viernes, 27 de julio de 2012


Saint Tropez

Cansado. Abatido. Dormido.

Sueño con una casa, en St Tropez, que tiene una piscina en forma ovalada llena con agua del mar de color azul turquesa. El sol brilla en lo alto y seca tu piel, calienta tu cuerpo, te besa con descaro. Mucho me temo que terminará siendo tu amante.

Las abejas zumban sobre la lavanda y, por el ramaje, las urracas sestean en las franjas de sombra junto a su botín de la tarde.

Llegan de cualquier lado las notas de suspiro de un violín. Me vuelvo. El músico está, justo, a mi izquierda. Les dirige una sonrisa de granuja a las señoras de la mesa. Mi acompañante me pide que le sirva más champán. Tiene la piel morena -sus cabellos son casi tan negros como el azabache- y no sé como la he conocido. Entre sonrisas, me aconseja que no me fíe del mistral.

Le lleno la copa hasta el borde y los dos brindamos felices.

El hombre del violín se nos acerca y me doy cuenta de que es mi padre. Mi padre ¡dispuesto a discutir conmigo una vez más!.

Me veo luego sentado al volante de un deportivo rojo descapotable, conduciendo. Avanzo por una escarpadura, con curvas imposibles, que engarza el mar con los pinares. El viento sacude mi pelo. Lo siento soplar en fallas y espirales que arrastran desde el suelo pedazos de hojas secas abandonadas. Me acuerdo de la mujer morena, de su consejo, y freno en la cuneta de una breve recta, junto a un terraplén, desde cuyos bordes se ve descender entre los árboles a la carretera que me arrastra. Continúa adelante, junto al borde las rocas, limítrofe con el océano. No sé donde termina.

Cierro los ojos en la quimera de intentar apoderarme para siempre de la imagen que tienen delante y, al abrirlos, veo frente a mi dos cuadros de tabernas y hombres que pintó hace más de cuatro siglos un sillero de Brujas. Los rostros chisporrotean, los mofletes vibran ¡triunfa la lujuria!. Celebran su apareamiento con una beldad trigueña que es amarga y dulce, acerba y seca, sutil y franca; que jamás desengaña a sus cortejadores.

Despierto con la boca pastosa. Con la cabeza pesada. Me apena haber perdido con los años la virtud de soñar. Han transcurrido cinco desde que él falleció. Cojo un papel y un bolígrafo y escribo: “papá”. Lo siento mirándome desde alguna parte. Añado dos palabras pidiéndole perdón: “lo siento”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario