sábado, 26 de mayo de 2012


"Bilbao"


Un hombre me dice: “me he perdido”. “Su voz me recuerda a la de alguien que conozco bien”.


Conduce un coche rojo, camino de su casa, con la reverberación del sol a su espalda. Abril ya es historia. Mueve el retrovisor para evitar que los rayos lo deslumbren e intenta escuchar en la radio un poco de música que no sea lamentable.

“Salida 24”. Le quedan sólo dos.

Repasa con irritación la jornada; ha acabado hasta los huevos de los clientes.

Un cartel mugriento, que cuelga de una percha de hierro, anuncia la distancia que hay a Bilbao.

Sin darse cuenta está silbando una canción de la radio. No está del todo mal esa canción; habla, con crueldad, de una chica ingenua.

Ha aumentado la velocidad para adelantar a un Toyota que adelanta a un autobús vacío. Aunque no le gusta correr, corre. La salida 39 te lleva hasta otros pueblos parecidos al suyo, con urbanizaciones como la suya. Se sosiega. Ya casi no le queda mono de tabaco. En quince minutos estará con Ana, cenando y viendo la televisión.

“Bilbao 350 kilómetros” dice otro cartel más, éste con abollones.

El siempre se ha imaginado a Bilbao gris. Con grúas, cadenas y barcos grises. Con hombres y mujeres apresurados. Y lleno de coches. Pero la puesta de sol, recién iniciada, le incita a verlo: plácido, apaciguador, con el astro descendiendo poco a poco sobre la ría y los montes verdes, a lo lejos, velados por los vapores del mar.

“Salida 52, quinientos metros”. Abandona el carril derecho, rebasa la desviación y acelera... camino de Bilbao. ¿Por qué no?, son apenas tres horas.

Pasada media hora se siente cansado, duda. Acude a buscarlo, y llevárselo, una de esas comarcales castellanas, de rectas interminables, y a él le perece que podría ser una buena compañera de viaje. En el primer cruce que encuentra se desvía a la izquierda, en el segundo elige una carretera estrecha, de asfalto muy negro, que apunta hacia la sierra. Atraviesa, junto al sol, un pinar lleno de insectos. No se cruza con ningún automovil. Sigue adelante. Tras una curva aparece una casa de piedra. Más adelante, un villorrio. Frena junto a un anciano que lo recorre por el arcén varias veces cada tarde, abre la ventanilla, y me confiesa: “me he perdido”.



1 comentario:

  1. Me he pedido.
    Me he pedido
    Me he pedid
    Me he pedi
    Me he ped
    Me he pe
    Me he p
    Me he
    Me h
    Me
    M

    LOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOP

    ResponderEliminar