martes, 18 de septiembre de 2012

MADELEINE Y EL SOL DEL OTOÑO


De Memorias de un libertino desencantado

"La encontré sentada en un banco junto al estanque y me pareció privada de su habitual entusiasmo. Se hallaba sola, en esos momentos no revoloteaba a su lado todo ese enjambre de amigas -inquietas mariposas y pollillas- que, embobadas por su rutilante cabellera rubia y el azul claro de sus ojos, acostumbraban a acompañarla en sus correrías por el jardín secundando sus pasos y alentando sus opiniones.

No quiso responderme cuando le pregunté que era lo que le pasaba, torció el gesto con un hosco mohín de desagrado y se entregó, de improviso, a las lágrimas.

Como me tengo -cuestión de los años y el empeño, que no de la sensibilidad- por un moderado conocedor de los sinsabores de la espiritualidad femenina, me dio por imaginarme que su pesar podría tener algo que ver con una broma que yo le había hecho antes en clase, aquella misma tarde, haciéndola notar que los errores, algunas veces, muchas veces, volvían más grande al que los cometía y que con el suyo, atribuyéndole a Holst la nacionalidad alemana, acababa de proveerse de una singular envergadura. Las otras chicas asintieron, ella no; ella se puso roja como un tomate y me aseguró que no tenía la culpa si el músico británico poseía una apellido que en tan poco ambicionaba serlo. En resumidas cuentas que en lugar de reconocerlo, ella prefirió culpabilizar al compositor recientemente fallecido de su desliz. Y claro yo no pude por menos que carcajearme y pedir su venia para continuar apellidándome Doucet y sin embargo mostrarme a veces tan poco considerado con las aplicadas jovencitas de cuya instrucción se me había hecho en parte responsable.

"¿Estás enfadada conmigo?" le pregunté. "¿Muy enfadada..."?.

"Aunque sea usted mi profesor, no le asiste el derecho a burlarse de mi".
 
"¡Qué enternecedora la solemnidad de los jóvenes!" proclamé, calculando que mi pecunio me obligaba a incurrir a veces en esa clase de pedanterías. 

"¡Si se hubiese usted tomado la molestia de saber algo más sobre mi, de enterarse de lo que sucede durante las noches en la oscuridad de nuestros dormitorios... entonces... entonces, estoy segura de que yo ya no le daría lástima!".

Ignoraba lo que Madeleine había pretendido decirme. Quise zanjar la cuestión definitivamente y proclamé, sonriente, este medido consejo apto para espíritus jóvenes. Aunque ahora frise la cuarentena yo también he sido muchacho. Un buen muchacho testarudo.

"Tus problemas no son más graves que los de la mayoría. Son tuyos y por eso los magnificas. Réstate importancia y los restarás importancia".

Madeleine elevó con parsimonia su mirada sobre mis hombros y la posó, casi sin llegar a parpadear, sobre la crueldad y la dulzura del sol de la tarde. En ese mismo instante supe que ya no estaba enamorada de mi".



2 comentarios:

  1. Los libertinos (Casanova, Richelieu, etc.) nunca están desencantados, al menos no con el libertinaje, quizás sí con el paso de los años y el instalarse en la vejez, pero eso no es desencanto sino melancolía, me parece

    ResponderEliminar
  2. Sí, sí.. claro.. por supuesto que lo del desencanto tiene que ver con "el tema" ¡cómo no!. Aunque también como consecuencia de asumir que personas en las que creías, y a las que habías admirado, eran en el fondo tan mediocres como tú mismo. En efecto, cosas de la edad, como certeramente apuntas.

    Abrazos!

    ResponderEliminar