lunes, 21 de mayo de 2012


De Peep Show (VII)


"(...) beber encima de la barra.

Llegaba por fin mi turno de conocer el cuarto de arriba. Con alguien increíble. No pensaba cobrarle ni un céntimo, cero de pasta, con tocarlo, con acariciarlo, revolverle el pelo y disfrutar cara a cara de su sonrisa de truhán tenía bastante. Todo eso junto me parecía un cocktail de la hostia.

Subimos al altillo y entramos dentro. Sentados en la cama, sin hablar, comencé a palparle el pecho por debajo de la camiseta. Enseguida él se incorporó y se la sacó de golpe por la cabeza con una sola mano igual que los tíos de los anuncios. Se sentó de nuevo a mi lado con el torso desnudo. No pude contenerme y me arrojé sobre él como una gata joven, le empujé fuerte en los hombros hasta tumbarlo y a continuación me arrodillé y me puse a descalzarlo con devoción, pausadamente, y a masajearle los pies. Ya incorporada, pero sin terminar de erguirme, comencé a desabrocharle el cinturón y a desabotonar la bragueta de sus vaqueros.

En cuclillas, sin ropa interior y con el batín de nylon deslizándoseme por los hombros, tiré con fuerza hacia mi de la tela azul de las perneras hasta llegar a perder el equilibrio y caer. El me ayudó a levantarme. Volvió a sonreirme.

Miré donde su sexo. Ella me acuciaba medio replegada bajo el tejido de sus boxer. Me asió de la muñeca y con un movimiento rotundo de su brazo apartó mi diestra de sus piernas cuando ya me disponía a acariciársela. Permanecí varios segundos sin poder dejarle de mirar el rostro. "¡Quítate las antenas!", le pedí. El contrajo sus facciones con un gesto de dolor y pareció estar a punto de echarse a llorar. Balbucí "... pero... entonces... entonces... ¡de verdad eres tú!". Rompió en sollozos. Me rendí. Acepté sin reparos que mi imaginación pudiese ser más real que una lógica absurda que muchas veces me resultaba ajena. No había vuelta de hoja, Kobain había regresado al mundo para redimirnos a algunos de nosotros. "Dejaré esto, dejaré de ser una puta, dejaré de gritar... pero, por favor... fóllame" le rogué desconsolada a mi ídolo y conduje esta vez mi mano hasta la diadema de la que salían los alambres con las esferas. Nos miramos los dos a los ojos una última vez. Retiré aquello de su cabeza presintiendo algo de lo que podría ocurrir a continuación y presencié como en un suspiro el cuerpo de él se desvanecía, integro, en la atmósfera perfumada del cuartucho. Enredadas en las antenas habían quedado unas cuantas hebras doradas de su cabello. Hoy ya no me parece demasiado. 

Ya lo sabéis, entonces, queridas mías, bailarinas, danzantes, princesas, zorritas, cuando veáis a un chico guapo que os sonríe desde dentro de una de las cabinas lo más probable es que se trate de un ángel suicida. Intentaréis salvarlo pero él no aceptará, os sonreiréis mutuamente y desaparecerá de vuestra vida en menos de cinco segundos".
                                     
FIN


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