martes, 30 de junio de 2015

PACHINKO (Parte II)


El juego termina, bien cuando te quedas sin bolas, porque no cueles ni una, y entonces puedes comprar más, o bien porque te canses de estar todo el rato dándole como un gilipollas, con el dedo gordo, a la palanquita de propulsarlas hacia lo alto y, en este otro caso, vas a ver al encargado con tu palangana bien a mano para darle las bolas y poderlas canjear, según lo que pesen, por un regalo.

La gracia del pachinko, lo que precisamente más debe gustarles a los chinos y a los japoneses del pachinko, los japoneses son igual de fanáticos de este juego que los chinos, es el detalle de que las máquinas... todas puestas en fila y escupiendo bolas de premio cada dos por tres... arman un ruido del carajo de los mil demonios. No se nos pase por alto el detalle de aunque los descendientes de estas milenarias civilizaciones orientales aparentan ser bastante callados, la bulla les pone que no veas. Ahí están, si no, la pólvora y los fuegos artificiales para corroborárnoslo. Y bueno, además... a los chinos... todo lo que sean juegos de azar les vuelven también bastante locos.

El caso es que un determinado día -justo aquel en que tuvo lugar esta historia- yo entré al salón de recreativos, empecé a jugar al pachinko, era mi primera vez, y conseguí... la suerte del principiante, sin duda... hacerme con una millonada de bolas, que canjeé, tan ricamente, por dos libros de los que hasta ese histórico momento, y pronuncio esta frase en homenaje a mi padre al que le encantaba decirla, no había oído hablar nunca en mi vida. Nada más y nada menos... y esto que les estoy contando es rigurosamente cierto, pueden disponer de mi palabra, se lo garantizo... que "Nueve Cuentos" de Salinger y "La Ciudad y las Sierras" de Eça de Queiros.

Leí los dos ejemplares y me gustaron. Me gustaron mucho. Del de Salinger me llamó la atención, sobre todo, un relato acerca de un monitor de boy scouts que era un tío cojonudo y estaba muy enamorado de su novia. Mientras que de la novela de Eça preferí la parte que transcurre en París, la del principio, que me pareció muy graciosa. Pero bueno, todo eso ya es otra historia que no me voy a poner a contarles ahora... así... por las bravas. Añadir tan solo, considero de justicia afirmarlo, que, con el paso de los años, "La Ciudad y las Sierras" ha ido convirtiéndose en uno de mis libros de cabecera. Me lo habré leído ya como cuatro veces y siempre que lo hago, consigo disfrutar un montón. Ya saben lo que mantenía Borges acerca de Eça; decía Georgie, le decía a Adolfito Bioy, que el portugués era uno de los pocos escritores habidos en el mundo que nunca jamás, dijeran lo que dijeran, llegaban a defraudarte. Razón tenía el perico. ¡Como en tantas otras cosas!.

lunes, 29 de junio de 2015

PACHINKO. Parte I

Jean Eugene Beuland

Glorieta de Quevedo. Madrid. Yo estoy haciendo la carrera. No soy una profesional del amor, soy estudiante universitario. Me muevo bastante por ese barrio; para coger el metro, sobre todo. Por allí vive mi amigo Alfredo al que tengo veneración. Lo normal es que nos apeemos del autobús en Moncloa, yo lo acompañe caminando hasta su casa, cerca de Quevedo, y acuda, luego, a la glorieta donde la boca de metro. También entra dentro de lo normal que si tenemos pasta nos tomemos unas cañas de camino. Sobre todo si es viernes. Alfredo, el cabrón, parece mayor, y yo, un niñato. Siempre andamos descojonándonos. De todo. Una vez Schommer, una celebridad por aquellos años, nos hizo una foto cruzando un paso de cebra y salimos, los dos, en el suplemento de El País. Alfredo fue a su estudio a preguntarle, al tío, porque nos había hecho la foto y Schommer le contestó justo eso, porque nos estábamos riendo. Luego le dio una copia ampliada, en papel de foto, satinado y tal, pero no se nos distingue bien, no perfectamente, se nos ve a los dos un poco borrosos. Yo ni me di cuenta de que nos habían sacado una foto. Ya lo saben, íbamos muertos de la risa.

En la glorieta de Quevedo, al lado del metro, en unos billares de los de toda la vida, han puesto unas máquinas de Pachinko. En Madrid, por aquel entonces, no había casi chinos, pero, la verdad, todos los chinos de Madrid parecía como si se congregasen ¡seguro que lo hacían! delante de aquellas escandalosas máquinas llenas de colorines.

Las máquinas de pachinko. A lo mejor las han visto ya en alguna película. O... incluso... -las modas van, desaparecen y vuelven- ... las hay por su barrio, donde quiera que sea que vivan hoy en día. Lo mejor...  entran ustedes a "Google images", las echan un vistazo, y así se enteran perfectamente de como son. Pero si les da pereza, o confían en mí, o que sé yo, les digo que se parecen bastante a un pequeño tablero de pinball clavado a la pared con un montón de clavos y agujeros tras el cristal. La gracia del juego consiste en ir lanzando hacia arriba, mediante un percutor, una serie de bolas de acero del tamaño de una canica canija -salen disparadas en vertical a toda leche- y esperar que en su caída, y tras ir tropezándose con los clavos según descienden, se cuelen en alguno de esos numerosos huecos que horadan el tablero. Cuando esto ocurre, vuelven a aparecer más bolas metálicas en una cubeta, una cubeta parecida a la que tienen las máquinas tragaperras para que las monedas de los premios no terminen rodando por los suelos, y tú las coges, las introduces por un agujero que hay en un lateral de la máquina, y las vuelves a lanzar hacia arriba. Te facilitan al principio, cuando pagas, una especie de palangana de plástico donde vienen las bolas (continuará)

viernes, 26 de junio de 2015

EN UN TREN (Parte II)

(Helen McKie)

Aunque tenía puesto el volumen bastante alto, empecé a escuchar unas carcajadas fortísimas dentro del vagón. Parecían pertenecerle a un tío. Separé momentáneamente los auriculares de mis orejotas. En efecto, había un tipo, cinco filas de asientos por delante del mío, que se lo estaba pasando de miedo con aquello. Un furor. Entraba incluso, dentro de lo probable, que al sujeto aquel le sucediese algo malo si seguía descojonándose de esa forma.

Miré a mi alrededor en busca de árnica. Necesitaba la amistosa mirada de otro ser humano para cerciorarme de que viajábamos en compañía de un verdadero freak.

¡Ja, ja, ja!. Bien fuerte. ¡¡Ja, ja, ja!!. Aun más fuerte. A base de reclinarse y doblarse en dos, en su asiento, parecía como si aquel individuo, incapaz de cualquier moderación, pretendiera convertirse en pelota. En bola. Y, todo esto, de lo bien que se lo estaba pasando con aquella inmundicia de película.

Mientras se enderezaba, entre grandes aspavientos, el tipo ladeó ligeramente su rostro hacía el pasillo.

Me pareció reconocerlo. Tranquilos, que no cunda el pánico, no era nadie de mi círculo de amigos. Me levanté y fui al baño para, de vuelta, poder observarlo de frente.

Justo, era Gregorio Trujillo. Su hermano menor: Paco, sí que era amigo mío, o... mejor... conocido, pero él no. Pese a su innegable aspecto de seminarista esquizoide, Gregorio era licenciado en ciencias químicas, licenciado en económicas, me parece que también abogado, y desempeñaba, según creí recordar, un cargo de absoluta relevancia en una multinacional del sector farmacéutico. Lo que podría catalogarse como un verdadero hooligan del sistema.

Me lo quedé mirando fijamente. No bien él, por su parte, me reconoció, se levantó de su asiento, medio congestionado por la risa, para darme la mano. Yo en mi vida había visto a nadie reírse tanto. Me tendió su diestra.

Mientras nos saludábamos a él le resultaba imposible apartar su mirada del monitor del techo. Traté de hacerme cargo de la situación.

-“La película... cojonuda ¿eh?”.

-“Bueno... no sé... tampoco es para tanto”.

Justo en eso era, en lo que estaba convirtiéndose la vida en los últimos tiempos. Se trataba de decir -ahí estribaba el truco- lo contrario a lo que de verdad se pensaba. ¿Qué truco?. Por fortuna, la oscuridad de un túnel le permitió a mi mente volver a quedarse en blanco como antes de que diese comienzo aquella estupenda película para niños desesperados.

jueves, 25 de junio de 2015

EN UN TREN (Parte I)


Viajaba en un tren. No recuerdo de donde a donde. Sí; que era por motivos de trabajo. Alguno de esos estúpidos trabajos que mis jefes me encomendaban acometer fuera de Madrid de vez en cuando. Sabía que lo que hacía no contaba apenas para nada pero, por aquel entonces, yo era todavía tan ingenuo como para no darme cuenta de que, además de todo eso, no pasaba de ser una patraña. Trabajar con las palabras es lo que tiene. Tratar de convencerles a los demás de tus buenas intenciones... a través de lo que les dices, te lleva, casi invariablemente, a tener que engañarlos.

Supongo que iría leyendo un libro. O tal vez observara el paisaje por la ventanilla. El vagón iba medio vacío y no tenía a mi alrededor a ninguna mujer agradable a la que poder echarle un ojo para vencer el tedio. El cansancio, al fín, me permitió dejar la mente en blanco.

El tren frenó al llegar a cierta ciudad. Aparecieron por el pasillo nuevos pasajeros. Como la mayoría iba sin equipaje supuse que se trataría, también en su caso, de gente a la que habían enviado eventualmente aquí y allá, desde la capital, para que les endilgasen algún rollo macabeo a los clientes de las empresas para las que trabajaban. Y que estos otros, obvio es decirlo, aflojaran más pasta. Estas personas fueron acomodándose en una serie de asientos vacíos, y yo constaté, con satisfacción, que el que figuraba a mi lado iba a permanecer estándolo. A esas alturas de mi experiencia ferroviaria ya era consciente de que la posibilidad de tener a un bombón como compañera de viaje no superaba, ni por asomo, el cinco por ciento.

Pasó de nuevo una de las azafatas de servicio para facilitarles auriculares a los recién incorporados. Igual me los ofreció a mí. Los acepté esta vez. Lo más probable es que... a esas horas... yo estuviese ya hasta el culo de tren.

La película era un rollo. De Jim Carrey o Robin Williams o cualquiera de esos, tal vez Eddie Murphy. En cualquier caso, una verdadero pestiño. No entendía que a alguien... un adulto en sus cabales... pudiese gustarle una película como esa. Volví a hacerme con el discman y a escuchar a “Ether”. “Roadworks” una de las canciones del final, sonaba muy, muy, parecida a las de Costello. (continuará)

martes, 16 de junio de 2015

CANDELABROS (Tratando de enamorar a la tristeza)


Para que vamos a andarnos con rodeos, jugar al despiste, a mí... lo que de verdad me interesa... es estar triste. Eso justo es lo que me importa, encontrarme insondablemente triste, dulcemente triste, fatalmente triste. Triste si el sol brilla y triste si arrecia la lluvia, aunque si he de apurar los pareceres, diría que me vuelve aun más triste ese tiempo asustadizo y escolar de nubes y claros, como lo calificaría un metereólogo, con el que no llegas a ponerte el impermeable. Triste sin motivo, triste como un tonto triste, triste como un escritor sin éxito que ama a las mujeres tristes y a los perros sin dueño. Triste si oigo bossa y triste si oigo jazz. Y si mi amor se acerca, y me besa en los labios, me pondré aun un poco más triste y ella me sonreirá, porque sabe que encontrarme triste me hace bien y me vuelvo entonces, como por arte de magia ¡chas!, un poquito menos cascarrabias.

Aunque todos ustedes me vieran por lo general alegre, bastante alegre (y aun, incluso, muy alegre) si dispusiesen de la ocasión de conocerme; luego, en la intimidad de mi hogar, con mis notas y mis músicas, y mis amigos escritores, tan plácidamente relajados a su aire dentro de sus libros, lo que ambiciono es estar triste. Triste porque sí. Con spleen, con laxitud, con levedad. Sin el menor salero.

Ya triste, pero que bien triste, saben mejor el whisky y los habanos, Jobim se vuelve amigo tuyo y paga la siguiente ronda. Y hasta os termina pareciendo a ti y a Antonio Carlos que pintan mejor, de ser eso posible, Degas y Camille Pissarro, cuando os entretenéis a echarles un vistazo a las reproducciones de los libros.

Y no. No leeré la prensa, no escucharé la radio ¡mucho menos prenderé la tele! esta tarde, porque todo lo que hoy me ofrece este mundo que bulle alrededor mío, sin yo pedírselo, es un derroche de ambición y avaricia, un acicate infalible para enervarme. Mal asunto. Una verdadera puta mierda. Hoy por hoy, mi ira es todavía incapaz de claudicar ante la necedad y yo, tal y como les vengo repitiendo, lo que necesito es estar triste, muy triste. Conseguir, como una pundonorosa calavera sonriente moradora del osario de una cripta, disfrutar del compás sedicioso del silencio entre los reflejos... pálidos... de las vidrieras emplomadas.

sábado, 13 de junio de 2015

LA CANCION MAS TRISTE DEL MUNDO


Podemos leer en wikipedia acerca de Will Owsley, cuando la reseña biográfica alude a su vida personal:

"Owsley sentía una gran pasión por contar chistes. Era sobradamente conocido por su enorme sentido del humor, se le daba además, de maravilla, imitar a la gente. También era fan de los trucos de cartas y monedas y trabajó durante años para perfeccionar sus habilidades como ilusionista. Cada vez que estaba en Los Angeles acostumbraba a ir a Hollywood, a visitar "El Castillo Mágico".

Estamos refiriéndonos a un músico y compositor norteamericano, perfectamente desconocido en nuestro país ¡y hasta en el suyo! dotado de unas excelentes aptitudes para la melodía, que... a finales del siglo veinte, más o menos tuvo que ser en mil novecientos noventa y ocho... compuso una canción: "El Payaso de la Clase", cuya letra venía a decir todo esto que sigue. Ni más ni menos.

"El amor es mi amigo y me dice que no pierda la cabeza cuando todos lo hagan mi alrededor. Me conoces bien, voy a mi aire. Quería cambiar y convertir mi casa en un hogar donde el rey y la reina habitarían por siempre jamás. Era lo que se esperaba de mí pero el reloj de arena esta ahora sin un grano. Dime que sabes como me siento por ser el payaso de la clase.

Cuando era muchacho era capaz de sobrellevarlo y cada vez que caía, me volvía a levantar. El tiempo ha pasado volando como un ruiseñor, como las alas abiertas de los ángeles.

Aunque te sientes enfurruñado y abatido todavía eres capaz de correrte una buena juerga. Les despiertas a los muertos para que se acuesten a tu lado. Sabes de un sitio a donde ir cuando todo esté perdido, en el que nadie va a  poder encontrarte.

Boqueando contra las cuerdas, en el último asalto, justo así es como se siente el payaso de la clase. ¿Desaparecerá esta vez para siempre?".

Debemos estar hablando de un tío realmente simpático. Alguien que se afanaba por ser agradable y al que, los demás, debían reconocer su buen rollo. ¿Si no, a santo de qué iba a figurar un detalle de ese cariz en su biografía? Un hombre, un artista, al que, sin embargo, tal y como lo atestigua la letra de la canción que da vida a esta entrada, esa misma simpatía, ese reconocerse... a sí mismo... como el payaso de la clase, debía estar inundándole el corazón de pena.

El treinta de abril del año dos mil diez, en la ciudad de Franklin, estado de Tennese, después de habernos legado a los aficionados a la música un par de discos inolvidables, Will Owsley se suicidó. Era padre de dos niños varones, de doce y nueve años. Ya se lo había advertido, noventa años antes, Thomas S. Elliot, el poeta: "abril es el mes más cruel".

La última canción que Owsley compuso se llamó: "Amenázame con el Paraíso". Fue interpretada en su funeral. 

jueves, 11 de junio de 2015

MICHEL HOUELLEBECQ, UN REFERENTE MORAL (o la necesidad humana del purgatorio)


Pese a lo mucho que me gusta “lo francés”, todo “lo francés”, y sirvan como ejemplo las salchichas de tripas... las andouillettes... que devoro con verdadera fruición en todas las preparaciones imaginables, nunca había leído a Michel Houellebecq. Tenía mis reticencias. Lo ponían, en la prensa, en los blogs, de vuelta y media, y lo hacían no tanto a causa de su estilo, al que unánimemente se valoraba, como de sus ideas, que solían conceptuarse como egoistas y retrógradas. Mas era justo por lo otro, por su estilo, por lo que a mí me daba miedo leerlo, no me fiaba que toda una serie de gente tan solapada como para descalificar a un escritor motejándolo de egoista ¡como si no lo fuesen todos, no te jode! se hubiese puesto de acuerdo, sin embargo, para mantener que, no obstante, escribía bien. No acostumbro a prestarles fiabilidad alguna a los hipócritas. Menos todavía cuando se manifiestan en manada.

Entonces... o bien me daba miedo que Houellebecq me decepcionase, o -lo que casi era peor porque sabía que me obligaría a gastar mi tiempo en houllebecqadas- me asustaba con mayor propiedad que me entusiasmase. Me decidí, por fin, a hincarle el diente a su obra gracias a “Sumisión”, no parecía lógico desentenderse así como así de una trama como la que Michel desarrollaba en sus páginas. Me gustó lo suyo. Ya expuse brevemente mi parecer al respecto, en otra entrada del blog, de hace un par de semanas o así.


Luego, de inmediato, “Sumisión” me ha empujado ¡cómo no iba a hacerlo! a seguir adelante y, avanzando hacía atrás conforme al dictado del tiempo, me he colado justo dentro de “El Mapa y el Territorio”, su novela anterior, a la que, sin ambages, calificaría de obra maestra. Esencial para poder interpretar la Europa actual y, más concretamente, la Francia del cambio de milenio.

Houellebecq, entroncando su discurso con la escolástica, casi casi kantiano, ofrece un recital, en toda regla, acerca de los valores humanos que han venido permitiendo desde El Renacimiento el auge de nuestra cultura y nos han facultado a los europeos, les han facilitado a los franceses, alcanzar un grado de desarrollo cultural, estético, tecnólgico ¡y hasta emocional! sin parangón en la historia de las civilizaciones. Y nos habla Houllebecq, valorando a estas actitudes como se merecen, del esfuerzo y de la abnegación, de la entrega desinteresada a un ideal propio ajeno a cualquier ambición de liderazgo, de la relatividad del amor... y de la vida... al margen de todo dramatismo impostado. De los padres y su muerte. De la ciudad y del campo.

Y todo ello, a partir de un escepticismo amable, amistoso, hijo de la reflexión y el saber. En el libro, se relativizan: el triunfo, el amor, el dinero, todo... prácticamente se relativiza. Y se hace notar que la felicidad, cuando llega, es moderada y, casi siempre, solitaria, sin que tenga demasiado que ver con la ambición y sus logros.



Al revés de otras obras con, aparentemente, unas miras más elevadas, más filantrópicas, Houellebecq no hace proselitismo en favor de nada -salvo como no sea una “urbanidad” ilustrada “a la francesa”- ni de nadie -ni siquiera de él mismo- sino que se limita exponer una serie de ideas, y sus correlativos sentimientos, que, por su sencillez y sentido común, no vienen a ser sino la revisión de un “humanismo marco” paneuropeo que siempre ha estado ahí, en el día a día -por mucho que a algunos nihilistas de salón les haya convenido ignorar e incluso tratar de deslegitimar esas sencillas pautas- presente entre los naturales de Francia. No, no es que esté loco Houllebecq, ni que sea un egoísta, o un reaccionario, según le achacan. Como acostumbra a ocurrir... en la realidad de la vida... los que probablemente sufran todos esos defectos que vengativamente le endosan a él, sean precisamente sus detractores. Justo. Por lo general casi siempre son las minorías quienes pechan con cargar a sus espaldas, con los consiguientes esfuerzo y desgaste, el peso de lo verdadero.


Así pues, Michel Houellebecq se ocupa en “El Mapa y el Territorio” de recordarnos algo que, aunque nos cueste admitirlo, todos sabemos ya: “que ni siempre somos tan malos ni siempre somos tan buenos”, abundando, eso sí, en que nos interesa, le interesa al mundo, que procuremos ser... según envejecemos... un poco mejores, y vaticinando para una gran mayoría, a salvo de casos extremos cuya existencia él parece no poner en entredicho, una prolongada permanencia, no tan remota en el tiempo como nos es dado imaginarnos, en las cálidas y confortables instalaciones del purgatorio de la cristiandad.