lunes, 19 de noviembre de 2012

EN EL MAS ALLA



No atina a acertar con la llave. Tiene la puerta enfrente suyo. Cerrada. Pero no sabe que llave, entre millones, será capaz de abrirla. La última vez lo intentó con una alargada que, según le pareció escuchar decir a una voz en el vacío, en algún momento del pasado le perteneció a Uriel.

El tiempo en suspenso. Reducido a reflejos. Inocuo. ¿Cómo lo habrían computado los hombres en su ausencia?.

Ahora, él no puede reconocerse. No tiene rostro ni voz. Ni siquiera tiene historia. Su destino depende de una llave sin dueño. Y aunque sabe que esa es su única esperanza para escapar del ahogo del infinito, sospecha no tener la paciencia necesaria para poderla hallar. No tener fe.

A veces siente frío, el mismo es el frío. Otras, es la combustión de la luz. Las más, una idea que acaba de pensar, por ahí, cualquier ser cognitivo. Nadie le habla, nadie lo quiere; tampoco lo conocen. Ni siquiera los átomos consiguen relajarlo cuando entonan sus salmos.

Estudia sus perfiles, compara sus volúmenes.... pero las llaves cambian de forma a cada instante; le ponen a prueba. ¿Por qué?.

A las puertas del paraíso su problema es el viejo problema de siempre. Le pasó muchas veces cuando aún era materia: tener que comparar, elegir.... acertar. Llevaría así ¿cuánto  tiempo?. El tiempo le sigue preocupando todavía. Y eso que ahora es luz, deseos, olores, ruidos -todo ese conjunto de sensaciones intangibles a las que los hombres denominan alma- y no tiene ya necesidad de él.

Recorre el espacio como un corsario, como un hipster amoral sin brújula: en el más allá, el septentrión no existe ni, tampoco, el pecado. Vaga en pos de una llave que, a lo peor, es también inexistente. Y, aunque al pasar por la atmósfera trona, refulge... refanfarronea, se vuelve oscuridad en la vía láctea.

Su presencia es puro nomadismo. Su suerte, la de un peregrino entre los astros. Porque los dioses -que ahora denosta- tuvieron el capricho de darle una certeza por lo menos: la de saber que aunque dé con la llave redentora, no va a decidirse a utilizarla.

Los compromisos suponen una carga insoportable para un solitario.


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