jueves, 30 de octubre de 2014

BOYAS

Claude Monet

Recuerdos encerrados en cajas de vino. Las vio alejarse flotando, sin hundirse, en la mente, lejos, muy lejos. Más allá de donde su mirada alcanzaba a distinguir los contornos de la materia.

Había quedado libre. Libre de goces, libre de culpas, también exonerado de azares y resentimientos. Era un hombre nuevo. Otra persona. Fue hasta un kiosko y compró el diario, entró en un bar y pidió un café. Le resultó familiar el rostro de una mujer del periódico que anunciaba compresas en la página quince, pero el que él conocía, a esa hora se encontraba atravesando el tiempo entre listones de madera húmeda. Pagó la cuenta y dijo adiós.

Al salir al paseo volvió a mirar el móvil. Nadie lo había llamado. Borró todas las direcciones de la agenda. Escribió otras distintas. Pocas. Las que en esos momentos se le ocurrieron. Inventó nombres y números. Personas. Pensó en ella una vez más. "Quizás esta sea la última vez" también pensó.

Pero sabía que eso era imposible. Aunque hubiese intentado desdibujar el pasado mediante todas esas manipulaciones que hizo con su teléfono, concluyó que, en la práctica, los hombres... las mujeres... la vida la sentimos ante todo como un revoltijo de recuerdos al margen de la cronología.

Alegre y confundido, colmado, casi amnésico, se acomodó en un banco que había encima de un morro donde un levante brusco soplaba a trompicones. A su espalda estaba el faro: apagado, quieto, lleno de revoques y costras de cemento y cal.

Las gaviotas le chillaban con rabia a la tarde.

Comienza a llover. Se apoya en la baranda y le da rabia no ser capaz distinguir entre el aire emborronado y... nuevo, que copa el horizonte, las barcas de los que regresan. El no sabe si están; deberían, pero no las ve.

Se levanta, a lo último, y echa a correr hacia delante. Por las calles del centro, su reflejo, apresurado, avanza a pantallazos sobre los escaparates de las tiendas. Los cordeles de la capucha acaban de desatársele. Siente la cara fría. Y corre. Corre.

No puede parar de correr. En los bolsillos lleva: unos cuantos pistachos, un abono transporte, la cabeza aplastada de un clavo sin punta, una foto a medio romper. Intuye que, aunque a primera vista nada de eso parezca demasiado importante, a él tiene que bastarle. No es un bobo, le consta que, en el fondo, la supervivencia se obtiene, casi siempre, aferrándose a esos pequeños detalles capaces de permanecer a flote cuando la vida se va a pique. Boyas. 

lunes, 27 de octubre de 2014

ARAÑA HAMBRIENTA. Julian McLaren Ross

Julian McLaren Ross: The Real Man

¿Qué demonios está sucediendo aquí? Me levanto de la mesa y acudo hasta la estantería que queda a mi espalda. Los libros, sus lomos. Mi nombre aparece en siete ejemplares. No sé si son mejores que el resto. Me temo que no. Pero seguro, también, que no están entre los más malos. En ninguno de ellos se cuenta mi vida, pero todos ellos contienen retazos sueltos de cosas que he vivido o no me hubiera importado vivir. En todos aparece un tipo que no soy yo pero piensa parecido a mí. En algunos aspectos. En otros, no. Se da el caso, incluso, de que a veces es una chica, una mujer, la que decide actuar como lo haría yo en una situación semejante a la que a ella le ha tocado vivir. Pero todo eso es en realidad mentira. Para los demás, tampoco yo soy mucho más que un fraude. Un farol. Un bluff. 

Un poco -valga lo extremo de mi similitud- me desenvuelvo como una araña por el cuarto. Acudo displicentemente hasta la ventana y observo. Veo cosas que han ido variando según la ventana, según el cuarto, según los años. Ha variado también la silla; cada vez es más cómoda porque yo soy más perro. Y lo mismo mis hábitos. Ya no fumo, el consumo de alcohol se ha reducido apreciablemente -¡hasta aparatosamente! cabría que dijera- y de vez en cuando, muy de vez en cuando, menos a menudo en todo caso de lo que a mí me gustaría, aparece por aquí, a mi lado, una mujer rubia, con los labios carnosos como cerezas, y los ojos de color jade, a revolverme el pelo y decirme que va a quedárseme la cara cuadrada de tenerla tanto tiempo pegada a la pantalla del ordenador. Ahora se trata siempre de la misma mujer y eso es algo de agradecer porque creo que soy un hombre cobarde y entiendo que mi destino es un hogar. 

Como una araña, trato de dar entre la oscuridad, dentro de mi corazón, con algún retazo del ayer, alguna emoción que merezca la pena, un apunte de vida, una broma cordial, una conversación inteligente, una especulación mundana... a las que no les importe quedar atrapadas entre las letras del teclado, entre las sabias neuronas del fracaso, y pasar a formar parte, también ellas, del confuso gabinete de curiosidades propias que da forma a la parte esta... de mi biblioteca... a la que vengo refiriéndome. Mis libros: pulcros y embaucadores. 

Existe un nuevo proyecto en ciernes y, como siempre sucede, en tanto no consiga planificar la historia hasta su punto y final -creo con sinceridad que la inoperancia a la hora de cerrar un relato debe suponerle un varapalo tremendo a su autor- no me quedará más remedio que ... como una araña enquencle, taimada y tenaz procedería en pos de su presa... permanecer horas y horas desplazándome con lentitud por la malla de mi propia indolencia, de mis propias ideas, enrocándome en algún débil hilo de neurosis que penda de ella y permanecer ahí colgado, hecho un amasijo de aviesas intenciones, emparejado con el tiempo, a la espera de que al fin se deje caer por mis dominios esa mosca suculenta, despreocupada y vistosa a la que hincar el diente. 

Un libro más ¡otro! en mi particular biblioteca de obras malditas. Ojalá tenga suerte, mi caza fructifique pronto y pueda cerrar cuanto antes el argumento de este nuevo proyecto que ardo en deseos de materializar. Pero por ahora, permanezco a la espera: excitado y dubitativo. Tenso. Oculto. Al acecho de un final auténtico. La réplica humana de una araña hambrienta. 

jueves, 23 de octubre de 2014

EL CARTERO NUNCA LLAMA TRES VECES (Parte III)


Esperando con avidez el aviso teléfonico, reanudé, esta vez con la decidida intención de desperezarme por completo, los estiramientos musculares.

Noté, de repente, como las puntas de los dedos de mi pie derecho, o a lo mejor era el izquierdo, golpeban con algo. Era duro, aspero. Sí, era el izquierdo. Ni corta ni perezosa solté una patada y sentí venírseme encima, y aplastarme la pierna, una masa amorfa y pesada. Me sobresalté. Abrí los ojos. Se encontraba todo casi a oscuras, únicamente unas débiles líneas de luz propagadas por el alumbrado público aclaraban la oscuridad tras colarse por las lamas de la persiana. Le eché un vistazo a la pantalla del móvil, reposaba encima de la mesilla, justo donde debía. Eran casi las cinco de la madrugada. Empujé con firmeza, pero con suavidad el cuerpo de Ignacio, procurando que no se despertara. Fui incapaz de resistirme a examinar el buzón de entrada. El último mensaje provenía de mi madre y databa de hacía un par de días. Permanecí unos cuantos minutos estupefacta, con los ojos abiertos en la oscuridad, calibrando lo difícil que a veces resulta distinguir la verdad de los sueños, la realidad del deseo.

No estaba dispuesta a darme por vencida así como así. Me dije a mi misma que tenía que volver dormirme cuanto antes, recuperar como fuese la historia que había dejado a medias y llegar a enterarme, por fin, de la identidad del autor de la misiva. Y ya que se trata de un sueño -consideré- no pienso reprimirme lo más mínimo  ... si, realmente, se trata de Javier... a la hora de tener con él una aventura. Estoy dispuesta a llegar hasta el final.

El sonido del despertador acarrea consigo el puñetero trabajo en el ministerio, en mi boca percibo cierto amargor no por conocido menos desagradable. Lo mismo sucede con mi mente. Estoy casi convencida de que cuando el timbre se ha encargado de espabilarme me hallaba sentada a la mesa de una cafetería junto a la madre de Ignacio, la bruja de mi suegra. La muy cabrona estaba diciéndome que no entendía como era capaz de ponerme una falda tan corta con esas piernas. Intenté agudizar mi memoria. Nada. De Javier, lamentablemente... ni rastro. Nada.

miércoles, 22 de octubre de 2014

EL CARTERO NUNCA LLAMA TRES VECES (Parte II)


Ahora las espadas estaban en todo lo alto y toda la responsabilidad recaía sobre mis hombros... como suele decirse ¿Qué hacía...? ¿... le llamaba?. Eso podría suponer complicarme la vida a lo tonto, pero también podría suponer facilitarle una válvula de escape a esa vida susceptible de verse involucrada en todo tipo de tribulaciones. Iba venciéndole al sueño ¡cómo para no hacerlo en una situación como esa! Empecé a pensar en los desplantes que Ignacio me había hecho últimamente o bueno, bien, tampoco hay que exagerar, en la poca atención que él venía dispensándome desde su ascenso hacía un par de años; me convencí, luego, de que los críos campeaban ya prácticamente a su aire y cada vez que me apetecía abrazarme a ellos y darles un achuchón salían, los dos, despavoridos. ¿Y...? Decidí contestar. Sin demasiada originalidad, lo sé.

"¿Quién eres?"

Mande el sms y permanecí unos minutos expectante. Continué pensando. Tuve que reconocer, reconocerme a mi misma, que estaba deseando que el autor de la misiva hubiese sido Javier. Javier, un tío al que conocía de toda la vida, hermano mayor de una amiga íntima, con el que, cuando éramos jovencillos, me había llevado siempre de cine. Estaba convencida de que los dos nos gustábamos a rabiar, aunque ninguno, por mor de esa amistad existente entre nosotras, las chicas, hubiese dado el paso y se hubiese atrevido a reconocerlo. Ahí había quedado la cosa. Paula, mi amiga, se casó con un inglés, vivía en Newcastle, creo, y ya apenas nos tratabámos -solo para felicitarnos las navidades y los cumpleaños- y siempre por medio del teléfono. Justo, tal y como acabo de decirles, ahí había quedado la cosa... por lo menos hasta ese preciso momento. Tensión sexual no resuelta. (continuará...). 

martes, 21 de octubre de 2014

EL CARTERO NUNCA LLAMA TRES VECES (Parte I)

I Parte

Estoy medio adormilada. Francamente cansada. Tumbada en la cama, encima de la colcha. Estiro las piernas tan lejos como me es posible. Los dedos de los pies los curvo hacia dentro y luego los expando al máximo, para que se separen entre ellos. Igual que si fuesen los pies de un monigote.

Deseo dormir, que me invada el sopor, distanciarme de la realidad durante algunos minutos. Si pudiera ser, hasta horas. Aun faltan un par para que los chicos vuelvan del colegio. Recapacito. No, no quiero recapacitar. No quiero pensar en nada. Estoy agotada, jodida, y lo único que me apetece es dormir.


Suena el móvil, el teléfono. No, no suena. Ha sonado. Ha debido tratarse de un mensaje. Vaya, resulta que, sin darme cuenta, debo haberme quedado traspuesta y ahora mismo me da una inmensa pereza, y miren que resulta fácil hacerlo, voltear el cuerpo hacia la derecha, estirar el brazo hasta la mesilla y hacerme con él. El sueño se impone y no sé si voy a poder lograrlo. Pero, enseguida, me pongo a pensar, como me sucede siempre, que les ha podido pasar algo a mis padres, a Ignacio o a los niños, sobre todo a los chicos, y, sobreponiéndome a la pereza, resuelvo hacerme con el celular.

¡Vaya! No está. No lo encuentro. Y eso es porque acabo de caer en la cuenta de que donde en realidad me hallo tumbada es en el sofá del salón, y el lugar que le corresponde al teléfono en este otro cuarto, figura justo al lado opuesto, a mi izquierda, y un poco más lejos. No basta con estirar el brazo. Cuando estoy aquí, acostumbro a dejarlo sobre la mesa auxiliar, junto al otro teléfono, el fijo, y para poder llegar a hacerme con él, tengo que levantarme un poco, incorporar el tronco.

Manipulo torpemente los botones para ver el mensaje. He desestimado prender la luz. Los avisos del teléfono ya figuran iluminados.

"Me ha costado, pero, al final, te he podido localizar. Aunque llevo un montón de tiempo intentándolo, me resulta imposible olvidarme de tí. Tenemos que vernos. Espero tu contestación ¿Te acuerdas...?".

Un vuelco de corazón. Ni idea de quien pueda ser. Llevo dieciséis años casada con Ignacio. Si a estos les sumamos los cinco de novios, hacen un total de veintiuno: una eternidad, una juventud entera, una campaña bélica de singular envergadura, y en todo ese tiempo no he tenido el mínimo desliz, de casada... por lo menos, la más mínima aventura con nadie. Lo máximo, alguien que te ha hecho gracia, y tú has notado que le has hecho gracia a él, pero sin que a ninguno de los dos se os haya pasado por la cabeza intentar una cita galante ni nada por el estilo. A los otros hombres anteriores, con los que había salido antes de conocer a Ignacio, en general los había perdido la pista, y de los que sí que me sonaba saber algo a través de conocidos comunes, el facebook y todo eso, me atrevería a asegurar que estaban todos ellos emparejados, no sé si felizmente, pero emparejados. De algún contumaz admirador de la juventud, de esos a los que no te ha quedado más remedio que dar calabazas, no creo que proviniera el mensaje. En modo alguno eran, aquellas, las palabras de un hombre despechado.

martes, 14 de octubre de 2014

RECUERDOS Y RAZON

Zhu Ziwei

Recapacito. Las motivaciones las van a saber enseguida. Voy remontándome con la mente hacia el pasado. No me acuerdo de lo que pensaba, no me acuerdo de lo que decía o de lo que me decían mientras fui un niño. Permanecen solo flashes de imágenes, instantáneas configuradas sobre la marcha -me imagino- a base de los comentarios, míos y de otros, sobre determinados sucesos acaecidos por aquel entonces. Me extraña, de los escritores, su meticulosidad a la hora de rememorar su infancia, que no decir cuando se ponen a contar, explicar, con pelos y señales, lo que percibían, e incluso sentían, cuando andaban por los tres, cuatro, cinco... años. Yo apenas me acuerdo de nada. Imposible. No consigo hacerlo. Mi memoria fracasa.

De algunas otras de las cosas que acontecieron después, a partir de... digamos... los ocho años sí que conservo algunos recuerdos. No son demasiado placenteros: asma, alergias, anocheceres de largos trayectos de autobús junto a mi madre... en vehículos abarrotados... hasta el vecindario de la zona sur donde por aquel entonces residíamos. El colegio: la agresividad acuciante de los demás niños a la hora de detectar el mínimo defecto físico entre sus pares para écharsele encima al gordito, al orejón, al canijo, al gafotas... Yo, entonces, formaba parte del grupo de los canijos.

Con la pubertad, con el inicio de mi atracción sexual por las chicas, comienzan mis verdaderos recuerdos. Las primeras chicas que me llamaron la atención, o de las que me enamoré, yo era un chaval sumamente enamoradizo, las conocí en los coches de choque. Me subía junto a cualquiera de ellas -eran dos, de dos pandillas distintas- y a su lado, muslo contra muslo, percibía el vértigo de los topetazos instalárseme, como centellas, en mi bravo corazón de novato.

A partir de los últimos años de mi adolescencia sí que recuerdo -o creo recordar- ya casi todo. O, lo que es lo mismo, un poco de aquí y otro poco de allá. Algunas cosas con más precisión que otras, resulta obvio. Hay veces, ahora frecuentemente, en las que me da por pensar... ante determinada situación personal de conflicto por la que atravieso, ante los criminales comportamientos de políticos y banqueros de los que cada día nos da cuenta internet, ante lo ridículo de algunas opiniones ajenas... cuál habría sido la reacción en mi juventud. Termino por admitir que aunque hayan transcurrido ya un montón de años, en lo esencial mi pensamiento no ha cambiado apenas nada desde entonces. Igual sucede con mis aficiones, mis gustos, unas y otros apenas se han alterado y, hoy, continúo leyendo la misma clase de libros, escuchando la misma clase de música ¿No he sabido evolucionar? ¿Era de pipiolo un sabihondo repelente? ¿Mis preferencias han permanecido todo el rato estancadas en el tiempo? No, no y no. O... sí, sí y sí. ¿Quién lo sabe? Han guiado siempre mi comportamiento -incluso también cuando he procurado que no lo hiciesen- la racionalidad y el criterio propio, dos caras de una única moneda. Según mi propia experiencia, el momento idóneo para poder apreciar estas dos valiosas pautas en su término justo es el que justo coincide con la, llamada, “mayoría de edad”. Luego, a lo largo de toda una vida, cabe, solo, perfilarlas, matizarlas, afinarlas.

En resumen, que lo mismo que nunca en el pasado me atribuí el menor atisbo de precocidad, al contrario, siempre me sentí un tío vulgar, del montón; tampoco ahora me veo a mi mismo como alguien al que la experiencia le haya abocado a mudar de raíz sus propias opiniones. No las fundamentales. Aunque sé bastantes más cosas, esto es cierto, sufro como antes ¡ay de de mí! mi inmadurez representa un completo fastidio, ni el corazón bombea ahora tan lento ni la sangre es capaz de circular al mismo ritmo pausado. Y entre una decepción, y la siguiente, me queda solo ufanarme, caso de que esta soplapollez pudiera merecer ser en alguna circunstancia motivo de orgullo, de que mi fé en mi propio criterio ha sido en todo momento inquebrantable.