miércoles, 20 de junio de 2012



NO DARLE LOS CUARTOS AL PREGONERO


No sé yo si lo que escribo no les sonará a decepción, a mal rollo, no es ese mi propósito, de veras, lo que sí me gustaría, por qué voy a negarlo, es que todo eso celebrase la desolación. ¡Es tan triste y es tan bonita!. Que les trajera a la mente: praderas inmensas embarradas -y oscuras- con una cabaña de madera -allá por donde se inicia el horizonte- en la que vive un hombre solo que jamás ha pedido explicaciones; rocas de arenisca que cuando el sol las ilumina semejan con sus grietas y sus brillos, dragones estrafalarios y duendes insolentes; estaciones de servicio en las que sólo repostan los borrachos del pueblo; y bares de alterne con putas demacradas para las que el amor es lo más importante de esta vida (y también de la otra).

Son, las mías, unas historias en las que la última copa casi siempre está de más, las mujeres prefieren estar solas o estar con otro, a estar conmigo, y los viejos escrutan, como si fueran pájaros, los vestidos de las turistas. Unas historias para los desesperados, los desengañados, los ociosos, los olvidadizos, los cínicos, los santos, los tímidos, los casanovas, los cocineros y los embaucadores. Las últimas palabras de un optimista incorregible que ha sido corregido, la voz de un pésimo cantante enamorado de la más infeliz de las mujeres. 

Unas historias que querrían ser: un susurro en la noche -al borde de las rocas- mirando el brillo milagroso de la luna plegarse sobre el mar, una tarde de martes -en un hotel de provincias- en la que los recuerdos te han vencido casi sin darte cuenta mientras emborronas con signos y garabatos la solapa de un sobre vacío, el vaho del aliento de un polizonte ilusionado, la estela de un barco pirata perdido en la bruma, la bruma del Támesis que Costello ha transformado en dulce melodía, la melodía de la ropa de cama de algodón y la carne tibia, la tibieza del sol las tardes de noviembre entre los naranjales.

No, no quiero que mis relatos le puedan parecer a nadie la llantina estéril de un llorón ni la torpe salmodia de un quejica, tampoco una inútil celebración de frustraciones. Me fastidiaría. Pero si la realidad -insobornable- contradijese mis deseos ¡bendito sea el altísimo!. Es hábito común entre los escritores en los que creo no haber pedido nunca explicaciones. A nadie.

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