miércoles, 13 de junio de 2012



A VUELTAS CON LA FELICIDAD (De Memorias de un libertino desengañado)

Una de mis mejores alumnas, Charline Legleye, era verdaderamente arrojada. Verán lo que la joven me preguntó cierto día en el que yo estaba hablándoles a ella, y a sus compañeras, acerca de la certidumbre de la felicidad. Les decía yo por entonces a aquellas benéficas adolescentes:

“Han de saber que en el mundo estamos todos solos y que el que ahora te ofrece su hombro para cruzar un río, más adelante te arrebatará el zurrón donde conservas los viveres. De esta forma, con la ineludible decepción, se pierden amigos, se olvidan promesas y es como el amor va desapareciendo con el paso del tiempo del corazón de los hombres. Es a tu mente a la que debes brindar, por encima de todo, los bellos dones de la amistad. Fortalecerla con celo para que siempre -en las buenas ocasiones; y en las malas, lo mismo- se comporte como ese amigo leal, e infalible, que existe tan solo en los reinos de la fantasia pero que no obstante necesitamos tener al lado nuestro para no terminar convertidos todos en unos infelices sin esperanza y sin remedio”.

Inmediatamente terminé de hablar, Charline me preguntó: “¿... y el amor a Dios?”.

Respondiéndole yo, cual menester venía al caso: “justo. De eso mismo les estoy hablando”.

“No lo entiendo”.

“Es bien sencillo. No conociéndose en puridad lo que podría hacerle feliz al creador, la única forma razonable en la que va a resultarnos factible rendirle tributo habrá de ser, precisamente, la que a nosostros mismos nos compete para no caer vencidos en la desdicha. No otra que la que acaba de serles enunciada a todas ustedes, mis generosas señoritas”.

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