viernes, 22 de junio de 2012



LOS MARES DEL SUR
Por fin había llegado el momento de decir adiós. Ciertamente era un engorro a sus años tener que simular pena y tristeza pero comprendía que era inevitable hacerlo. Siempre, toda la vida, las personas se habían reunido para despedirse... llorando, lamentándose... de los muertos. Además, en este caso, casi seguro a los dos les correspondería pasar juntos una buena temporada en los infiernos. Entonces... unas tímidas sonrisas y un sentido abrazo a la viuda y los hijos para que cuando ellos volviesen a encontrarse, a la vuelta de la esquina como quien dice, la bienvenida, entre los tenedores candentes y las llamaradas del azufre, no llegase a resultarles demasiado antipática.
Cuarenta años de amistad cuajados de apretones de hombros, traiciones sibilinas -y no tan sibilinas- y negocios de toda laya. Una amante compartida -sucesivamente, quería creer- y una actitud mutua, de recelo, ante la verdadera valía del otro.
Estaba a punto de cumplir los setenta y aquél cabrón por fin había desaparecido de su vida. Primero fue Juan Carlos, luego Valente y ahora Alejandro, su íntimo, su inseparable, su rival. El próximo tendría que ser él. 
Miró el bote con las pastillas, manipuló la rosca de la tapa -giraba loca, más aún que la vida- y con el último sorbo del café con leche se tragó las dos que le correspondía ingerir con el desayuno. Extrajo una vez más del bolsillo del batín el pasaje de avión y al instante su rostro se dulcificó de manera perfectamente perceptible. Bali. El viernes próximo se encontraría allí. Fantaseó, sonriendo: "¡no estaría mal morir en Bali!".

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