miércoles, 24 de octubre de 2012

DIA GRIS

PIERROT (Aubrey Beardsley)

Sometidas, por el mismo hecho de nacer, sus psiques al impacto efectista de la violencia, a los hombres les sigue atrayendo lo suyo refocilarse con la sangre, ver sangre correr en las sucesivas pantallas sobre las que un día tras otro concentran sus miradas para no quedarse sin fuerzas mientras esperan. Y entonces -pese a que por lo general prefiera entretener mi tiempo y derrochar mi verborrea acerca de las personas y las cosas que han sido capaces de emocionarme: “sonrisas y lágrimas”, como el título de la película de Julie Andrews- voy a procurar en esta ocasión contribuir con mis palabras a robustecer esas ansias universales de supervivencia que, tal y como viene sucediendo desde los días de Caín y Abel, requieren de un flujo de sangre ajena para poder apaciguarse. ¡Ra-ta-ta-tán!. Agarro mi caja de doble fondo, se la muestro a ustedes vacía, con rapidez, sin que les dé tiempo a distinguir bien cuales son sus dimensiones reales ni el encolado de las trampillas, y empiezo a sacar de dentro: escombros, cafeína y discusiones apasionadas... mezclados, unas y otros, entre las gasas y las tórtolas.

Sí, resulta grato ver los diluvios apostado tras una ventana junto a una estufa. Nos entretienen los disparos que se cruzan entre ellos los hombres de la televisión y las noticias de violencia copan las primeras planas de los diarios porque sus lectores siempre forman parte -y este es un hecho irrefutable- del bando de los supervivientes. Justo, ¡ahí radica la clave del truco!, en que a los supervivientes nos parezca una completa maravilla poder seguir mal que bien en la brecha con toda esa mierda enorme -la que exhiben la televisión, las películas, los periódicos, internet...- amenazando sin descanso nuestra integridad.

Así pues, ya que me mantengo firme en el empeño de distraerles a mis conciudadanos con mis cuentos -no creo que esto pueda tener ya vuelta de hoja- pleguémonos de inmediato a sus demandas e intentemos ofrecer un poco de cancha....

... trasladémonos, por ejemplo, a una ciudad de calles grises, sin árboles, con las fachadas de las casas oscurecidas a causa de la humedad. Fijémonos en uno de los muchos cruces que segmentan esa ciudad en manzanas. De entre las que nos rodean, elijamos una sin edificar, un solar, próxima al barrio chino. Hace frío. Se hallan discutiendo dos hombres con el descampado a sus espaldas. Hace frío y el aliento emana, visible, de sus gargantas trazando unos regueros de vaho delante suyo que, cuando hablan, forman latidos en el aire. Unos perros vagabundos que deambulan sin rumbo aparente entre los yerbajos y los trozos de yeso no dejan un instante de olerse los culos unos a otros como si eso fuese algo bueno. Los dos hombres se increpan a gritos y el de la gabardina de vez en cuando guarda silencio y señala los cielos con el dedo índice de su mano derecha. El otro, entonces, va y calla también, y, en respuesta al gesto de su interlocutor, gira ligeramente su rostro y lo alza un poquito para acompasar con ese movimiento del cuello el vuelco ascendente de sus ojos. Por el cielo está pasando en esos momentos un avión que arrastra una línea blanca, completamente recta, pegada a la cola. La estela va extinguiéndose conforme el jet avanza, según el tiempo pasa, y desapareciendo entre el azul justo por el cabo que se encuentra suelto. Mas ahora -que ya es la quinta vez que los hombres miran hacia lo alto- la aeronave se transforma de repente en unas escuálidas llamaradas naranjas y luego, casi sin solución de continuidad, en un buruño borroso, más extenso, de humo ennegrecido. ¡Un atentado!.

En efecto señoras... señores míos... acaban de asistir ustedes a la perpetración de un atentado terrorista. Así es la literatura, en unos pocos segundos, con unos cuantos bytes, este esforzado escribano de natural pacífico ha sido capaz de desencadenar una tragedia y, no contento con eso, ha convertido además en testigos presenciales del hecho a dos sujetos que parecían estar a punto de emprenderla a golpes justo cuando se los ha presentado. Dos tipos algo siniestros... o si no ¿qué demonios hacían discutiendo entre si a voz en grito en un lugar tan feo?. Veremos. Ahora voy hacerles entrar a esos dos hombres en una tasca a tomar algo. “Un café solo, por favor; que no esté muy cargado” solicita el más alto. “Para mi otro, con leche, y un vaso de agua” encarga, a renglón seguido, el de la gabardina. Tras esto, se miran mutuamente a los ojos con un innegable rictus de gravedad en sus caras. “¿No te había dicho yo que ese brillo era muy raro en un día tan gris? ¿... qué aquello no podían ser de ningún modo los reflejos del sol?”. “Joder, papá, ha sido increíble, ¡increíble!”. Les traen los cafés. Ellos les echan el azúcar. Y, codo con codo, comienzan a beberse despacio, a sorbos, procurando, al hacerlo, no quemarse la punta de la lengua, el contenido humeante de las tazas.

2 comentarios:

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  2. Liberty Valance /Lee Marvín (malo malvadísimo, chaleco de fantasía y látigo con empuñadura de plata en la mano, las pistoleras peligrosamente bajas y con las culatas vueltas hacia adelante) le dice a Donovan:

    -¡Buscas problemas, Donovan?

    Y Donovan/John Wayne (grande, bueno, pero duro, valiente, tranquilo, socarrón, sonrisa de medio lado):

    -¿Me vas ayudar tu a encontrarlos?

    RESUMEN: contestar a una pregunta con otra puede que sea de mala educación, pero a veces no queda otra

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