lunes, 14 de abril de 2014

I LOVE TROLLS


Por que me encantan los trolls. El mundo está lleno, rotundamente lleno, de gilipollas. Y yo procuro moverme -no digo que alguna vez en mi vida no haya hecho gilipolleces- justo por el lado de enfrente. Y cada vez me siento más beligerante, apaciguadamente beligerante, supongo que me entienden, cosas de la edad, con los del otro lado. En esta tesitura estoy persuadido de que el fomento -o, por lo menos, la aceptación- del trolleo, es una herramienta formidable para dejar a los gilipollas en evidencia. Aunque sen anónimos, da igual. O, incluso, me pone más que sean anónimos. Miren: van ellos, sueltan su cagada en tu blog y... ¡ahí me las den todas!. Y cuando profiero esta última exclamación a quien estoy refiriéndome es a mí mismo, claro.

La fulanita o... casi siempre... el fulanito -las chicas, en líneas generales, no suelen ser tan ruines- hace su deposición en el recibidor de casa y yo no estoy dispusto a limpiarla. Me mudo cada dos por tres de apartamento y me imagino que el único que, si acaso, va a volver a aparecer donde se halla la mierda es él, el troll. Para ver su mierda, oler su mierda y comprobar si a alguien -el tipo del blog o cualquier otro de los comentaristas- le ha apetecido, o no le ha apetecido, motejarlo de monsieur cagarro. Bonito panorama.

Un panorama delicioso que no estoy dispuesto, bajo ninguno de los conceptos posibles, a desbaratar. No a la moderación de comentarios. No a las claves encriptadas para poder entrar a opinar en el blog. No a ningún tipo de censura. Que quien esté hecho un gilipollas disponga de todos los medios a su alcance para poder evidenciarlo. Y yo... a pasarlo teta. Que, ya se lo he dicho, ando atravesando una etapa de "mi vida" -en parte por el "mi" supongo, y en parte, también, por la "vida" misma que nos está tocando en suerte vivir estos últimos tiempos, de insensatos sería negarlo- en la que me produce no poca satisfacción contribuir a desenmascarar gilipollas. Aunque sen anónimos, da igual. O, incluso, me pone más que sean anónimos.

Y estarán ustedes preguntándose, ya me lo supongo, que perra, el tío este, con que prefiere que lo troleén los gilipollas innominados a los gilipollas con nombre y apellidos. La explicación es bien sencilla, con estos últimos pudiere darse el caso, y de hecho se da, de que apreténdoles un poco las clavijas, se la envainasen ¿Y que vas a hacer tú, entonces, sino aceptarles las disculpas a los pobres cabeza de chorlito, aunque no se lo merezcan? Ya que los gilipollas, todos en líneas generales, acostumbran a llevar adelante sin descanso, sin desfallecer, la misión primaria que tienen atávicamente encomendada de ir y joderle la marrana al prójimo y les da igual haberse arrepentido un jueves para volver a cagarla el sábado. Mientras que... a los primeros... para no ponerse en evidencia una vez han recibido el primer soplamocos, no los queda si no perpetuarse, ad eternum, en su gilipollesco anonimato de gilipollas eterno. No has de molestarte en tener que asumir, o no, la moralidad de su arrepentimiento. Que es, este, asunto de dioses y no de simples humanos.

Cabría también que estos adorables trolls, a los que me estoy refiendo ahora, los gilipollas anónimos, una vez satisfechas sus necesidades no volviesen a aparecer ya nunca por el recibidor de casa. Vale. También, esto otro, me sirve de cara a mi abnegada labor. Su mierda cabrá como señuelo para otros trolls. "Se admiten trolls" vendrá tácitamente a sugerirles, la catalina, en un blog así, al margen de cualquier tipo de censura, permitiéndole, esta estratagema a su autarca -esto es, mi menda lerenda- desenmascarar para el bien de su "ego" depredador ¡y hasta el de la humanidad pensante! nuevos y recalcitrantes gilipollas.

Pero... vaya... en el fondo tampoco es que sea demasiado mala persona y lo único que seguramente pretendo con esto, con este egoista ejercicio de tolerancia -o, al menos, es, este, argumento al que recurro para permitirme la tranquilidad de conciencia- es que alguno de mis trolls ¡por lo menos uno! después de haberse leído, un par de veces, las gilipolleces que no le ha importado dejar expuestas en público, a la vista de todos, como contrapunto a alguno de mis resplandecientes textos -je, je...- pueda, avergonzado, desengancharse en parte de su enorme estulticia y la próxima vez que le dé por hacer el imbécil, utilice su nombre de verdad. El de la realidad cibernética, quiero decir. En cuyo caso, me presentaré en su blog y, pespunteándole al pobre diablo alguno de sus lamentables soliloquios con el vértice de mi florete dialéctico, le permitiré disponer de la oportunidad de demandar perdón. E incluso me avendré a perdonarle. Palabra de honor. Como el escote.

sábado, 12 de abril de 2014

UN VERDADERO CAMPEON

(Paul Coventry-Brown)

En mi opinión, mi mujer está demasiado delgada. Siempre obsesionada con la báscula. Se trata de una mujer que vincula su dignidad -a la que sobrestima sin verdaderos motivos- con la carencia de peso. Y por eso, yo creo, asocia los hidratos de carbono y las salsas con una pérdida de autoestima. Comer con ella es un suplicio. La comida la asusta. Y cuando está rica la asusta todavía más. Aunque yo creo, esa impresión tengo, que, a veces, come chocolate a escondidas. Y me temo que eso sí le parezca bien. Comer chocolate a escondidas reune todas la características necesarias para que Patricia lo considere algo digno.

Me da miedo que la culpabilidad que la impide disfrutar de la comida termine confundiéndola la mente. No quiere admitir que no come, casí, para estar guapa -identifica, o eso se quiere creer, la falta de kilos con la belleza- y prefiere asociar la delgadez con un valor, aún más intangible, más dudoso, menos consciente, como el de la dignidad. Ojalá la sensación que albergo acerca de Patricia fuera sólo eso: una impresión fulgurante que mañana pudiese parecerme absurda. Pero hoy, ahora -que es el único tiempo decisivo para los veredictos- sus modos, sus ojos, me sugieren la eventualidad de que los nervios la anden llenando de confusión la voluntad y vaciando de propósito todas esas palabras que a ella le gusta enunciar muy despacio, con solemnidad, como si siempre estuviese juzgándote.

Se lo advierto entonces: “Patty ¡ojo! el odio y el amor duermen en cuartos contiguos” y ella me tacha de cabrón y se larga, enfurruñada, a otra de las habitaciones del piso.

Sin apenas mirarme, me dice dolida, cuando me acerco hasta ella para pedirle disculpas: “no tengo por que seguir soportándote”. Y yo le contesto que no me haga caso, que pase de mí; le digo que... ya sabe... los consejos sólo los dan los gilipollas. Y a los gilipollas no hay que hacerles nunca demasiado caso.

Me dice, arrepentida, que no soy ningún gilipollas. Y yo le contesto que, un poco, sí. Es absurdo que ella se obstine en no reconocerlo.

Probablemente otro día, uno de esos días en los que Patricia, aburrida, se ponga mentalmente a componer, para tratar de entretenerse un rato, un listado vital de todos sus enamorados, yo, ya ni siquiera aparezca entre ellos. Pero, también es probable, si justo ese día ella no está muy triste y le ha dado por pensar que el mundo no es un lugar tan turbio, que sea yo y... no otro, precisamente yo, justo el que vaya a ocupar la pole position.

Como el verdadero campeón de su vida.

jueves, 10 de abril de 2014

EL TATUAJE DE RIVERA Y LA NUEVA LITERATURA


«Cuando quieras emprender algo habra mucha gente que te dira que no lo hagas. Cuando vean que no te pueden detener te diran como lo tienes que hacer. Y cuando finalmente vean que lo has logrado... diran que siempre creyeron en ti»

Esta frase, de arriba, puede leerse en la parte interna del brazo diestro de Kiko Rivera. El disc jockey. A lo mejor el chaval va a resultar no ser tan tonto como pensamos, o como a nosotros nos ha apetecido imaginárnoslo para, a través de uno de esos exorcismos colectivos de descalificación "ad hominem", a los que tan aficionados somos en nuestra tribu, pretender hacer como si no nos apercibiésemos de nuestra propia gilipollez. A lo mejor va a ser que el chaval tiene más luces, bastantes más, que las que atesoran todos esos otros que intentan consolarse de sus propios complejos, calificándolo a él, al famoso, al calvito, al chaval con la esclava de oro colgándole de la muñeca, de chico de tonto. De primavera.

No sé si la frase de marras será cosecha suya, de Kiko Rivera; pero... ¡claro que podría serlo! ¿por qué no?. Vamos, no obstante, a considerar la posibilidad de que no sucediese así ¿No vivimos una época, no frecuentamos una narrativa, que ha querido... conscientemente, otorgarle carta de naturaleza a la metaliteralidad? ¿No hemos quedado antes, otras veces, en que ya en pleno siglo veintiuno, y con casi tres mil años de prosa escrita subida a la chepa de la humanidad, en literatura, en el arte, todo lo que no es tradición va a resultar ser sólo plagio? Entonces, en cualquier caso, lo miremos por donde lo miremos, incluso admitiendo que no sea... él... el autor de la leyenda, tendremos que mantener que el joven -ya no tan joven- Rivera, nos ha marcado un golazo por la escuadra gracias a la sensatez y la suficiencia que es capaz de dispensar su tatuaje.

Ni una sola línea... ni un único planteamiento... en los textos de los jóvenes literatos españoles, y mira que los tíos y las tías se esfuerzan por tratar de conseguirlo, dotado de la fuerza expresiva y la carga emotiva de la bendita frase. Un frase que pespuntea, como las notas músicales de un pentagrama eterno, la piel del brazo de un hombre de la calle. "Y cuando finalmente vean que lo has logrado... diran que siempre creyeron en ti". Ley de vida. "De ley" como dicen los gitanos. El arrepentimiento interesado de los mediocres.

Procede entonces hoy, que, sin ligereza ni frivolidad de ningún tipo, acudamos a abordar esta oportuna comparación, también tan literaria, entre aquellos "Love&Hate" que, en la "Noche del Cazador", llevaba tatuados Robert Mitchum en las falanges de sus dedos, con esa precisa descripción de los torpes modales con los que los necios ofician sin descanso su conjura contra quienes no lo son -y perfectamente sé por que me ha venido a la cabeza el título de la novela de Kenneth Toole- que aparece escrita sobre los poros de la piel del sorprendente Rivera. Brutal el canto a la esperanza, y el desdén hacia la mediocridad, que el tipo, un "buen tipo" me parece a mí, ha querido que lo acompañe en el futuro, a su lado, como un sosegante mantra, por el camino de la vida.

Y... no, no se lo ha financiado Random House Mondadori. Me imagino.

lunes, 7 de abril de 2014

LA SONRISA TIERNA DE UNA CHICA TRISTE


Su tristeza y su sonrisa. Ella te mira desde el fondo de una foto. Lleva una gabardina puesta. Sostiene, en una de sus manos, una flor. “¿No será un poco cursi?” te dice, sonriendo. El pelo lo lleva recogido en la nuca y su mirada derrocha confianza. Aunque no llegue a ser una mirada alegre. La flor es una rosa.

Afuera, se ha desatado el viento. Baja por las aceras, a bandazos, topándose con las papeleras y las farolas. Despeinando a su paso las ramas de los árboles. Arrastrando consigo las bolsas de plástico vacías que, habitualmente, acostumbran a ensuciar las calles.

Es martes. Son las diez. No hay tráfico alguno. Los semáforos aburren. Resaltan, en la penumbra, las letras rojas y azules de una franquicia de hamburguesas a punto de cerrar a esas horas. Se diría que en esa ciudad grisácea, el alumbrado público, cuando es invierno, oscurece las calles al pretender iluminarlas. Sin la luz del sol, unas calles así pueden provocarte pena, hacerte sentir que has fracasado en algo sin excesivo valor.

La luz artificial flota sobre la ciudad, como un velo amarillento de plástico pegajoso, y oculta las estrellas. Te impide recurrir al consuelo de ponerte a mirarlas. Continúas conduciendo adelante. Sintonizas la radio. Se trata de un tipo que parece no cansarse de soltar chorradas. En casi todas las emisoras hay una tipa o un tipo que dicen cantidad de chorradas. La apagas. Valoras todo lo que te rodea como innecesariamente feo... incluso grotesco, en ocasiones... Te resulta imposible pillarle la menor gracia al asunto. Ni a las soflamas de la gente de la radio, ni a la basura que acarrea consigo el aire, ni... menos todavía... a las paredes de las casas llenas de monigotes y rayones pintarrajeados "¡Qué puta mierda!" te sale proclamar desde el fondo de tu corazón, aunque, prácticamente lo digas en un susurro, consciente de que todo eso, que tanto te jode, no va a poder, en modo alguno, solucionarse. Como si tus convecinos se hubiesen entregado a propósito, con gusto, a oficiar de buen grado un oscuro aquelarre menesteroso.

Tienes la foto. No lo olvidas. La sacas de la guantera. La vuelves a mirar. Vuelves a admirarla a ella... ¡tan linda! Y te da miedo. Piensas que si ellos se enteran, querrán arrebatártela. La miraran, la rasgaran y la dejaran tirada en las aguas podridas de un alcorque, flotando entre docenas de colillas fermentadas. Un destino ignominioso y absurdo para la sonrisa tierna de una chica triste. 

viernes, 4 de abril de 2014

VIAJE A ASTURIAS


No le habían dicho el nombre de la playa. Como la llamaban. Sólo sabía que debía andar por allí. Alguien le había hablado de un faro. El faro lo tenía delante, luego la playa tendría que hallarse cerca. Los cielos permanecían llenos de nubes. Encabronados. Eran nubes negras y picudas. Como si estuvieran forradas con espinos y cardos. La playa aquella, que andaba buscando, fue donde él aprendió a nadar de canijo. Su tío lo tomaba por la barriga, le decía que estuviera tranquilo y lo soltaba. El se ponía a bracear como un cachorro y, cuando estaba a punto de hundirse, su tío lo volvía a coger por la barriga y tiraba de él hacía lo alto. Se atragantaba casi siempre. Hoy, su tío estaba muerto. Había muerto la primavera pasada. A punto de jubilarse, a la muerte le apeteció llevárselo a su piscina para que les siguiera enseñando a nadar a los niños.            

Distinguió unas gaviotas en lo alto. No las había perdido aun... de vista... y ya habían aparecido otras.       

Gaviotas. Le trajeron a la mente una novela que había leído aquel mismo verano. Su protagonista se comportaba como un completo idiota. Aunque, en el fondo, no era más que unas cuantas ideas, penosas, torpes, dudosamente originales, a las que su dueño había decidido convertir en un hombre. Le cupo la duda de si él no estaría, también, forjando un idiota cada vez que se atormentaba dándole vueltas en la cabeza a lo sucedido. Justo. Si no estaría él, modelando, con sus pensamientos, otro rotundo gilipollas. ¿Quién, sino él, podría tolerar calarse hasta los huesos, bajo un aguacero, en busca de una playa que con toda probabilidad iba a resultar incapaz de reconocer?.  

Detuvo el coche junto a un chigre que había en los bajos de una posada. Entró dentro y preguntó por la playa. Algunos, los más viejos, sonrieron. En la televisión, una chica con el pelo teñido de verde, le explicaba a la presentadora por que odiaba a sus padres. Pidió que le sirvieran una sidra. Había una perdiz disecada, junto al aparato, y una foto de David Villa, junto a la perdiz, en la que el futbolista aparecía pasándole un brazo, por los hombros, a un hombre que se daba cierto aire al que en esos instantes atendía el mostrador. Justo el que había hecho caso omiso a su pregunta de hacía un par de minutos. Tuvo que insistirle.

“Esta vacía. No hay nadie. Con el tiempo que hace, no va a encontrarlos. Se lo garantizo". A él le intrigó aquel comentario. No sabía si aquel tipo estaba refiriéndose a alguien de por allí del que pensaba que podía ser amigo suyo o a los recuerdos perdidos que estaba esforzándose por recuperar aquella mañana. "No he quedado con nadie. Unicamente deseo verla". No le importó, a él, rendir explicaciones.

"Usted no es de por aquí ¿verdad?".

Se trataba de una chica rubia, con el pelo largo, que los estaba escuchando hablar.

Cuando la chica comprobó que él se había terminado la sidra, y no repetía ronda, le preguntó, esta vez, si podría acercarla hasta Gijón. "¿Vas para Gijón?".

Sin saber por qué, le contestó que sí. Los dos salieron afuera y se metieron, corriendo, en el coche. Ella, al entrar, forzó un gesto brusco con su cuello. Algunas gotas de agua fueron a parar a la piel, de la mano, con la que él andaba manejando, en esos instantes, la palanca de cambios.

Les costaba un mundo, a ambos, hacer uso de la palabra.

Pasado Candás, el cielo aclaró de repente y apareció a lo lejos, difuso y misterioso, como si su saliva fuera fruto de una gigantesca ampolla de vidrio, de color rosa, nada menos que el arco iris. 

jueves, 3 de abril de 2014

COGITUS INTERRUPTUS. Parte IV. Los Nuevos Paladines de la Literatura


De donde por fin se pone término a este atrabiliario relato de predilecciones prescriptivas, deserciones intelectivas y maquinaciones descriptivas, apuntando justo donde procede, al centro mismo de la diana. Ya que va ser aquí, en este último post de la serie, donde se explique, de manera breve pero terminante, críptica pero estimulante, el "verdadero tema del apotema" -compendio apoca(sica)líptico de el coño de la Bernarda y el cipote de Archidona- la cuestión, justo, que el sibilino Watson fingía desconocer. No otra que esta: "¿cómo unos libros tan malos pueden obtener unas críticas tan buenas?". O la, también llamada, venganza zalamera de los críticos cautivos. 

4ª Parte. Del excipiente de venganza que acostumbra a estar presente en los críticos renuentes. "Ese libro es un topacio".

No querría cerrar esta filípica o esta homilia -que hoy, no me pregunten por qué, parece que me ha dado por pretender ser el guardían de mi hermano- sin apercibir... a todas esas almas cándidas capaces de reprochar a nuestros dos amigos, aquí citados, que la emprendan a teclazos con las novelas sin haber terminado de leérselas... ¿Pero acaso disponen ustedes de una fé tan buena, tan noble, como para creerse que los críticos oficiales, profesionales, solo afrontan sus reseñas si previamente han sido testigos del punto y final del texto (y de todo lo que va por delante)? ¿Pero no se dan cuenta ustedes, amables lectoras, amables lectores, que eso no es en algún modo posible, que es materialmente inviable? ¿Que de ser así, como ustedes aparentan suponerse, los pobres críticos terminarían en la mayoría de los casos amargados, hastiados de la vida, vencidos por la desidía, la frustración y el aburrimiento?. Ocurre... que los críticos "de verdad" esto no lo pueden decir, está feo, pero claro que sucede ¡como no habría de suceder!

Es más, me imagino que esas críticas elogiosas, ponderadas, rigurosas, llevadas a cabo sin, ni mucho menos, haberse leído el libro que constituye su objeto, integran una dulce venganza por parte de estos señores ante la obligación que los ha impuesto ese establishment del que ya hemos hablado, y al que se han visto abocados a formar parte (y no me dirán que no soy mú güena persona), de tener que glosar unos bodrios infumables -en la mayoría de las ocasiones, aunque se lo ordenaran, ellos no podrían escribir así de mal ni a propósito- aparentando el cuajo, encima, de defender ante sus semejantes "la constante presencia en la obra de este joven y prometedor novelista, de un notable dominio del lenguaje y una imaginación desbordante, si bien en futuras entregas tal vez fuese aconsejable que procurara afanarse en un uso menos previsible de las metáforas". La bomba. ¡Para bailar esto es una... BOM-BA!.

miércoles, 2 de abril de 2014

COGITUS INTERRUPTUS. Parte III. Borja Pablo es un hortera


Post de largo recorrido en el que se empezó por alabar a un par blogs de crítica literaria tradicional. Se continuó disertando sobre la procedencia de desechar cualquier intento de asimilación, por simpatía explosiva, de las lecturas perniciosas, superflúas y ridículas. Y va a tratarse, esta vez, sobre la oportunidad del esbozo de una crítica audaz... que no temeraria, acerca de aquellos escritos catados a conciencia... que no con persistencia -a imagen de los aventurados sommeliers- cuyo fin pareciere apuntar al entontecimiento y el aburrimiento de los lectores mediante su alistamiento a los gustos homologados por los más recientes vanguardistas. Para ello, va a volver a hacerse evocación del malestar provocado por los romances fallidos y recurrirse al simil ¡exageradísmo, tal vez! de volver equivalentes las ideas con la sustancia de la persona que las alberga.

3ª Parte. De la pertinente procedencia de hacer crítica literaria de libros a medio leer. ¿O es usted tan hipócrita de negar que es incapaz de criticar a alguien sin, antes, haberlo conocido a conciencia?.

Retomando el hilo de nuestra antigua historia. ¿Acaso el hecho de no haber terminado en pelotas... retozando en la cama... con tu pretendiente va llevarte a renunciar a criticar con tus amigas, con tus amigos: su camisa de Tommy Hilfiger, sus zafios modales al cortar la carne, su predilección por Aida (la serie de la tele), su detestable arrogancia, o su obsesiva tendencia a pretender dejarte en ridículo? ¡Y un güevo!. Otro más.

Imagínate, ahora, si con quien has quedado es con un actor o con una actriz famosos. Menos aún lo callarías. Añádele que a tí, además, te hubiese dado por hacerte reportero de la prensa rosa. ¡Imposible, en este caso, que guardases silencio!

Pues esto, en el fondo, es lo que pasa con estos dos señores, de los que hasta ahora les he venido hablando, que como son una especie de reporteros de la prensa del corazón pero en relación con los escritores, el hecho de cotillearnos acerca de las novelas de estos últimos -el que los autores entablan con sus obras es el summum de los idilios en el egocéntrico mundo de la literatura- habrá de suponerlos poco menos que una obligación. Incluso... aunque hayan sido incapaces de pasar de la página ventiuna.