martes, 24 de julio de 2012


Crimenes Imaginarios

Me hallo tumbado entre franjas verdes. Las forman setos de aligustre mal podados. Delante de mi, frente a mis ojos, tengo abierto un libro. Sudo. La sombra de la gran palmera que me protege del sol no logra atemperar el bochorno del aire.

Me pondría a hablarles del libro, pero no recuerdo exactamente cual es. Podría elegir un título al azar y decir que lo que estaba leyendo era una novela cualquiera de las de Patricia Highsmith. En ningún caso va a poder tratarse de “Crimenes Imaginarios” -la historia de un tipo que empieza a figurarse culpable de un asesinato que no ha cometido- porque de joven me sentía incapaz de abordar la lectura de ese libro, imaginaba que aquel tipo era yo mismo y mi mente se ocupaba de convertirme en víctima inocente de todo tipo de persecuciones injustas. Algo francamente molesto.

Pongamos, entonces, que la novela era una de las de Ripley y que yo era el propio Ripley. Aquí a mi imaginación le costaba más trabajo rendir sus frutos y no me resultaba fácil poder identificarme con un tipo al que en la gran pantalla había dado vida Alain Delon. Miraba los setos; verde. Miraba hacia arriba, hacia la copa de la palmera, y no distinguía los colores, sólo una agradable penumbra que tamizaba, como si se tratase de un descabalado abanico a medio abrir, las luces del sol. Miraba a la piscina; azul. La claridad te deslumbraba cuando mirabas hacia el horizonte y, en tiempos de aquellos lejanos estíos, yo no disponía de gorra ni de gafas de sol.

Me quedaba mirando, sobre todo, los bikinis de las chicas y sus llamativos estampados. Los fucsias y los púrpura se entremezclaban con las tonalidades sonrosadas o tostadas de la carne y los colores -morenos, rubios, castaños...- de los cabellos de sus propietarias. Algunas también llevaban pintadas de colorines las pequeñas uñas de sus pies. Eran mis vecinas. Mis vecinas del verano.

En ocasiones había alguna que se acercaba hasta mí y permanecía unos segundos mirándome desde lo alto.

“¿Qué lees?”.

Yo la miraba sonriente y le daba la vuelta al libro para que ella pudiese echarle un vistazo a la tapa. “Una historia policiaca”.

“¿Por qué no te bañas? Hace mucho calor...”.

“Enseguida; cuando termine este capítulo...”.

Sin llegar a reanudar la lectura volteaba el rostro y la veía dirigirse, ahora, hacia donde estaban las duchas, con su optimista bikini de color naranja.

Al final, claudicaba, terminaba cerrando las páginas de la novela y le confería toda mi atención al trivial asunto del bikini. Había algunas veces en que parecía como si sus piezas quisieran desentenderse de las señaladas partes del cuerpo que por lo común mantenían ocultas debajo de la tela.

3 comentarios:

  1. ¿Mirabas los bikinis y no lo que había debajo de los bikinis?

    ¿Leías a la Highsmith y no lo que hay debajo de la Highsmith? (el asesino conformista que todos llevamos dentro)

    Eres tan raro como esos flamboyanes que he encontrado en un calle de Madrid: Flamboyán: Delonix regia

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  2. Flamboyante es sin duda alguna la palabra más art decó de la lengua castellana. Y cuando la pronuncias en francés es perfecto, se te llenan los mofletes de grandeur y cassis.

    Una canción de los flamboyantes PET SHOP BOYS se llama precisamente así.

    Bueno... dejo de divagar... y esos áboles ¿por dónde, dices, que los has visto?. Me viene a la memoria tu ártículo: "En la M-30 florecen los cantuesos ¡qué tiempos ¿eh...?!

    Abrazos!!!

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    1. no me rebajes tanto: no era un artículo, era un librito, encuadernado y editado por una editorial profesional y todo; de hecho, mi tercer libro

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