lunes, 27 de julio de 2015

CERVEZA SIN ALCOHOL

Alexander Timofeev

A veces no queda otro remedio que beber la cerveza sin alcohol.



“La convivencia entre dos personas que se quieren, es siempre difícil; está cargada de presión, de aspiraciones frustradas”.

Algo como esto, muy similar, estaba comentándole aquel mediodía Teodosio Giráldez, más conocido... en la recoleta ciudad que ambos habitaban... por Pepe Romano, a su joven sobrino, después de que aquel se quejase de cierta disputa que habían mantenido la noche anterior él y su pareja. Ella se llamaba Violeta y era la primera chica por la que Benjamín Barroso había llegado a perder la cabeza. Violeta Ruíz.

“Sí, Benjamín, aun eres joven, bastante joven, pero has de saber que, incluso los enamorados son incapaces de prescindir del egoísmo entre sus abrazos. El egoísmo lo llevamos dentro. Cosido a las tripas. Como un lastre. Toda persona piensa, pensamos, que obra el bien, y no tiene, tenemos, la menor dificultad a la hora de otorgarle el placet a nuestros comportamientos. Prácticamente lo hacemos siempre. Es de ese tipo de egoísmo -llamémosle primitivo- del que te estoy hablando. No caemos en la cuenta de que todo eso que nosotros juzgamos casi, casi, irreprochable, o por lo menos inocuo, puede hacerles pupa a los demás. Justo a los que amamos”.

“Pero yo trato de hacérselo ver, tío José. Le advierto: no continúes por ahí, por favor, que me estás fastidiando. Trato de ser razonable...”.

“¿... y ella?”. Mientras Giráldez le formulaba la pregunta a su ahijado, sus labios compusieron una sonrisa repleta de jovialidad.

“Ella pasa. Me dice que soy un rollo de tío...”.

“¿Tú la quieres... verdad?”.

“Sí, claro. Si no la quisiese no creo que pudiese aguantar su indiferencia, su tozudez, su empecinamiento en no pedir nunca perdón. No se aviene a darme explicaciones cuando se las demando. Y si insisto, ella empieza a comportarse con displicencia, como si disfrutara perdonándome la vida”.

“Si la quieres, traga. Ya se os pasará a los dos, también a Violeta. Esas cosas terminan olvidándose. Lo sé por experiencia”.

Como colofón a sus palabras el gran Pepe Romano, de nacimiento Teodosio Giraldez, perito agricola del IRYDA, hasta su jubilación hacía un par de meses, y fantaseador aristotélico de vocación perpetua, prorrumpió en una franca carcajada.

“¡La vida! ¡Ja, ja, ja! ¡Te vas a enterar de lo que vale un peine, chaval!.

Aquellas risas de su mentor, al muchacho no lo sentaron demasiado bien, y le apremió contrito:

“¿Entonces, qué me recomienda que haga...?”.

“Procura ir siempre bien peinado. Es un detalle que las mujeres saben apreciar. Aunque a veces, de jóvenes, no estén dispuestas a reconocerlo, a ellas les gustan los tipos pulcros”.

“Tío José, venga, le invito a otra ronda”.

“De acuerdo, hijo. La mía, esta vez, que sea sin alcohol”.

“Pero si... ¡está asquerosa!”.

“Lo sé, hijo. Lo sé”.

martes, 14 de julio de 2015

UNA JODIDA CASUALIDAD

Philip Barlow

Aun no son las doce. Es el día de mi onomástica y me encuentro sentado en la cabina de un peep show cociéndome de calor. La camisa se adhiere a mi cuerpo y los pelos del flequillo lo hacen a la piel de la frente. Se habla de una ola de calor subsahariana, o algo semejante, y casi todo el mundo está más nervioso de lo que viene siendo habitual. Yo procuro permanecer tranquilo. Ir a contracorriente, como acostumbro. Le miro los muslos a la rubia de turno.

Aunque se trate, tan solo, de intentar sudar lo menos posible: moviéndote poco, quedándote en casa, procurando andar por la sombra, tomando picante y bebidas calientes... la gente no para de hablar del calor que hace, predispuesta, en cuanto tiene algo de confianza contigo, a perder los estribos por cualquier nimiedad y echarle luego la culpa, a la temperatura. Ella, la chica, procura no mirar hacia donde me hallo.

Philip Barlow

La verdad... la gente, si se empeña, es capaz de poder volverte un poco loco. Toda esa puta manía de intentar buscar responsables cuando no existe culpa alguna, y, sin embargo, tratar de encontrar, como sea, una justificación a conductas manifiestamente maliciosas, a mí me resulta un poco desesperante. No me parece bien. Al darse la vuelta me ha parecido como si la rubia me guiñase el ojo.

Vaya, en resumidas cuentas, que entre el agobio de un calor agobiante, justo es admitirlo, y la avalancha de comentarios: cansinos, repetitivos, elementales... de quienes les toca padecerlo, elijo indiscutiblemente al primero. En efecto, prefiero vivir yo solo, a mi aire, en Almería, que en Santander o en San Sebastián, rodeado de pelmazos. Cae la cortinilla sobre el cristal e introduzco otro euro.

¡Ziiis...! la cortinilla vuelve a alzarse. Trato de que me entiendan. Llegó a casa, me quito la ropa y me doy una buena ducha con agua fría que voy calentando, poco a poco, hasta casi llegar a quemarme, para, de inmediato, proceder a la inversa. Me tumbo en la cama tan ricamente, en penumbra, con los “Prefab Sprout” sonando suavecito. Relax. En cambio... ¿qué me cabe hacer por ahí con todos esos tipos que me ponen la cabeza como un bombo? Descartados el uso del esparadrapo -para ellos, para sus labios- y de los tapones de cera -para mí, para mis oídos- por considerar ambas opciones un poco demasiado rotundas, no me queda sino contemporizar y ponerme a protestar yo también como un bobo, como si mis protestas, como si las airadas protestas de todo el mundo, fuesen a ser capaces de enmendar los desbarajustes de la atmósfera -ya puestos, mejor sacamos en comitiva a la Virgen de las Borrascas, no te jode- quejándome del calor que hace: “¡hace un calor insoportable!”. La chica resopla y jadea pese a encontrase medio en bolas.


Philip Barlow

Pues eso, que sí, que hace mucho calor, pero uno puede continuar siendo, pese a todo, razonablemente feliz. Además, estoy por asegurarles que allá por octubre -justo a la vuelta de la esquina, como aquel que dice- el termómetro habrá bajado ya sus buenos diez o quince grados, y que en noviembre, tan solo un mes después, lo más probable es que por esta parte del mundo nos veamos obligados a rescatar del armario... como cualquier año, por otra parte... la bufanda y los abrigos ¡Cuanto más fiable la inconsciencia del clima, que la que es propia de los seres humanos! Entonces, casi con total certeza, estos últimos pasarán a protestar, todo el tiempo, del frío.

De nuevo acaba de caer ante mis ojos la cortinilla tras el cristal y yo me he quedado sin monedas. Salgo afuera. En la calle el sol cae a plomo, dispuesto a fundirles el cerebro a los insensatos. Acudo a la carrera hasta la boca de metro más próxima y me meto en el primer convoy que se detiene. Entro al último de sus vagones. Ignoro su destino. El aire acondicionado rula sólo al tran tran. Apenas funciona.

Frío, calor, lluvia, viento... son insoslayables, se trata de fenómenos naturales que, hoy por hoy, no pueden ser objeto de modulación. Pero, en cambio, la falta de sensatez de las personas, su infantilismo, su falta de perspectiva histórica, su carencia de criterio propio... pese a ser todas ellas susceptibles de enmienda no paran de acentuarse un día tras otro en este privilegiado mundo occidental en el que vivimos.

Me apeo en la primera parada. Salgo afuera de la estación. Le echo un vistazo a un termómetro que hay colocado justo en una esquina. Cuarenta y tres grados. Cuarenta y tres años. Una jodida casualidad.


domingo, 12 de julio de 2015

LAS AGUILAS DE VARO

William Bell Scott

Habita entre las llamas de una hoguera, a lomos de una borrachera, colgado de un hilo de chicle de menta.

Le gusta la gente que quiere estar sola, los niños pequeños y las frágiles estudiantes con rizos que refrescan el metro. También le gustan las carreteras intrincadas, con brotes de musgo en el asfalto, y los curas bajitos y gruñones que gritan y se encabronan, a la mínima, porque saben que Dios detesta ponerse de su parte.

Acostumbra a perder lo que apuesta en el amor, mano tras mano, chica tras chica, y en el juego igual procura hacerlo porque no admite que haya necesidad alguna de un azar prepotente; a la suerte la cree -en esencia y fehaciencia- negra, ominosa, incapaz de ayudar a nadie a descubrir vacuna alguna ni de llenar la tripa a los hambrientos; muy proclive, en cambio, a desmoronar imperios, colosos, bibliotecas, ciudadelas, murallas, faros, palacios y liceos. ¡Esa perra!

Es condescendiente con los placeres -a los que mima más de lo que se merecen- severo con la rutina -que tiene por una enemiga acérrima- y curioso con los misterios y las claves de Dios, la salvación y el infinito, pese a que hasta hoy no hayan logrado despertarle todo el entusiasmo que la concluyente gravedad de su causa exige para doblegar el escepticismo.

Anda perdido entre la gente, sin norte, pero feliz y confortado por el elenco de trucos que acostumbra a usar, cada vez con una mayor destreza, como antídoto contra la insipidez de la vida, contra la estupidez maldita.

Y hoy disfruta sabiendo que no son tantos los que gustan de los placeres que él degusta, ni tantos los que besan como él y, como él, reniegan de los besos sin amor.

Le place ver salir a las estrellas cortejado por la soledad del viento, su pasar, y piensa que el son de las trompetas ha de deleitar a los nerviosos, el de los acordeones a los tristes, y que bombos, platillos, timbales y tambores son pura, perfecta, paranoia.

Querría vivir dentro de una chica rubia que le quisiera mucho, con una chica morena, a la que quisiera un poco, dentro de él.

Sabe que aunque no cese de seguir obteniendo cada día cosas buenas, el tiempo se ha llevado para siempre a muchas otras cosas buenas.

Y sabe que los recuerdos van perdiendo certeza, van cediendo intensidad; van volviéndose anécdotas, artículos de fe... como esos retratos resecos en los que aparecen tus abuelos -ya muertos- transformados en niños.

Los bárbaros siempre nos arrebatarán nuestras águilas predilectas.

lunes, 6 de julio de 2015

TIO VIVO (un post que gira)


Medito si colgar para ilustrar este post una foto de Audrey Tatou, la "Amelie" por antonomasia por esta parte de Europa. No voy a escribir de ella. Voy a referirme a otra Amelie, hija de un diplomático belga, escritora, que, en sus historias, acostumbra a contar sobre sí misma. Belga como Margeritte Yourcenar, a la que, por el contrario, no parecía agradarle demasiado hablar de lo que le pasaba. Cuando lo hacía, pedía perdón, porque su mente fondeaba entre los grandes mitos de la historia, aquilatándolos, que eran los que le permitían, reduciendo con su trascendencia los riesgos emocionales a los que acostumbra a dejarte expuesto la impudicia sentimental, escribir sobre sí misma. Los tiempos han cambiado y también la escritora ha cambiado. Y ahora Amelie Nothomb, justo al revés de su compatriota, se vale de su vida para ponerse a hablar de la eternidad y de todos los demás vapores espirituales que, esta, arrostra consigo: el pudor, el valor, el amor y el odio. 


Veríamos de esta forma como la historia se repite -"El Eterno Retorno" como le gustaba repetir, iterar, hacer retornar, entre los vaivenes de las doctrinas de los sabios, a un filosófo alemán bajito, que acostumbraba a hablar del superhombre; me imagino, aunque no lo admitiese expresamente, que equiparándose a él ¡será por bigotes!- y asumiríamos como a Margeritte -no confundir con Magritte, también belga, que pintaba sombreros de hongo como otros pintan relojes derritiéndose: por convicción, por pose y por rutina- la ha venido a suceder (Amelie Poulain al margen) Amelie Nothboon (de igual manera que el hombre pequeño de los grandes bigotes vino a suceder, en ese ocio de señorito ocioso de ponerse a colocar caballos en los establos del pensamiento, a otro alemán, este sin bigote, y verdaderamente pequeño: se dice que la estatura de Kant no llegaba ni al metro sesenta) para recordarnos que Bélgica esta ahí, con sus letras, y sus letristas, que florean con frases de verdad, y de belleza, los cielos embarrados que encapotan sus campos grises y huérfanos.


Pero no son ellas, ninguna de las tres especialmente ni las tres dando forma a un inaudito trío, el motivo principal de este tramposo gatuperio. Sino algo, y no pretendo restarle el menor mérito a ninguna de aquestas doncellas, que me conmueve aun más. Sí, ya se lo estarán imaginando, la música y la sutilidad de la belleza. Y he apelado a esos círculos concéntricos de tiempo que al parecer -aunque tal vez, y lamentablemente, esto no deje de ser un inocente enjuague- dejan alojadas en los futuros lustros de la historia, ciertas semillas, que habían fructificado ya... con provecho más que excelente... en otros tiempos pasados, para referir mi nueva fantasía ¡que, acaso, sea certeza! Y, así, me atrevo a proclamar hoy... que aun la joven Françoise sigue igual de lúcida, igual de talentosa, pero aun un poco más bella que antaño... a su sucesora. Sí, señores míos, la chanson française permanece sonando igual que siempre ¡charmant! y las hermosas e ingenuas melodías, angelicales pero ligeramente diabólicas para los corazones de las jóvenes enamoradas, y los de sus pretendientes, que cantó, allá por los sesenta, por los setenta, guitarra en ristre, Françoise Hardy, las entona hoy en día, año dos mil quince del siglo veintiuno, Marie Espinosa a quien tengo el inmenso gusto de presentarles a ustedes, a través de este post circunvalante. Como una noria. Como una noria. Como un tío vivo. Como ese tío vivo que está plantado, desde siempre, en la Plaza de la Comedie de Montpellier, al que se suben, una tarde tras otra, las niñas y los niños. Las mujeres y los hombres del futuro.


FIN



viernes, 3 de julio de 2015

AL OLIMPO SE ASCIENDE EN UN PINCEL, A MERCADONA SE LLEGA CON UN TECLADO.

Juan F. Ferré, el magnífico escritor malagueño, me retaba hace un par de días en "La Vuelta al Mundo", su blog literario, para que me pronunciara sobre a qué escritores actuales cabría atribuirles similar "status" (vamos a calificarlo así para resumir y que nos entendamos todos) al que han alcanzado J. Koons y D. Hirst en el ámbito de las artes plásticas. Y aludía a no se qué de unas sirtes, o algo parecido, que no tengo la menor idea de lo que puede tratarse.

Bien, veamos; como no ando lo que se dice sobrado de ideas con las que componer mis historietas, en lugar de desentenderme de la propuesta, prefiero aprovechar la oportunidad que se me brinda y ponerme a desbarrar sobre el asunto. No es moco de pavo. Tres, dos, uno... ¡ya!. No existe un solo escritor vivo en el mundo anglosajón que haya conseguido adquirir entre el stablishment altoburgués el reconocimiento, el prestigio y -ante todo- la fortuna de esos dos artistas plásticos. Y estas, que siguen a continuación, son las razones de las que me valgo para poder afirmarlo:


Un libro es una "puta":

Sí, un libro es una puta, se va con todos. Llegado el caso, hasta con los que no reclaman sus servicios. Por culpa de los bytes... de las descargas piratas, incluso lo hace sin cobrar un solo céntimo. Dadivosamente. Una pintura, incluso una escultura, como ocurre con la obra de los dos artistas traídos a colación por Juan F Ferré, serían, en cambio, como una especie de amante: entregada, sumisa y atávica. La tenemos guardada a buen recaudo para poder presumir de ella ante las visitas. Son nuestras... las obras de arte plástico. Y, nosotros, los dueños de un pedazo de la mente y el corazón del artista que las ha creado. Mientras que con los libros no pasa eso, los poseemos tan solo. Los libros circulan, torpe pero libremente, entre la muchedumbre. Van a su puta bola.



Un coleccionista de arte es un esteta ¿lo es? podrido de pasta ¡lo está! al que no le apetece demasiado comerse el tarro:

De esta forma tener un cuadro obra de un autor de fama, entraña para su dueño: triunfo, exclusividad, poder. Sí... poder: con su adquisición nos hemos adueñado, asimismo, de “tiempo”, un tiempo ajeno, que, a mayor inri, le perteneció en su día a un ser humano memorable: un genio. Y nosotros, haciéndonos con la obra, con su prestigio, con su “halo cultural” y ¡cómo no! fundamentalmente con su valor crematístico de mercado, estamos elevándonos emocionalmente, al mismo nivel o incluso por encima de él, ya que nuestro dinero, nuestra valía “capitalista” para habérsela podido comprar, es justo el fruto que él demanda a trueque por su talento.


Los libros son una "puta" resabiada, los cuadros son una "amante" ingenua:

¿Cabría entonces -se estarán preguntando ustedes- que el escritor escriba a mano su obra y que exista un único ejemplar artesanal de la misma, para que aquel, si este otro es óptimo, pueda hacerse con un gran prestigio?. Les respondo desde ya: ¡no!, no en la sociedad que actualmente vivimos. Respecto de un cuadro, de una escultura, es el sentido de la vista el que determina el mensaje. Un cuadro, una escultura, entrañan impactos emocionales de orden estético, que se sustancian en cuestión de segundos. Un libro requiere un proceso de asimilación intelectivo que exige tiempo y conocimiento. Pocos visitantes habrá dispuestos a que su anfitrión se esmere en deleitarles la tarde con el recitado entusiasta del original de unas cantigas medievales, apócrifas, que le ha comprado a un chamarilero. Se aburrirían. Mirando un cuadro, incluso aunque el autor sea Rousseau o Bacon, eso no sucede. O bien, como en el caso de Tapies, el aburrimiento no va a pasar de ser fulgurante.

Janet Hill

El escritor es un proxeneta y el artística plástico es un casamentero:

Hay luego otro motivo, cual es que el escritor, por la propia esencia de su “logos”, no concibe el hermetismo (tampoco el elitismo) para su obra, ambiciona que esta obtenga la mayor difusión posible. Hoy por hoy, esto es una condición sine qua non del proceso creativo consistente en “escribir”. Con la democracia, no se escribe ya específicamente para condottieri o pontífices, se escribe para el pueblo, para todo el mundo. Y, claro está, por ese mismo hecho, el hecho de su universalidad, el fruto habrá de merecer cierto desdén por parte de las elites.


Mientras que casi todo el mundo está en condiciones de escribir un sms, no hay casi nadie capaz de pintar la luna:

Pero aún hay más. Decía Warhol que en el futuro -un futuro al que no sólo hemos llegado ya sino que, incluso, hemos sobrepasado o estamos a punto de hacerlo- todo el mundo dispondría de su minuto de gloria. Con internet habremos de añadir que toda la gente a la que le guste escribir, y lo haga, va a disponer de su momento de llegar a considerarse a sí misma Oscar Wilde, o alguien por el estilo, y sucederá, por esa sobreabundancia de pretendidos genios, que los que de verdad lo sean, o por lo menos se aproximen en virtudes a las del esteta, vayan a terminar confundidos con otros juntaletras cualquiera -y es que a lo mejor, seamos sinceros, va a caber que, en realidad, la diferencia no haya sido nunca tanta como ha querido proclamarse- entre ese ingente zafarrancho de pasquines.


Conclusión:

Por todo lo anterior, no existe absolutamente escritor actual merecedor de la gloria. Quizás... no sé... ¿Julian Bluff? (para la ocasión me he permitido la licencia, verdaderamente excepcional, de escribir mi nombre con mayúsculas).


martes, 30 de junio de 2015

PACHINKO (Parte II)


El juego termina, bien cuando te quedas sin bolas, porque no cueles ni una, y entonces puedes comprar más, o bien porque te canses de estar todo el rato dándole como un gilipollas, con el dedo gordo, a la palanquita de propulsarlas hacia lo alto y, en este otro caso, vas a ver al encargado con tu palangana bien a mano para darle las bolas y poderlas canjear, según lo que pesen, por un regalo.

La gracia del pachinko, lo que precisamente más debe gustarles a los chinos y a los japoneses del pachinko, los japoneses son igual de fanáticos de este juego que los chinos, es el detalle de que las máquinas... todas puestas en fila y escupiendo bolas de premio cada dos por tres... arman un ruido del carajo de los mil demonios. No se nos pase por alto el detalle de aunque los descendientes de estas milenarias civilizaciones orientales aparentan ser bastante callados, la bulla les pone que no veas. Ahí están, si no, la pólvora y los fuegos artificiales para corroborárnoslo. Y bueno, además... a los chinos... todo lo que sean juegos de azar les vuelven también bastante locos.

El caso es que un determinado día -justo aquel en que tuvo lugar esta historia- yo entré al salón de recreativos, empecé a jugar al pachinko, era mi primera vez, y conseguí... la suerte del principiante, sin duda... hacerme con una millonada de bolas, que canjeé, tan ricamente, por dos libros de los que hasta ese histórico momento, y pronuncio esta frase en homenaje a mi padre al que le encantaba decirla, no había oído hablar nunca en mi vida. Nada más y nada menos... y esto que les estoy contando es rigurosamente cierto, pueden disponer de mi palabra, se lo garantizo... que "Nueve Cuentos" de Salinger y "La Ciudad y las Sierras" de Eça de Queiros.

Leí los dos ejemplares y me gustaron. Me gustaron mucho. Del de Salinger me llamó la atención, sobre todo, un relato acerca de un monitor de boy scouts que era un tío cojonudo y estaba muy enamorado de su novia. Mientras que de la novela de Eça preferí la parte que transcurre en París, la del principio, que me pareció muy graciosa. Pero bueno, todo eso ya es otra historia que no me voy a poner a contarles ahora... así... por las bravas. Añadir tan solo, considero de justicia afirmarlo, que, con el paso de los años, "La Ciudad y las Sierras" ha ido convirtiéndose en uno de mis libros de cabecera. Me lo habré leído ya como cuatro veces y siempre que lo hago, consigo disfrutar un montón. Ya saben lo que mantenía Borges acerca de Eça; decía Georgie, le decía a Adolfito Bioy, que el portugués era uno de los pocos escritores habidos en el mundo que nunca jamás, dijeran lo que dijeran, llegaban a defraudarte. Razón tenía el perico. ¡Como en tantas otras cosas!.

lunes, 29 de junio de 2015

PACHINKO. Parte I

Jean Eugene Beuland

Glorieta de Quevedo. Madrid. Yo estoy haciendo la carrera. No soy una profesional del amor, soy estudiante universitario. Me muevo bastante por ese barrio; para coger el metro, sobre todo. Por allí vive mi amigo Alfredo al que tengo veneración. Lo normal es que nos apeemos del autobús en Moncloa, yo lo acompañe caminando hasta su casa, cerca de Quevedo, y acuda, luego, a la glorieta donde la boca de metro. También entra dentro de lo normal que si tenemos pasta nos tomemos unas cañas de camino. Sobre todo si es viernes. Alfredo, el cabrón, parece mayor, y yo, un niñato. Siempre andamos descojonándonos. De todo. Una vez Schommer, una celebridad por aquellos años, nos hizo una foto cruzando un paso de cebra y salimos, los dos, en el suplemento de El País. Alfredo fue a su estudio a preguntarle, al tío, porque nos había hecho la foto y Schommer le contestó justo eso, porque nos estábamos riendo. Luego le dio una copia ampliada, en papel de foto, satinado y tal, pero no se nos distingue bien, no perfectamente, se nos ve a los dos un poco borrosos. Yo ni me di cuenta de que nos habían sacado una foto. Ya lo saben, íbamos muertos de la risa.

En la glorieta de Quevedo, al lado del metro, en unos billares de los de toda la vida, han puesto unas máquinas de Pachinko. En Madrid, por aquel entonces, no había casi chinos, pero, la verdad, todos los chinos de Madrid parecía como si se congregasen ¡seguro que lo hacían! delante de aquellas escandalosas máquinas llenas de colorines.

Las máquinas de pachinko. A lo mejor las han visto ya en alguna película. O... incluso... -las modas van, desaparecen y vuelven- ... las hay por su barrio, donde quiera que sea que vivan hoy en día. Lo mejor...  entran ustedes a "Google images", las echan un vistazo, y así se enteran perfectamente de como son. Pero si les da pereza, o confían en mí, o que sé yo, les digo que se parecen bastante a un pequeño tablero de pinball clavado a la pared con un montón de clavos y agujeros tras el cristal. La gracia del juego consiste en ir lanzando hacia arriba, mediante un percutor, una serie de bolas de acero del tamaño de una canica canija -salen disparadas en vertical a toda leche- y esperar que en su caída, y tras ir tropezándose con los clavos según descienden, se cuelen en alguno de esos numerosos huecos que horadan el tablero. Cuando esto ocurre, vuelven a aparecer más bolas metálicas en una cubeta, una cubeta parecida a la que tienen las máquinas tragaperras para que las monedas de los premios no terminen rodando por los suelos, y tú las coges, las introduces por un agujero que hay en un lateral de la máquina, y las vuelves a lanzar hacia arriba. Te facilitan al principio, cuando pagas, una especie de palangana de plástico donde vienen las bolas (continuará)