miércoles, 27 de junio de 2012

El escritor asediado y la música de Europa


“Casi siempre le asaltaba la duda de si el hecho de plasmar en papel todas aquellas estrechas filas de palabras, de su sola invención, podría servir para algo. A él, probablemente, aquello le ayudara a ordenar sus pensamientos ¿pero tendría alguna utilidad, llegaría a reportarle algún beneficio tangible, valerse de una sistemática específica a la hora de recapacitar sobre su vida?. Y la gente que lo leyera... ¿se daría cuenta de qué también estaba hablando de ellos, de todos ellos? ¿serían capaces, gracias a esas palabras, de obtener alguna brizna, por pequeña que esta fuese, de armonía y sensatez que les liberase de parte de su malestar?.


¡Ay si se tratara de la música! Todo resultaría mucho más sencillo, entonces. Menos tosco. Y la melodía, el tempo, la calculada disposición de los compases compondrían un cuadro volátil de sensaciones cuyos efectos no dejarían demasiado margen a la duda. Y él sabría cuando la gente sentiría tristeza al oir las notas, cuando melancolía; cuando pujanza o incluso euforia.

Las palabras, también las suyas, las que él empleaba, eran otra cosa: algo ciertamente más ambiguo, mucho más miserable. Sus palabras estaban contaminadas por el rencor a veces, por el egoismo en otras ocasiones, y lo que en el fondo pretendían, una vez juntas y armonizadas, era proveer a su razón de una coartada gracias a la que poder justificar ante si mismo, y ante los otros, la irritabilidad y confusión con las que, a su pesar, actuaba en los malos momentos. Eran en suma, sus palabras, pundonorosos fuegos de artificio. Trucos gastados. 

¡Ah... si supiera tocar el violín, el piano! ¡si pudiera componer sonatas, adaggios, valses! Entonces no tendría necesidad de justificarse de nada ante nadie. Su música sonaría triunfante. Sus sufrimientos se transformarían en imágenes inofensivas carentes de materia, de memoria. Y sus manos harían de él alguien capaz de esparcir por los aires verdaderos antídotos -en este caso, sí- contra las flaquezas y las desilusiones que de continuo afligen como espinas las almas de los hombres”.

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