martes, 17 de abril de 2012


La Samba de las Estrellas

"Me rodean los pinos. Los huelo. Entreveo entre sus ramas cruzadas el brillo de la luna. Del garaje me llega el sonido de la música. Son Police: "wrapped around your finger". Me tambaleó y apoyo la diestra contra la corteza humedecida del tronco de uno de los árboles. Puedo pensar. No estoy tan mal -o tan bien- como para no poder permitirme hacerlo. He bebido más de la cuenta, sí, me he reído lo suyo, he bailado desmañadamente con las chicas y he terminado, como siempre hago en todos los saraos a los que me invitan, encaminando mis pasos, unos pasos dubitativos, en pos de la soledad.

Trato de extremar las sensaciones que detraigo del hecho de saberme solo. Me froto las manos en el pantalón, para secármelas, y emprendo un camino sin rumbo que no me aleje en exceso de la casa. La palabra relajación va fundiéndose con mis sentimientos al compás de mis pasos. "Estoy borracho y soy feliz" pienso. Mis problemas, mis preocupaciones, no se hallan aquí, ahora, conmigo. Tampoco ella está conmigo. No. Ella baila en la casa, les sonríe a los otros, les cuenta chismes a sus amigas, se sube las faldas casi hasta las caderas para hacer el payaso -y encelarles a ellos- a la hora de bailar la samba. Yo, entre tanto, afuera, con un vaso de plástico que contiene dos dedos de whisky, y la vista perdida entre la samba cósmica de las estrellas, me siento un superviviente de otros tiempos, podría ser en estos instantes un bisabuelo mío, o tuyo, que avanza despacio, confiado, por los caminos de la noche y el silencio, por los campos pletóricos del futuro. Y ahora la música consiste solo en una especie de zumbido metálico en el que no es posible distinguir tonos ni matices. Ahora, ya, sus sones, están hechos de piel y sangre, de instinto animal, porque el timbre de las cigarras ha venido a reemplazar a las guitarras de los hombres. Apuro el whisky y el vaso lo dejo colocado encima de un pedrusco.

Me da pereza volver a la casa. Me dan pereza el barreño azul con la sangría. Las botellas de alcohol amontonadas, el humo, el suelo pringoso, las risotadas de borracho de mis amigos, y hasta María me da pereza. Pero sé que no es bueno hacer solo el viaje hasta Madrid conduciendo medio borracho. Podría salirme de la carretera en una curva de tantas y pasarme tirado en la cuneta el resto de la noche oliendo a caucho y gasolina, eso... en el mejor de los casos. Algo sin demasiado sentido.

Más cerca del chalet distingo algunas siluetas moviéndose por el jardín. Han bajado la música. Lo que ahora está sonando es un merengue o algo parecido de por la parte del Caribe. Me doy la vuelta.

Estoy otra vez en la pineda sin haberme llegado a tomar ese whisky de más que, en el fondo, también iba buscando. Mi boca se seca y al merengue no se le oye, le dan forma a la noche, además de mi borrachera, la paz y los reflejos de la luna.

Me tumbo sobre una laja alfombrada por las agujas muertas, caídas de los pinos, tratando de concentrarme en el satélite, procurando saber apreciar en toda su magnitud lo bonita que es. Dormito durante unos instantes. Al incorporarme tomo una piedra cualquiera del suelo y la lanzo contra la osuridad. Por ahí he leído que a los locos les encanta dispararle tiros al firmamento cuando despiertan y me pregunto: "¿estaré loco?". La luna no se decide a contestarme. Las cigarras se enroscan a la noche mientras cantan y empiezan a oirse arrancar los motores de los automóviles. La fiesta decae, eso es ley de vida, y yo, como siempre, seré uno de los últimos en marcharme a otro lado".

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