sábado, 21 de julio de 2012


The Human League


Era otoño de 1984, acababan de celebrarse, hacía tres meses, los Juegos Olimpicos en Los Angeles y España le habia disputado la medalla de oro de baloncesto a los Estados Unidos de América. Perdimos. Yo pensaba que ella era una puta. Y perdí. Ella no era una puta. En cambio, sí que me fue posible confirmar, por aquellos días, lo que en los útimos tiempos venía barruntando que yo podía ser. Un gilipollas. Un gilipollas capaz de arrancarles una sonrisa a las chicas.


La había conocido a través de un amigo, en la biblioteca de la facultad. Les gustaba tanto a todos los tíos, que yo tuve que decir que a mí no me gustaba. Tal vez incluso me lo creyera porque cuando la tenía a ella delante no me sentía cohibido ni nada por el estilo ni tampoco trataba de darme demasiada importancia ¡qué va! hacía las mismas payasadas de siempre. 


La primera vez que nos besamos fue en una fiesta -“¡Don’t... don’t you want me...!”- a la que ella había acudido con otro amigo mío. Ya se sabe, a las mujeres les gustan los hombres que las hacen reír. Empezamos a quedar. Nos estuvimos viendo todos los días durante un par de semanas. Ella conocía a tantos tíos distintos capaces de matar y de morir por ella que no sé como podía apetecerle volver a quedar conmigo un día más. Yo lo conseguía a base de whiskies, alkaseltzers y amor. Ella estaba en COU y debía ser, por cojones, la reina de la belleza de todos los cursos de COU del mundo, parecía una playmate olímpica, un bombón de Los Angeles. Tenía una cara como para no olvidarla jamás ¡se lo aseguro!.

Fuimos un sábado a otra fiesta, en un garaje, en una casa de Cercedilla, y espoleada por la sangria y los mojitos, ella se puso a besarse en la boca con otro de mis amigos. Salí donde la piscina jodido, derrotado... y musité: “puta...” picado en mi amor propio de tío feo. “¡Don’t... don’t you want me...!”.

Así se pasa de héroe a villano en unos cuantos minutos cuando tu amada tiene dieciocho años y es el vivo retrato de una diva de Hollywood. Me jodía lo que los demás pudiesen pensar de mi. Me jodía que mi intensa relación con ella hubiera resultado ser, al final, una pura cuestión de chiripa, un golpe de suerte. Me gustaba imaginarme que podía ser un tipo que de verdad mereciese la pena. Un casta, como por aquel entonces nos gustaba, a nosotros, llamar a los tíos que lo partían. Pero en el fondo sabía que sólo era alguien al que Dios le había concedido el don de hacerles reír a las mujeres.

Algo -he aprendido, luego, a lo largo de los años- que después de todo, y lo mires por donde lo mires, tampoco se puede decir que sea una mierda.

3 comentarios:

  1. Lansky

    De momento, y con sólo dieciocho añitos sabía, ya, latín. Me dijo una vez : "me acosté una noche jugando con muñecas y cuando me desperté, al día siguiente, me apetecía jugar con muñecos". En cuanto a lo mío, supongo que alguna canción o alguna parida, la habrán acompañado durante algunos años en sus recuerdos. La vida es ansi, como dice el gran Baroja.

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    1. Te lo decía porque nadie nace sabiendo, así que siempre el que más sabe es el que más aprendió. Es de cajón

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