprobar unas oposiciones. Ahora, que espera al futuro lleno de optimismo y está dudando si pedir plaza en Mallorca o en Tenerife, porque los dos sitios le apetecen. Son islas.

Justo en este instante -en el que casi ninguno de ustedes lo está viendo- pasea por un parque llevando de la mano a una niña pequeña que es su sobrina, la hija de su hermana; van camino de un estanque con patos y desperdicios al que acuden las pandillas de chicos para hacer el tonto y echarse agua con los remos de una barca a otra. El sol ha comenzado su declive y la chiquilla desea saber como se llaman unas flores moradas en las que es la primera vez que se fija. Se lo pregunta a su tío. “Son violetas”, le dice él. “¿Es verdad que vas a vivir en otro sitio?”. “Sí, cariño, voy a irme a Tenerife”. Se sorprende a sí mismo por haber tomado la decisión así, de repente, al responder a la cría. Lo que en esos momentos no sabe, ni siquiera sospecha, es que de haber elegido la otra isla jamás habría tenido que avanzar por aquella larga recta en la que al conductor de un camión le venció el sueño. O, tal vez sí, quizás sí habría tenido que hacerlo, es posible que aquella recta constituyese una parte indisponible de su vida. Algo tan preciso y definitivo como las ganas de saber de la niña o el color, mismo, de las violetas.


viernes, 25 de enero de 2013

PROUST Y EL DESCUBRIMIENTO DE LA POLVORA


“Los viejos pantalones que luciste en tiempos vuelven a estar de moda. ¡Fíjate en esos!; son... muy, muy, parecidos; pero... para quién hoy los lleva... ¡tan distintos!”.

Se puede hablar de la moda como hice yo en su día, desde los bordes del grisáceo barranco de los cuarenta, en esa manera fatalista y un tanto desencantada; casi, casi, hasta elegiaca. O se puede optar, como prefirió hacer monsieur Proust, a quien el paso del tiempo le preocupaba casi tanto como a mí por aquel entonces, y como les preocupa a casi todos cuando presienten que la juventud se halla pronta a esfumarse para siempre, por encarar la cuestión en una manera bastante menos afrentosa. Y, con este temple, cuando uno de los personajes de sus libros se interesó por la procedencia de los originales sombreros que otro de ellos acostumbraba a gastar, este segundo le respondió: "no voy a buscarlos a ninguna parte. Lo que hago es no tirar ninguno". Sabia ocurrencia.

Ustedes lo saben, como también Proust lo sabía: las modas, pasadas de moda, con el tiempo, seguramente, van a terminar por volverse a poner de moda. Lo que igual se podría enunciar aseverando que nada hay que sea realmente nuevo bajo el sol salvo los ojos y el criterio de aquellos a quienes en cada momento les corresponde admirar la pretendida primicia.

para cerrar esta recurrente parábola, deseo añadir de mi cosecha -y así lo consigno por lo que de desabrido pudiera contener el comentario- que si bien cada enésimo descubrimiento de la pólvora es un síntoma sano de sana juventud, prolongar la admiración y la sorpresa a causa del vulgar suceso a partir... pongamos por ejemplo, de los veinticinco... no va sino a representar un lastimoso síntoma de inane inmadurez. Nuestros abuelos, nuestras abuelas -aunque me resulte un poco violento proclamarlo en público- también follaban ¿cómo si no piensas que estás tú aquí para poner en duda la coyunda?.

miércoles, 23 de enero de 2013

MAGDALENAS


¿Qué es lo que vamos buscando cuando abrimos una novela? ¿evadirnos de la realidad o, verdaderamente, conseguir dar con una realidad paralela, la nuestra, y poder ver expuesto por escrito, con todas las letras, y por alguien que nos es ajeno, justo lo que nosotros sentimos, justo lo que nosotros pensamos...?.

Va depender del tiempo ¡claro!. Como casi todo. De su acumulación y su presencia. También de su pérdida.

Buscamos casi siempre, al leer, el entretenimiento. Esto es, que lo que nos aventuramos a conocer de nuevas resulte grato a nuestro sentido y nuestra sensibilidad ¡cómo olvidarnos de Jane Austen al hablar de novelas! y luego, con los años, según él ha ido madurando nuestras vidas; y nuestro coetáneo desencanto: robusteciéndose; creo que anhelamos, igual: una confirmación de las ideas -más nosotros, los varones- una complicidad en los sentimientos -ellas sobre todo, me parece...- que nos permitan asimilar que no estamos solos en el mundo, que no somos tan raros, y saber que auténticos genios de la altura de Voltaire pensaban lo mismo que nosotros, o muy parecido, que verdaderas heroínas como las hermanas Brontë -o, lo que también vale, sus personajes- “fueron presa” (no olviden que les estoy hablando de Charlotte, de Emily y de Anne) de unos sentires análogos a los que hoy, doscientos años más tarde, nos reconcomen a nosotras, ciertas noches, cuando intentamos conciliar el sueño.
Pretendemos, en definitiva, el alivio... un alivio perfectamente legítimo, y hasta aconsejable... de ver nuestras ideas y nuestra conducta reflejadas en las correspondientes a alguien que ha gozado del beneplácito de sus coetáneos y atesora el prestigio que blinda el acceso a la posteridad. Poder cerciorarnos de que nuestras opiniones son los adecuadas y de que nuestros sentimientos no derivan, ni mucho menos, de ningún tipo de desequilibrio emocional extraño...
Todo esto... de lo que ahora les hablo... vino a exponerlo el maestro -era él mucho más de exponer que de explicar- con una sencillez, y una claridad, a las que yo, creo, he conseguido tan solo aproximarme. Acojámonos, entonces, a sus mismas palabras:
“Si leemos la obra maestra escrita por un hombre de auténtico genio, nos deleita encontrar en ella reflexiones que nosotros mismos hemos llevado a cabo y que habíamos despreciado, gozos y zozobras que habíamos reprimido, todo un mundo de sentimientos que habíamos vilipendiado y cuyo valor nos enseña de pronto el libro en el que los hemos descubierto”.
(Marcel Proust)
Por lo tanto, les felicito a ustedes caso de que sus ideas -no considero al artículo capaz de alentar sentimientos- se hayan visto corroboradas por mis palabras. Pero de no ser así... ¡no desesperen! y sigan buscando... porque seguro que por muy minoritarias que acostumbren a ser sus opiniones y sus gustos, por muy extravagante que posean el criterio, y por muy peculiar que su idiosincrasia pudiese ser catalogada, no me cabe la menor duda de que terminarán por encontrar, por ahí, en alguna parte: una novela, un personaje, incluso un narrador omniscente... cuya naturaleza sea capaz de encajar como anillo al dedo, por lo menos a veces, con sus aspiraciones y emociones, permitiéndoles unos breves instantes –tampoco demasiados, la realidad termina siempre por imponerse- de sosiego y felicidad.

domingo, 20 de enero de 2013

POKER DE ASES


Nos cuenta Borges que Emile Zola -autoproclamado con ocasión de emitir este dictamen, discípulo de Gustave Flaubert- vino a reconocer que el de Rouen era inferior, como novelista, a Eça de Queiroz.

¡Vaya cuatro elementos! Borges sería el as de tréboles; Zola, el de picas; Flaubert, el de diamantes y, finalmente, Eça, el de corazones.

¡¡Rien ne vas plus!!

viernes, 18 de enero de 2013

DISCO DANCING



Vacilantes iniciamos el rito eterno de las caricias y los besos para espantar a los fantasmas de la desolación. Bailamos frenéticamente. Luego, metimos ese trozo común de nuestras vidas en la memoria de un móvil. Incluso durante esos breves instantes de pujanza no pasamos de ser dos hileras de números.

martes, 15 de enero de 2013

CHICK LIT & CHIC LIT


Con motivo de la reedición en España (Ed. Anagrama) de la novela “Angel”, de Elizaberth Taylor, me ha parecido oportuno lanzar al vuelo unas cuantas reflexiones sobre el tema, hoy tan en boga, de la literatura de género. Entendido este en su sentido más palmario: nada de distinguir entre novela de aventuras, novela negra o novela sci-fi... sino que el apelativo haría referencia a la diferenciación entre un estilo de novela dirigido a un público de género mayoritariamente femenino y otro cuyos destinatarios corresponderían mayoritariamente al género masculino. Y matizo “mayoritariamente” porque siempre hay gente dispuesta a meter las narices donde no la llaman.

Trata el inicio de este libro, publicado en 1.957 -pronto habrán transcurrido sesenta años, que incluso para Gardel parece que sí que son algo- de las tentativas de una adolescente británica para publicar una novela que acaba de escribir. La novela de la novata cuenta una historia recargadísima, atestada de marquesas y lamé... repleta de mansiones y esmeraldas... capaz de provocar una curiosa disparidad de criterios entre los dos socios de la editorial “Gilbraith & Brace” receptora del manuscrito. Mientras que al primero, la historia le parece adecuadamente apropiada (no olviden que estoy escribiendo en “mode” british) el segundo no va a pasar de considerarla un bodrio (tampoco olviden que soy español). Y en esas andan -ahora- los dos editores, sopesando entre ellos los méritos, Gilbraith, y deméritos, Brace, de la obra que tienen ante sus ojos, cuando nos acercamos, nosotros, a fisgonear. Concedámosle el uso de la palabra a Brace, el pretendido detractor, en el preciso instante de hacer patente ante su colega el desmesurado uso de “latiguillos”, “muletillas”, “coletillas” ¡vaya unos nombres más feos! o como los queramos llamar, incluso “remoquetes”, por parte de la precoz narradora:

“-Hay un ‹‹más aún›› en cada página. Mi mujer los ha contado. Ella se encargó de las páginas pares, yo de las impares. Debíamos pagar un chelín al otro por cada una de nuestras páginas en la que no hubiera un ‹‹más aún››, y de la primera a la última no cambió de mano una sola moneda de plata.

-¿Así que Elspeth también lo ha leído?

-¿Leerlo? Devoró y engulló cada iridiscente palabra.

-Las demás mujeres harán lo mismo.

-Espero que más respetuosamente.

-Es muy posible. Percibo en todo ello una extraordinaria fuerza, y en consecuencia me pregunto si se trata de genio o de locura. Me ha fascinado por completo.

-Y a mí.  En especial la forma en que tratan el champagne.

-No es la primera escritora que lo abre con sacacorchos, y puede que no sea la última. Y además, ¿qué importa?”.

¿Observan? Tanto Gilbraith como Brace vienen a coincidir en que a las mujeres, al público lector femenino, le fascinan las palabras iridiscentes, diamantinas, que devoran y engullen como si fuesen unos gruesos bombones de trufa dotados del prodigioso don de la inconsistencia: vas a poder comerte todos los que quieras ¡sin añadir un gramo de grasa a tu figura!. Esto es justo lo que buscan, y han buscado siempre, ya lo están viendo, las chicas, las lectoras: bombones de trufa dialécticos. Y si eres alguien capaz de proporcionárselos, da igual lo cursi que te pongas; es lo mismo las veces que hagas uso de un mismo truco retórico; no importa demasiado que puedan existir evidentes incoherencias en tus planteamientos narrativos... ¡triunfarás!.

Menudos machistas los tales Gilbraith y Grace y menudo machista Julian Bluff, seguro que estarán proclamando algunas de ustedes en su mente -que me las imagino por lo general discretas y contenidas- ante semejante tesitura. Mas no deben olvidar que el último de los aquí citados profesa verdadera admiración por un gran número de literatas y, aún deberían merecerles mayor crédito, si cabe, los dos primeros personajes del trío si contamos con el hecho de que estos no son sino fruto de la imaginación de una mujer, Elizabeth Taylor.

También cabría que tildaran de machista a la propia escritora y yo no pienso discutírselo. Esperen unos segundos a que termine esta historia.

Importa, aquí, que reparen, y de ahí el título del post, en que hace ya más de cincuenta años se hablaba de literatura dirigida al público lector femenino. Y que sí bien podría admitirse que la institucionalización de la chick lit es un fenómeno relativamente reciente, existe una deliciosa literatura para mujeres, una “chic” lit, sin “k”, que lleva escribiéndose desde que el mundo es mundo. Desde los mismos tiempos de la enigmática Safo de Lesbos. Una romanticona.

Elizabeth Taylor, Antonia S Byatt, Dodie Smith, Eudora Welty, Ivy Compton-Burnett, Nancy Mitford, Sybille Bedford... incluso la genial Richmal Crompton. Chic Lit. ¡Ironía, sensibilidad, ternura! Botellas de champagne que se destapan utilizando el sacacorchos ¡qué más da!. ¡Cuando están ricos, los bombones de trufa son algo irresistible!. También los que engordan.

domingo, 13 de enero de 2013

EL "33"


Si pierdes esta vez, lo pierdes todo. Apuestas. Ganas. Sigues jugando.

miércoles, 9 de enero de 2013

LAS SALAMANDRAS CIEGAS


Tu voz, jirones turquesas de aurora en la humedad de la caverna. Tu voz, prendida con la luz de los ángeles zurdos para cruz y cilicio de tus adoradores.

Kilómetros de vergüenza en la memoria: el amor es el asesino más buscado por la víctima.

Un trapo en la garganta, empapado de celos, no me dejaba hablar, estaba amedrentado por los sables de acero de tu voz.

Quería hacerte llorar para que tu voz sonara triste, hacerte sufrir para que sonara mísera, hacerte el amor para que sonase ñoña. Deseaba asirte por los hombros y agitarte -tiránico como el bastión de los gorilas- para desgarrar por la fuerza la fuerza de tu voz.

Pretendía ese sonido sólo para mi. Mío o de nadie. Escuchar tus palabras entre las llamaradas que cada cierto tiempo incendiaban mi vida; disfrutarlas, exactas, en mi lecho de muerte.

En mis oidos, cada vez que te oía hablar: repicaban las campanas del sexo; en mis manos: desbordaban las palmas tus senos.

Pude enloquecer como Van Gogh, cortándome la oreja con el filo de unas crueles -y tiernas- cuchillas de palabras. No lo hice. Hoy te recuerdo entera: tus ojos, tu boca, tu cuerpo...

Y aunque, lo sé, todos estos recuerdos tendrían que haberse convertido ya en oraciones perdidas de un libro viejo, aún hay veces en las que me parece sentirte respirar a mi lado mientras sueño, en las que te puedo sentir sonriente -y oculta- en los rincones nevados de los sueños. Te escucho hablarme. No sé que responderte. Ni siquiera te puedo tocar. Tu voz en llamas acorrala a mi corazón contra el silencio y yo no soy capaz de decirte nada.

martes, 1 de enero de 2013

JUEGO DE MASCARAS



Cohabitan como pueden en mi cabeza dos planos diferentes de la realidad. En el primero de ellos, soy el más absoluto protagonista, soy el fondo y la forma; es justo a mí a quién van a ir a parar todas las preguntas, y justo en mí donde todas las hipótesis, por muy extrañas que estas pudieran llegar a ser, deben verificarse. En este plano de mi psique, mal que bien, adopto decisiones, persigo la felicidad… a veces, incluso, me siento moderadamente satisfecho.

Mas en el otro plano, el de la realidad de los “otros”, que se superpone y se intercala con el anterior, acostumbro a estar casi siempre hecho un auténtico lío. Cualquier decisión que adopte… cualquier palabra que pronuncie… desde esta otra perspectiva va a representar una cierta desnaturalización, integrar por si misma un inevitable descreimiento, ardides chapuceros para que a los demás no les importe hacer suyo nuestro discurso y les parezcan respetables nuestras intervenciones. Un inmenso escenario de mentiras, de conveniencias, que es paradójicamente el que otorga fundamento a la razón y les permite actuar a las personas con una aparente entereza. Y no, en esta segunda dimensión repleta de tópicos, de egoísmos y de buenos propósitos no acostumbro, yo, a moverme con demasiada soltura.

Más o menos puedo ser un hombre justo cuando es a mí mismo a quien juzgo. O puedo no serlo. Nada ni nadie me lo impide. Las reglas del juego las interpreto yo y derivan de un respetable pensamiento cartesiano. Es en mi vida con los “otros” cuando esas reglas son otras distintas y su aplicación no va a depender ya de mí. Forman parte del suceso aleatorio de habitar cierta curiosa parte del planeta en la que la validez de lo razonable no suele aceptarse en base a esa misma racionalidad y en donde los actos merecedores de crédito acostumbran a ser los acometidos sin la menor meditación.

Y así ando yo dando tumbos dentro de mi mismo, zarandeado entre lo desnudo, lo exacto, lo sincero -mis pensamientos íntimos- y exteriorizando a la luz unos comportamientos tipo adecuados para que la sociedad no se canse de mí y termine por excluirme de su juego. Un estúpido juego de máscaras en el que no me quedan más huevos que participar.