sábado, 21 de abril de 2012



Mujeres con guitarras

"Dando tumbos entre días muertos de metal muerto, llama entre bisagras, alentado mi ánimo por linderos de grava de autopistas viejas y mi corazón humedecido con el plasma de los recuerdos. Entregado con inconstante empeño a la persecución de atléticas fugitivas que le cortaron los cabellos al orgullo del macho bajo las hebras premonitorias que teje la luna. Tranquilo.

Pasan los camiones -transportan objetos: maquinaria y comida, sobre todo- rugiendo a mi lado como cándidos dioses burlados por la belleza.

El tiempo se organiza en una sucesión de estaciones de servicio, perros muertos, bares de alterne y toros recortados de cartón negro. El es el rey de las carreteras. El que manda. La ley.

Corren y corren los coches de los chicos listos que persiguen el triunfo, los trailers se pavonean -somnolientos- en las rectas descendentes de los páramos y las avispas y las mariposas le entregan sus vidas a la trampa del vidrio.

Entre recibos y caucho, los gasolineros bostezan con el silencio de la tarde y en el torbellino de una tormenta lejana, una guitarra suena.

La adivino muy lejos, detrás de las luces intermitentes que atraviesan el cielo, deslizándose sobre el reguero de luz mate que da paso a la noche.

En uno de los clubs, una morena me repite varias veces un nombre para que me lo aprenda: Felicia. Felicia bebe despacio y baila despacio. Cuando me mira de frente proyecta en sus ojos mi vida: los doscientos cuarenta próximos kilómetros de distancia. Junto a la estrecha barra, a ciegas casi, acariciándole la piel a Felicia en un intento desesperado por aferrarme al instante, vuelvo a oír sonar esa guitarra.

“¿Qué es lo que te pasa?” me pregunta la chica viendo que no la miro, que no la hablo, que no la deseo... tampoco. “Oigo guitarras”, le contesto. “¿Suenan bonito?”. “Suenan precioso. Añoran el final de un verano, el amanecer de un día de pesca, las bromas entre los amigos. Evocan los suspiros de los pinares y la belleza de la lluvia”. Ella sonríe y me dice: “allá, en mi país, mis primas y yo tocábamos la guitarra en las fiestas”.

La suerte se había puesto totalmente de mi lado con la tercera cerveza. Otra vez le iba a entrar al centro de la noche con ganas".


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