sábado, 29 de diciembre de 2012

SOLITARIOS



Está ella sola en una habitación. Está él solo en una habitación. Da igual el sexo de nuestro personaje, la historia es la misma. Han ido pasando los años y, él o ella, ha conocido ya a mucha gente. A algunas de esas personas las ha telefoneado para felicitarlas la Navidad. En otros casos han sido ellas las que han llamado. Cae la tarde y el gris parduzco de la ciudad empieza a diluirse entre el gris más oscuro del cielo.

Suenan algunos petardos en la calle y las risotadas de los chicos que los han hecho explotar, resultan agresivas y tristes.

Por la mañana, el cielo estaba blanco, como si se hallase mezclado con agua jabonosa, y a punto de desparramarse sobre el gris. Con el anochecer, gracias a las luces rojas traseras de los coches, y a la iluminación rotunda de sus faros, las calles parecen cobrar un poco de vida, se permiten unos minutos, unas pocas horas, de cierta pujanza. Nuestro personaje -no sabemos si es un hombre o una mujer- hace solitarios sin parar delante de la pantalla del portátil como antes los hicieron sus mayores con unos naipes con los bordes desgastados, al cobijo casi animal de los faldones de paño de una mesa camilla.

Solitarios, los dos.

Los dos, sobre todo ella, piensan en el pasado. Los dos, sobre todo él, se sienten íntimamente frustrados aunque no vayan a decírselo a nadie. El tres de oros nunca sale cuando toca y la sota de copas hace casi siempre -como está mandado- lo que le sale de los cojones.

Solitarios. Para ponerse a repasar trozos perdidos de la vida muerta mientras discurre la tarde. Solitarios. Para saber que frente a nosotros mismos vamos a encontrarnos solos siempre, solos siempre, por mucha que haya sido la gente que hayamos podido conocer durante el transcurso de nuestra vida. Solitarios frente a la soledad aplastante que acecha, mal encarada y greñuda, como las brujas y los súcubos de un eterno aquelarre goyesco, al otro lado de las paredes.

Solitarios. Tal y como una y otro terminaron por acomodarse a la angustia y la apatía antes de que les llegase la muerte.


domingo, 23 de diciembre de 2012

LA VIDA ETERNA ES UN APERITIVO CON GAMBAS A LA PLANCHA



Es mi regreso, el de todos los años… por Nochebuena… a la ciudad que me vio nacer.

Hace mucho calor, un calor excesivo, y los vaticinios de los mayas proseguirán su curso una generación tras otra hasta que un día cualquiera se cumplan.

Recupero, gracias a algunos de los hombres y las mujeres que fueron sus artífices, una parte de mi vida que ya pasó. Sus hijos y sus hijas nos tienen que ver casi casi como unos vejestorios.

Empiezo a ponerme a tono para tratar de ser el de siempre: un tipo cordial, desenvuelto, un poco chungón. Las cervezas van cayendo una detrás de otra ¡dorado elixir de una juventud ya gastada! mientras damos cuenta, entre bromas y recuerdos, de unas gambas a la plancha de bandera. Banderas. No sé cual es mi patria. No creo que la proclamen unas leyes ni las huellas de mis zapatillas deportivas sobre un camino lleno de polvo, ni tampoco creo que a mi país lo den en realidad cuerpo los abrazos de mi madre -estos trascienden sobre las fronteras- ni el regazo cálido de la mujer que amo, ni siquiera la música de Elvis Costello, tan melancólica, que tiempo ha consiguió hacerme vibrar de dicha, es la que logra conformar mi idosincrasia. No.

Al fin y a la postre creo que mi verdadera identidad proviene de una buena ración de gambas a la plancha con bien de sal, de las bromas pesadas y absurdas de unos tíos pasados de vueltas y ¡cómo no! de esos aros circulares que va formando en el revés del vidrio la espuma de la cerveza según el líquido acude brincando, riéndose a carcajadas, a alegrar la sentimentalidad de la hombría que copa el centro, mismo, de mi corazón.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

LOS DESAFINADOS TAMBIEN TIENEN CORAZON

Photo by Casper Dalhoff

Tú, que has visto a los horrores del carnaval del odio discurrir junto al portal por el que se sube hasta el hogar de tu alma, y que has podido ir consiguiendo, con el tiempo, no venirte abajo antes las impertinencias de los acomplejados. Tú, que apuntabas los teléfonos de las empresas que no querían contratarte, y, luego, los de las mujeres que no deseaban quererte en las pastas combadas de un nuevo testamento editado en Oviedo. Tú te mereces un efusivo abrazo.

Tú, que pones en el estéreo cosas de Chris Montez, otras de Jimmy Scott y otras de Lesley Gore, y pretendes echar unas lágrimas mientras la escuchas, sin conseguirlo casi nunca. Tú que has leído a Hollinghurst, a White y a Bufalino y los tres te han vuelto loco, y has intentado lo propio con Updike, Grass y Herman Hesse y no has podido pasar nunca de la página cuarenta. Tú te mereces que te llamen sibarita.

Tú, que coqueteas con los dioses, con las sílabas y con las esdrújulas y reniegas de Tölkien, del veintisiete y del realismo mágico. Tú que adoras el fado, las pelirrojas y los amigos que no hablan nunca de dinero ni de trabajo, y no quieres saber nada del merengue, las tigresas y los capitostes de la patronal y el sindicalismo. Tú te mereces una buena hostia.

Tú, que a la hora de la verdad prefieres el amago al golpe, y no te importa ser el último al final de las fiestas. Tú, que de continuo andas buscando la risa -tuya y de los que te rodean- y entre lo bueno y lo mejor prefieres disfrutar de lo perfecto. Tú quizás te esfumes de este mundo una tarde cualquiera de invierno, en plena calle, de un infarto, y los demás pensarán que vas borracho.

¡Tú! Sí, yo. Que no descarto estar como una cuba cuando la muerte, la muy puta, acuda a reclamarme. 

lunes, 17 de diciembre de 2012

NIGHTCRAWLER



La tensión del cristal, la expansión del fuego. Un adhesivo en un locutorio telefónico que te propone llamar a Tiziana siempre que te sientas solo y sin cariño. En un bolsillo, un peine al que le faltan varias púas. En una mano, un mechero de plástico naranja que lleva grabada en la carcasa la marca de un abono. En las mesas de un bar: escalopes, comtessas, bravas, tequila y cubalibres. Anochece deprisa en los polígonos.

En una nave, un perro lobo encadenado. En un taller, una ambulancia con la sirena rota. Sobre el asfalto cuatro putas de Angola con rimmel en las uñas, con uñas en los ojos -con labios indolentes estragados de “chuches”- con almas de enfermera entre los muslos.

Por el aire, la rumba cimbreada por el viento, oros, espadas, copas y esmeraldas, el Barça en pay per view, la moreneta, Iniesta, Messi, Los Suaves y Metallica. Amanece deprisa en los polígonos.

La noche encierra dentro sinvergüenzas, tiritos de perico y besos de chapuza entre colegas y casi nunca se despoja de su ropa para quienes intentan embaucarla a base de trucos y mentiras, para quienes pretenden poseerla a fuerza de alcohol y de pastillas. La noche se desnuda en raras ocasiones y evita en el amor, como una madre, a aquellos que se dicen hijos suyos.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

FEED THE TROLL. YES, YOU CAN



¿Cobardía detestable o, muy al contrario, la gallardía bizarra de ser capaz de asumir en público, a la vista de todos, tus propias limitaciones intelectuales?

Desentendiéndose los trolls, como acostumbran, de las entradas de los blogs en cuanto tales, las invectivas y las descalificaciones que constituyen su misma razón de existir vienen a centrarse en las opiniones de los otros comentaristas con el absurdo objetivo de pretender dejarles públicamente en evidencia.

Una distracción propia de merluzos. Y es que los trolls no son buenos ni malos; lo que son... es... tontos de remate.

Sí, bobos. Porque cualquier actitud que el agraviado adopte ante sus provocaciones habrá de suponer en último término un socavamiento de su propia autoestima.

La primera reacción de su presa, extrañada de que un tío con el que no ha tenido trato en toda su vida aparezca de la nada para tocarle los cojones, suele ser la de ponerle al pobre troll a caer de un burro incluso con la correspondiente mención a su “puta madre” (¿veén? esto debe resultar ser algo casi instintivo); lo que de ninguna manera, parafilias intelectuales al margen, va a poderse calificar como una cosa grata para nadie. Ni siquiera para un troll.

Luego, el siguiente comportamiento que se suele adoptar por el aludido -el más cómodo, sin duda- es el del silencio, hacer como si el comentario denigratorio no existiera (algo que cuando el troll ha sido detectado e identificado responde a la realidad más estricta: la gente suele pasar en moto de leer simplezas). Y aunque en semejante tesitura, estos pollabobas puedan contentarse en una primera instancia con imaginar lo cabroncetes que han sido, el permanente silencio de su víctima ante sus reiteradas provocaciones terminará, tarde o temprano, por socavar su ego.

Y por último va a caber que los afectados tengan otra tercera actitud, la más natural y espontánea, entre personas cordiales, y, también, justo es reconocerlo, la más dolorosa para el troll. La consistente en contestarle a este último con normalidad, ofreciéndole cuando la ocasión lo requiera, como a cualquier otro interlocutor en el debate, las pertinentes explicaciones sobre el objeto de su invectiva. En estos casos, al pobre troll, cuando, pasado un tiempo, entra al blog a comprobar los estragos emocionales que ha conseguido inocular con su mala baba no va a quedarle más remedio que constatar, por culpa de la respuesta recibida a sus comentarios, su irreparable mediocridad... su penosa estulticia... lo que habrá de ocasionarle -salvo que de verdad sea tan sumamente tonto del culo como no le importa aparentarlo- una dolorosa pérdida de autoestima al adquirir conciencia, precisamente a resultas de dicha réplica, de su limitada capacidad mental.

No tiene entonces otra alternativa el troll, si lo que quiere es no amargar aún más su ya bastante amargada sangre, que hacer como esos niños que tocan al timbre de una vivienda en el portero automático del portal y salen huyendo a la carrera antes de que les conteste el vecino, esto es, no va quedarle al confundido papanatas otra salida, si no quiere padecer en vano, que la de dejar su comentario en el blog y desentenderse para siempre de la reacción que este haya podido llegar a desencadenar luego. Un entretenimiento propio de chavales más bien cortos de entendederas, justo como lo del timbre.

En resumen, que los trolls son como niñas y niños, ya se lo he explicado. Infantes patosos y bobalicones. Y a los niños hay que quererlos. Y alimentarlos. A los trolls, también. Algunos es posible que en el mañana, gracias, entre otras cosas, a la paciencia y el buen hacer de sus munificentes “trolleados”, lleguen a poder convertirse en alguien de una cierta valía.

lunes, 10 de diciembre de 2012

ROBERT WALSER. "LA MUSICA DEL ALMA".



Con motivo de la reedición, en bolsillo, de las novelas de Robert Walser: “El Bandido” y “El Ayudante”, me atrevo a entonar acá esta breve loa en favor del maestro.

Walser entraña el ejemplo más palmario que a mí se me antoja de un autor capaz de aunar en su escritura la sencillez con la profundidad. Walser escribe tan sencillo que te desarma, su prosa tiene la textura del algodón en rama o de un buen pedazo de Gruyere acompañado de un vaso de vino del Rhin o de la nieve blanca recién caída que acuna la muerte de los ancianos jubilosos. Frases límpidas y claras y palabras simples y sabrosas.

Walser describe la esencialidad del hombre sin necesidad alguna de recurrir a golpes de efecto. A lo paródico. Revelándonos el santo y el criminal que todos -o casi todos- llevamos dentro, sin pronunciar una palabra más alta que otra. Sin aludir a un solo milagro ni a un solo asesinato.

Los protagonistas de sus historias reaccionan ante los imprevistos que aparecen en sus vidas de manera vulgar y corriente, como nosostros también lo haríamos, y Walser los retrata a todos ellos con calma, y cariño, y con una asumida fatalidad. Los sabe inseguros y vulnerables, como en realidad lo somos los hombres.

Los verdaderos efectismos de la prosa del suizo consisten en el hallazgo de un estilo ayuno de efectismos. En el amor al detalle. En la enorme piedad que siente hacia las cosas ingratas de la vida. En la desnuda sinceridad que es capaz de imbuirle a sus opiniones. Walser es todo un maestro, un compositor fácil y profundo, de los sones que depara entre los hombres la cálida música que interpretan sus almas.

Satie, Walser, Hergé, Rohmer... la sabia neutralidad del entendimiento como incisiva depuración del estilo.

sábado, 8 de diciembre de 2012

NOSTALGIA


La nostalgia... rodeada de lagos azules y colmada de manzanas de oro. La mirada que se detiene -de repente- en una silla, en una copa... Algo que olemos y nos produce frío, o calor, o pena. Un sentir que nos conduce de nuevo hasta los brazos de un amor perdido, hasta las lágrimas por un juguete roto, hasta una tarde de verano en la que los difuntos eran hombres y mujeres sanos que bailaban y bailaban y no paraban de reír.

Placer de juventud que no le teme al tiempo. Refugio de solitarios. Modosa y seductora. Intima. La nostalgia que nos hace sentirnos mejores por tratarnos como a personajes de fantasía, actores de una farsa que pudo ocurrir, y ocurrió. Que nos llena las tardes de playa, adolescencia y olas más allá de google, de planos, de informes, de windows xp.

Apoyado contra el cabecero de la cama veo desplazarse la luz alrededor mío. Es muy blanca, ciega al mirarla, no sabe que camino tomar, pero jamás le pregunta a nadie donde se halla porque a ella le gusta vagar sin un rumbo definido y acudir, rauda, a socorrer a los que la buscan. Esta tarde, el resplandor pasa de largo a mi lado, estoy arropado entre colchas y mantas y no ha llegado a identificarme con ese iluso que otras veces sí que tuvo el placer de disfrutar de su compañía. Al instante me incorporo de la cama y me tizno las mejillas, los pómulos, la frente, los párpados con las cenizas del polvo de su estela.

Plantado ante el espejo del cuarto de baño, intento averiguar quien soy. Me entran ganas de reír y de llorar. ¡Cómo cuesta no sentir próximas a la felicidad y la tristeza!. Me enjuago la cara y veo docenas y docenas de motas de carbonilla colándose apresuradas por el sumidero. Procedo a secármela y vuelvo a encarar el espejo. Es ahora el turno de la realidad, el cristal comienza a hablarme...

Unas pocas arrugas, unas cuantas canas, me aconsejan que me ponga a escuchar un buen disco, que escoja un libro aún mejor, me siente en un sillón con una taza de café con leche bien a mano y procuré no recordar nada de nada de lo que pasó.

Hay cosas de las que es mejor olvidarse en ciertos periodos de la vida. La nostalgia.

martes, 4 de diciembre de 2012

APARECIENDO / DESAPARECIENDO


Soy un terrón de tierra entre corrientes turbias. Un bancal de arena que se desmorona lenta, tranquilamente, enmedio de un río. Un mercenario cuyo destino es beber agua embarrada, al que las bienaventuranzas sólo auxilian en caso de extrema necesidad. No sé, hoy, como definir mejor mis sentimientos.

Añadiré algunas consideraciones: me vale con ser el tipo desaliñado de la camisa vaquera y la guitarra al hombro que avanza hacia el sol levantando el polvo y pisando los charcos. Me basta -y me sobra- con ser el hombre que a menudo le habla a la tristeza, y está a punto, siempre, de ofrecerle su rendición incondicional, sin paliativos. El hombre al que, cada vez que la vida le burla, le gusta recordar a alguna de las mujeres que le dieron la espalda. El hombre que se confiesa de ser hombre en todo lo que escribe; y que puede ser, en según que ocasiones, ráfaga de aire en la oscuridad, una estrella de mar enterrada o besos apremiantes que reprime el silencio de una fotografía.

Me basta y me sobra con ser el protagonista de mi histeria (de mi historia). El escéptico de la gabardina vieja, ajeno a las intrigas, negado para urdir venganzas, incapaz de hacerles daño a los demás. A los que si alguna vez ha reprobado, lo ha hecho con intención de no caer en la santurronería. En la soberbia. Porque en el fondo los comprende: sabe que no son más fuertes que él, que quizás son más débiles que él y que si no se demoran en analizar, desmenuzar, diseccionar lo que les pasa, si no se mueren por saber lo que sienten, es porque piensan que de llegar a saberlo, se morirían de verdad.

En estas primeras horas de la tarde, trascendentales y ásperas, me resta sólo desaparecer. Y la música, bellísima, es el éter que el bisturí requiere para sajar la carne sin gritos. Y las letras, excelsas -¡un abrazo, Don Gesualdo!- son el suero atravesando tu sangre, alimentándote, desde la aguja que perfora tus venas.

En esas horas -narcolépticas- de miedos y abatimiento, ese tipo, yo, puede llegar a dominar la situación, conseguir ser al amo de la hacienda e incluso aparentar un triunfo sobre el cínico de esa canción, con la que se enamoran las guapas, que esconde un comodín en cada bocamanga desde hace muchos años.

En esas horas, en las que a veces se pone -me pongo- a escribir, piensa en ellas -no lo ha negado nunca: casi siempre le gusta más de una a la vez, acostumbrado como está, el pobrecillo, a que lo abandonen o no lo quieran- y ya no las ama absolutamente tanto como sin duda se merecen, como, también sin duda, ellas deberían quererle a él -a mí- que las amo, a pesar de todo, casi más que ninguno.

Ahí, rodeado de justos criterios de placer, vanidad y elegancia, hasta le dan a veces, todas esas ingratas, un poquitín de pena. Se esmera en repasar sus inevitables defectos, y se los perdona. Se las imagina enamoradas de otros, y las comprende. Las siento marchitarse a bordo de una vida llena de trampas y obviedades, y maldigo mi postergación.

Se levanta, cambia el disco y pone otro aún más hermoso. Termina por preguntarse -ay, su lado pragmático!- si tanta condescendencia no responderá, en realidad, a una merma en la líbido. Sonríe. Mira al techo. A esa mosca que sobrevuela casi siempre las mesas de los escritores. La mata. No, no... es mentira. No la mata. ¿Por qué iba a matarla?. Sonríe. Sigue sonriendo. Aparece y desaparece.