martes, 10 de julio de 2012



Huir

Había veces, algunas veces, en las que no sabía que era lo que me correspondía hacer ¿aguantar en silencio, fingir indiferencia, enzarzarme en un debate en el que para que la razón prosperase, convenía manipularla con argumentos amañados?. En situaciones tales, todo lo que veía a mi alrededor me resultaba ajeno, absurdo, incluso hostil, y en esa tesitura optaba por escapar cuanto antes del bar o de la oficina o de donde quiera que por entonces estuviese y avanzar, con urgencia, al encuentro con la soledad... con la serenidad. No, no... cuando comenzaba a estar harto del barullo, del humo, de las pullas maliciosas lanzadas sin la menor gracia, de las obviedades más obvias... no se me ocurría mejor remedio que el de desaparecer. Aunque sólo fuese por unos minutos. Tomar aire.

Y eso que... procuraba, y en los últimos tiempos hasta a veces lo conseguía, desenvolverme con suma cautela, siempre atento y en guardia, intentando que mis opiniones resultasen ser lo más matizadas posible, incluso contradiciéndome a menudo, al objeto de conseguir evitar la confrontación. Sabía, en el fondo, que tenía que darme exactamente lo mismo que ellos conociesen o no lo que pensaba, porque igual sabía que en ninguno de los casos mis argumentos -y cuanto más razonados, peor- iban a poder tener influencia alguna en sus actitudes. Había optado entonces por hablar lo mínimo, sólo cuando me resultase imprescindible, y no dejar translucir, al hacerlo, la menor emotividad ni en mi tono de voz ni en los gestos con los que pudieren verse acompañadas, en cada caso, mis palabras.

En resumidas cuentas, creo que mi idiosincrasia contaba ahora -y no se trataba de un don innato de mi carácter, ya lo han podido ver- con los atributos necesarios para que lo que me había propuesto llevar a cabo dentro de unos cuantos días, quizás el hito más importante de mi vida, al final llegase a resultar un éxito. ¿O no correspondían pormenorizadamente a mis propósitos esa ambigüedad de intenciones con la que procuraba desenvolverme y esa especie de... llamémosla... rotundidad en la fuga, de la que últimamente venía haciendo uso? Estaba decidido: "el viernes próximo atracaría una sucursal del Deutsche Bank -dudaba que en las cajas de los bancos españoles quedara un puto euro a estas alturas de la película- que se hallaba próxima a mi casa. Justo en la esquina siguiente de la calle".

La noche anterior me costó bastante dormirme y el viernes me levanté a las once y me aticé un valium con el café con leche del desayuno. Me entró modorra mientras revisaba el cargador de la automática y no pude resistir dar una cabezada sobre la mesa de la cocina. Cuando desperté, al cabo de solo media hora, esa idea tan magnífica que había venido acuñando desde hacía un par de semanas, había dejado ya de gustarme tanto. Un inquietante sueño, unas vertiginosas imágenes en blanco y negro tramadas por mi imaginación, habían tenido la culpa. Aparecíamos en ellas yo y una tipa desgreñada e histérica que me amenazaba con matarme. Y no, no era mi ex-mujer.

Estaba claro, de fallar algún extremo de mi plan y verme obligado a tomar conmigo un rehén no iba a poder soportar tenerlo todo el tiempo junto a mí atemorizado, presa de los nervios, deseando con todo su alma que uno de los geos me reventase el cráneo a balazos. Sería algo tremendo. Mejor, entonces, proseguir mi modesta huida en soledad y sin rendirle ningún tipo de explicaciones a nadie. Casi todos ellos podrían ser, en un momento dado, rehenes míos.

1 comentario:

  1. Lo damos todo por ti.

    Gane la vida o la muerte.

    Publico

    un LOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOP

    en la entrada.

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