viernes, 3 de agosto de 2012



La Rubia de la Curva

Hoy creo que nuestro encuentro fue inevitable. Y no me arrepiento de la decisión que tomé: desatender, por ilusorias, todas esas promesas con las que ella simulaba enrollar la recta constante de la marcha del tiempo. Antes yo estaba entregado a quemar etapas -como dicen los tontos- imaginándomela casi siempre a mi lado, dispuesta a hacerme feliz, comprensiva. Admitía de buena gana la posibilidad de que efectivamente todo consistiese sólo en dar vueltas, de que el tesoro terminara hallándose por insistencia y los errores pudiesen ser objeto de enmienda una próxima vez. ¡La sinrazón juvenil de pretender acomodar los hechos a nuestra voluntad!.

No la veía, pero sentía su voz: susurrándome tonadas de mares y tristezas que Jobim había compuesto para entretenerla, ofreciéndome olores de azahar y bosques de abedules, jadeando suspiros desbordantes de pasión. Un frenesí de besos, ahogados por el ansia, me aguardaba en cada retorno.

La voz hablaba con inmensa dulzura: “lograrás ser un hombre satisfecho, alguien querido y admirado por su excelente gusto. Yo soy, hermano mío, la rubia preciosa de la curva que quiere perderse en la noche contigo y entregarte su cuerpo”.

Una noche de verano creí verla -era parecida a un reflejo de la luna- en una carretera comarcal de gravilla, llena de baches, de esas que casi nadie utiliza. No me detuve. Me dio miedo. Pensaba que en lugar de ella, esa silueta que vi podría ser en realidad el aura de una muerta. Recuerdos de mujer cargados de revancha, tan solo.

Mas luego en mi casa, aprovechando mi sueño, ella se metió desnuda en mi cama y empezó a hablarme de que muchos hombres se le habían acercado suplicantes -“a rastras”, me dijo- y los rechazó. Había un motivo: “yo esperaba, esperaba a otro; cada noche, en la curva, te esperaba a ti”. Y añadió: “a ti, que llevas años, siglos, milenios pasando por ese sitio, sin jamás dignarte a detenerte. A ti que pareces querer renunciar a lo que más deseas”. Al sentir el calor de sus labios en la piel de mi pecho, le grité, aterrado: “¡me mientes, zorra!”.

Se fue llorando.

Desde entonces no la he vuelto a ver jamás. Y no sé ya de mujeres hermosas ni de tierras exóticas ni de desternillantes tertulias con los amigos ni de tiradas de once mil volúmenes. Mi viaje continua, con sus pausas, sus rodeos, sus repostajes, con sus desvíos y sus extravíos, y no he vuelto a pasar nunca por esa curva junto a la que ella se me apareció en el pasado. Podría jurarlo. O si alguna vez lo he hecho, su cuerpo, su voz... ya no se encontraban allí. 

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