sábado, 30 de junio de 2012


Una montaña de amor

"Deseaba ser fiel, pero no sabía como.

Esa tarde bajé a la playa a beberme un par de cervezas. Los botes estaban muy fríos. Me descalcé y pisé la arena. El despiece de las olas le insuflaba nobleza a la playa.

Me acordé, mientras bebía, de mis once años: entonces, mi mejor amigo y yo nos dedicábamos a machacar botellas a pedradas, éramos dos botarates, un par de acérrimos enemigos del vidrio industrial. Me acordé, mientras bebía, de mis trece años: del olor a sardinas asadas que llegaba hasta el final del pasaje, y de una calle en cuesta en la que una gitana gorda tostaba almendras con azúcar dentro de unos calderos de bronce. Me acordé, mientras bebía, del verano anterior: fue un mundo casi perfecto: había descubierto a Elvis Costello y también los besos, viscosos, de las adolescentes británicas pasadas de alcohol. Un par de inventos muy a tener en cuenta.

Me terminé la segunda lata de cerveza y les saludé a las primeras estrellas.

Esa misma noche me puse una camisa estampada con botes de sopa Campbell, que había comprado hacía unos días, y entré a por condones a una farmacia de guardia. Pretendía hacerme pasar por extranjero y que me los vendieran sólo con señalar la caja.

Camino de la discoteca vi unas cabinas de teléfonos. No pude evitar entrar y llamar a ese pueblo de la sierra, espantoso, que yo por entonces imaginaba ser una especie de paraíso porque tú veraneabas en él.

No cogiste el teléfono.

Entré en un bar, compré un pack de seis latas de cerveza y regresé a la playa. En el bolsillo de atrás de los vaqueros llevaba dos de los condones, los otros cuatro los había tirado a un container con escombros, dentro de su caja.

Brillaba la luna. Me senté en la arena. Fui bebiéndome las latas despacio mientras le sonreía al mar. Al final, comencé a ver doble: dos mares superpuestos. Dos lunas llenas.

Me incorporé como pude y fui avanzando en zig zag, entre la oscuridad, dando traspiés. Me sentía cansado y con mal cuerpo; contento... pese a que tú no hubieras cogido el teléfono de casa, a las once en punto, como me habías prometido que harías. "Después de todo..." -deseé considerar-  "...no se puede decir que la noche haya terminado en tragedia".

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