martes, 22 de mayo de 2012


De "El Asesinato de Peralta" (I)


Tras dedicar tres páginas enteras a describir la planta alta de la vivienda con todo lujo de detalles, pormenorizadamente, con esa premiosidad y artificiosidad buscadas a las que, con alarma, apelaba su amigo Peralta, el uruguayo, para calificar su estilo como asfixiante, Germán se bebió la botella de vino blanco frío con ansia, casi sin permitirse un respiro, con esas urgencias que tanto incomodaban a Vera, su amante ocasional, y de las que la mujer se valía, entre otras varias argucias más, para poder tildar de desquiciados no únicamente muchos de sus actos sino incluso algunos de sus sentimientos. Pero ella estaba equivocada, él no era ningún irreflexivo ni ningún vehemente... sólo que le daba miedo extraer conclusiones. Pensar, le gustaba. Mucho. Pero sin embargo le costaba un mundo encontrarles unas consecuencias lógicas a sus pensamientos. De ahí esa forma suya, tan premiosa, de describir: perfilando el detalle, resaltándolo con adjetivos fugaces... que tan irrisoria parecía resultarle a Peralta. De ahí esa manera suya de beber, desaforada... culpable. No; no creía que jamás pudiera llegar a convertirse en un criminal como es debido.

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