jueves, 21 de junio de 2012


Photo from Olivia Singer

LA CIUDAD DE LA LAGARTIJA

En tierra yerma, entre los cardos. El sol cayendo a plomo sobre la tierra calcinada que expele fuego. La carretera pasa muy lejos de allí y para llegar hasta allí -realmente no hay absolutamente nadie interesado en hacerlo- cabe sólo caminar horas y horas por debajo de la muerte dando rodeos y rodeos que casi con total seguridad habrán de conducirte a la pérdida.

No se sabe de ser humano que lo haya visto y ningún experto ha podido ilustrarle al mundo sobre toda aquella erotizante profusión de colores y de formas, de delicadas filigranas: acá, una mujer sentada que toca una lira; en el centro, varios muchachos -chicos y chicas- bailando medio desnudos entre pámpanos y hojas de yedra; más allá, un cielo poblado con pajarillos de colores. Tal vez el domus lleve sin existir siglos y siglos, milenios sin retornar a la luz, o no haya existido nunca y sea sólo el fruto de la imaginación de un pintor ebrio.

Tal vez mañana y los próximos dos mil doscientos años venideros vuelvan a morar de nuevo las bandadas de aves, y todos los demás prodigios, en el mundo de lo que que queda oculto a los ojos de los hombres. Pero hoy, trece de mayo de 1926, en el que un contumaz viento del sur ha soplado con la inusitada fuerza de las galernas del océano y ha revuelto con furor las crestas de las dunas. Hoy, que el sosiego ha retornado con el calor del mediodía y la arena y el polvo reposan otra vez -como acostumbran- sobre la corteza de la tierra. Hoy, en las entrañas abrasadoras de Oxiana, más allá todavía de la meta del más incierto de todos los caminos, por donde ni las caravanas de los yemeníes ni los rebaños de los beduinos han osado jamás aventurarse a pasar. Hoy, exhibe la obra todo su esplendor: sus miles de teselas, ensambladas, pletóricas de matices vivos y brillantes: el rostro dichoso del arpista, los perfectos cuerpos rosa pálido de los danzantes, los picos de oro de las tórtolas...

Mas el viento se levanta otra vez -como suele- de improviso, y ya los granos de arena se deslizan a lo loco sobre el mosaico, ya los bordes de la pieza vuelven a quedar ocultos por los vendajes del tiempo... y la lagartija que hasta hace un instante correteaba a sus anchas sobre las celebraciones del convite, frisando con sus uñas los pechos granados de una de las danzantes, torna a regresar -apresurada- a la tierra, su tierra. Una tierra abrumadora y dueña. No puede saber el animalejo que siglos ha, toda esa desolación en la que habita fue solar de una hermosa ciudad. La más hermosa. Un regalo que el tiempo se complació en hacerles a los seres humanos. Un enclave de dicha y esperanza.

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