jueves, 7 de junio de 2012



SIC TRANSIT GLORIA MUNDI

Su amor era el silencio. Los racimos de rocas que bordeaban el faro eran los caminos de estrellas que la guiaban hasta su compañía.

A la vista del mar, el mar inmenso, el dios de la certeza, sus ojos se llenaban de lágrimas azules que ofrecían a los delfines y al cielo otros mares distintos atrapados dentro de su corazón sin tiempo.

No la enloquecía el sol, gustaba de la paz de lo velado, de las nubes ociosas y el silencio húmedo.

El aire casi líquido, la piel adolescente y la niebla, a lo lejos, mezclada con las olas, como en los confines de un mundo construido con fábulas.

Por ese mar pasaron otras veces: los profetas, los héroes, el barco primigenio....

Todos ellos buscaban la verdad, el oro, lo inaudito; dejar atrás un tiempo que sólo los trataba si apetecía desgracias. Decidieron, sensatos, escapar de su influjo. Iban con ellos las esperanzas y el dolor. La audacia de su hombría no resultó fallida y el viento y las olas les dieron su palabra de recorrer el camino a su lado -eslabones viejos- mientras ellos siguieran amándolos.

Imaginaba ver pasar a los barcos sobre la línea, última, por la que también las aguas se quiebran. Imaginaba a los marineros sintiéndola a lo lejos, reclinada en las rocas, vestida de blanco, suponiéndola un ángel cansado o, quizás, el aya de una emperatriz.

Hoy ha vuelto. Envuelta en ese lienzo terso de silencio, que adora, se siente colmada.

Sonríe misteriosa. ¡Si el tiempo pudiere prometerle la felicidad! ¡Si al menos pudiera saber algo de los tratos en los que anda metido ese ladrón con el silencio! Desciende, escurridiza, entre las rocas y se adentra en las aguas. Nada. Desaparece.

Unas cuantas escamas caídas de su cola han dejado escrito en la piedra este plácido remanso de tristeza.

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