lunes, 25 de abril de 2016

POSTALES DE INVIERNO, de ANN BEATTIE (Caulfield domesticado)

Este post se lo debo a mi amigo F. Lansky que fue el que me recomendó el libro.


Eva me dice: “Mira lo que comían”.

Estamos tumbados en la cama. Son las once. Ella está leyendo Ana Karenina. Yo estoy terminando de leer “Postales de Invierno”.

-“Sopa. Dos docenas de ostras por barba. Asado de ternera. Pichón. Y de postre, tarta y todo tipo de dulces. ¡No me extraña que se muriesen tan pronto!”.

-“Ya, pero, entre tanto, estaban felices y satisfechos y eran capaces de escribir maravillas como Ana Karenina y otras por el estilo”.

Aunque era consciente, por las fotos que había visto de él, de que Tolstoi era un tipo bastante delgado -harto, como me hallaba, de salir a comer por ahí y quedarme sin comer, valga la paradoja- no me importó defender, ante mi mujer, la falacia de que la imaginación fluía con una mayor facilidad con el estómago bien lleno.

-“¿Qué tal novela? ¿Ya la estás terminando, no?”.

-“Sí. Muy buena. Es una especie de continuación de “El Guardían entre el Centeno” veinticinco años de por medio. Veinticinco años dan para mucho, créeme, máxime recién acabada la segunda guerra mundial y en los Estados Unidos de América”.

En efecto, cabe que interpretemos, sin necesidad de echarle demasiada imaginación al asunto, el argumento de “Postales de Invierno”, de Ann Beattie, como la continuación de las andanzas de Holden Caulfield, por la trepidante ciudad de Nueva York, al final de su juventud. Por lo menos, en lo que a mí respecta, según iba leyendo lo que le sucedía a Charles, el protagonista de la historia, iba evocando esas otras andanzas, más alocadas y más ingenuas, del enfant terrible de la literatura yankee del siglo veinte.

Sí. ¿Por que no? Entraba dentro de lo razonable que Caulfield hubiese terminado convirtiéndose en un funcionario público, corriente y moliente, que, a punto de cumplir los treinta, andara a la deriva por la vida, con el apoyo de un único amigo: seductor y leal, y colgado de amor por una ex novia que se ha casado con otro. Encima, Charles parece llevarse de maravilla con su hermana pequeña, igual que sucedía con Cauldfield, y, es de suponer, que, cuando los dos fueran más jóvenes, también él se hubiese ocupado de vigilarla, medio escondido entre el centeno, para impedir que un paso dado en falso la precipitara al vacío.


Sí ¿Por que no? Según iba avanzando en la lectura de “Postales de Invierno”, yo iba adquieriendo conciencia de que aquello no era sino la prosecución de la historia de Salinger, adaptada a la nueva época: la América (por U.S.A) de mediados de los “setenta”, la del post Vietnam y el declive de los postulados de “izquierda”, en la que el individualismo va imponiéndose poco a poco en la sociedad urbana, tras el ocaso definitivo de la era de Acuario. Lo siguiente en aparecer fueron los Ramones y Brett Easton Ellis, para que puedan hacerse una idea del rumbo que, a partir de entonces, empezaban a tomar los acontecimientos.

Y, así, averiguamos por pura chiripa: que la madre de Charles/Holden anda ahora medio majara y se encuentra casada, en segundas nupcias, con Peter, un sesentón, ejemplo de insustancialidad y buenas intenciones, para el que la mayor ilusión en su vida es haberse comprado un Honda Civic. Nos enteramos, lo mismo, de que su primera novia deambula a la deriva, “coast to coast”, por los caminos del sexo, acostándose con unos y con otras a la buena de dios. Y, sobre todo, adquirimos constancia de que la obsesión por recuperar el amor de una mujer, del que ya se disfrutó en el pasado, puede convertirse en el leiv motif de la vida -sí, de toda la vida- de un hombre joven y sensible.

Luego, ya en las últimas páginas de la historia, Ann no tiene empacho alguno en hacer referencia expresa a la obra de J.D Salinger, y esos notorios paralelismos, que uno había venido deduciendo hasta entonces, pasan a adquirir dimensión de certeza.

El final no voy a contárselo... ¡cómo iba a hacerlo!... si bien he de admitir que la frase que lo sirve de colofón me resulta, quizás, el único desliz de esta novela enorme. Una novela intimista, demorada, en la que, a poco que tú te lo propongas, te encontrarás sentado en la trasera del coche de Sam, el íntimo amigo de Charles, acompañándolos... a los dos... a recorrer los barrios periféricos de Manhattan, una noche de invierno, de camino a alguna de las casas de Laura, mientras en la radio suenan “Benny and the Jets”, ”Midnight at the Oasis” u otras canciones igual de representativas de un tiempo, y unas costumbres, que forman ya parte indisoluble de los Estados Unidos de América. 


viernes, 22 de abril de 2016

MESMERISMO (un pasaje gótico)


Ella va y me dice: “En esta habitación hay, ahora mismo, otra persona. Aunque nosotros no la podamos ver”.

Hasta la fecha, Eloisa me había parecido una chica bastante razonable, quizás un poco retraida, tímida... Yo lo achacaba a su inmadurez. Nada de lo evidenciado por ella, en nuestro trato, podría hacer sospechar la menor afición por los espíritus, el esoterismo y demás chorradas. Ahora que...

Mi réplica resulta obvia: “Si no podemos verla ¿cómo sabes que está aquí?”.

-“La siento presente. Eso es todo”.

¿Y quién es Eloisa?. Eloisa es una compañera de trabajo, jovencita, que se ha incorporado a la empresa hace tan solo seis meses y ahora mismo se halla aquí, conmigo, en un hotel de Logroño, al objeto de preparar una auditoria de “rendimientos” para unas conocidas bodegas. Pese a que el contacto que habíamos venido manteniendo ella y yo, en el trabajo, no había pasado de ser el estrictamente profesional, era indudable que congeniábamos bastante bien: en cuanto llevábamos hablando de algo un par de minutos, o así, ya habíamos dado, alguno de los dos, con un buen pretexto para sonreír. Lo sucedido al llegar aquí ha cambiado un poco las cosas. Así es, en lugar buscar un restaurante donde cenar, hemos preferido tomarnos unos vinos, y, de regreso al hotel, incapaces de resistir la tentación, hemos terminado besándonos junto a los ascensores. En la recepción no había nadie; es posible que ella y yo seamos, esta noche, los dos únicos clientes.

-“Sí, como lo oyes. La siento. Siento esa presencia”.

En estos instantes estoy en su cuarto, sentado al borde de la cama. Acabo de llamar a la puerta, envalentonado por lo de los besos, y ella me ha contestado “adelante”. Me produce cierta aprensión que Eloisa siga insistiendo en lo de la presencia. El hotel es un edificio viejo sin rehabilitar a fondo, con unos interiores bastante oscuros, en el que, si a ti no te importa añadirles un poco de fantasía a tus pensamientos, no resulta del todo descabellado admitir que, por sus pasillos, pueda andar vagando la estela de algún fantasma perdido. La habitación tiene balcones y los visillos de los balcones vibran de manera perceptible. Lo mismo, parecen oscilar levemente unas lágrimas de cristal que penden de la araña del techo. Lo reconozco, quizás sea todo un poco confuso.

(Bill Stoneham)

-“¿No piensas desnudarte?”. Me alecciona, Eloisa, mientras anda trajinando con sus botas.

Comienzo a hacerlo. La veo reflejada en el espejo del armario, de costado, despojándose de todas y cada una de sus prendas, al otro lado de la cama. Tiene la piel más blanca de lo que a primera vista puede parecer. Reparo también en que, quizás, esté excesivamente delgada. Ya hallándonos los dos completamente desnudos, y antes, siquiera, de que lleguemos a rozarnos, su móvil empieza a sonar.

-“Sí. Sí. Enseguida voy a su habitación y lo aviso”.

Pongo un evidente gesto de extrañeza. No podía tratarse de mi novia. No podía tener tan mala suerte.

-“Enrique. Dice que te lleva llamando desde hace un buen rato pero que no consigue localizarte”.

De camino al hotel, visto lo avanzado de la hora, yo había preferido poner el móvil en modo silencio. Le echo un vistazo al reloj. “Las once y media”. Estaba claro que mi jefe sufría una psicopatía en estado latente. Al cabo de... más o menos un minuto... mi Nokia empieza a vibrar sobre la superficie de la mesa. Para evitar líos y que la conversación no se demore a lo tonto, yo respondo a todo que sí. Cuando por fin cuelgo, le hago un guiño a Eloisa y proclamo:

“La presencia”.

Ella suelta una carcajada, se revuelve en la cama y me toma de la cintura a mis espaldas. Como carecemos de preservativos estamos todo el tiempo acariciándonos y besándonos. De repente me doy cuenta de que ella ha empezado a grabar nuestras caricias con su móvil. No me lo ha consultado y me parece fatal.

“¿Puede saberse qué, demonios, haces?” le grito.

Al incorporar el tronco, a consecuencia de la sorpresa, creo percibir un reguero húmedo descendiendo por uno de mis brazos. Me miro la mano. Las sábanas están manchadas con gotas de sangre.


martes, 19 de abril de 2016

LA NOCHE DE LOS OSCARS

(Alex Katz)

Es una reunión de gente confundida. Una fiesta en una azotea con tíos y tías pasados de años. Tías y tíos que saben que ya no van a poder volver a ser jóvenes por mucho que lo deseen. Una comedia tristona donde, de vez en cuando, sueltan un conejo ciego o una paloma con el ala quebrada. ¡Cázalos...!. Los disparos carecen de furia ¡pim! ¡pam, pam...! Las balas se pierden en el vacío sin haber hecho blanco.

La música es mala, los sandwiches son malos. Los sentimientos no son nunca tan sinceros como lo es el buen rollo de la gente al saludarte. Los nombres van repitiéndose uno tras otro: Cristina, Pablo, Amalia, Jaime, Cristina/Pablo.

Es una fiesta aburrida para gente perdida. Gente -soltera o separada o divorciada- que está a punto de cumplir los cuarenta y les da bastante apuro pararse a pensar en el pasar del tiempo. Pensar, saber al pensarlo, que el tiempo pasa. Se ríen ¡válgame Dios! todos ellos aparentan reír de buena gana... aunque sospechan que esa película que les ha tocado en suerte protagonizar... continuará un año más sin ganar ningún oscar.

Tal vez sea una de las últimas fiestas en las que reparen, al menos de pasada, en el final de la juventud. Tal vez más adelante echen de menos sentir, de nuevo, esa desazón tan lógica. Lo cierto es que sí: se ríen. Vayan si lo hacen. Todos controlan, ya, de algo serio, lo normal, que los da de comer, todos tienen sus manías y sus marcas favoritas, y ahora que están ahí juntos... mientras el tiempo transcurre... charlando, bebiendo, alientan la esperanza de encontrar, en la fiesta, a la persona idónea de la que enamorarse. 

(Alfred Leslie)

No está mal la fiesta. ¿Acaso va a atreverse alguien a negar que las fiestas entre amigos suponen una ocasión magnífica para tomar una copa y pasar un rato agradable?. Algunos, incluso aguantarán riendo y bebiendo hasta que sea bien tarde y poder así ver, en compañía, la ceremonia de entrega de los oscars. ¡Oscar al mejor papel protagonista femenino! ¡Oscar al mejor actor de reparto masculino! ¡Oscar al mejor director! ¡Oscar a la mejor película! Seguro que tampoco, este año, Marta va a tener la fortuna de conseguir ningún premio. Tal y como le sucede siempre, invariablemente, en todas esas fiestas tan estupendas a las que le invitan.

¿Qué nos decimos al vernos?. Pues eso... "te veo igual". "¿Si...? ¡Qué bien lo pasamos la última vez!". "No creo que este año me quede hasta el final. Me duele un poco la cabeza". "Yo creo que estás, incluso, un poco más delgada".

Las fiestas... de momento... continúan, porque alguien, una vez, le dijo, a la anfitriona, haber estado hablando en la cocina con un chico increíble. Un chico que no ha vuelto a aparecer, ya, nunca más. Un chico que irradiaba luz.

Marta respira hondo y se sirve una copa en un vaso vacío. Pone poco ron. Si se marchara a su casa, pasaría de encender la tele. Posa sus labios en el plástico. Ha habido alguien que ha bebido, antes, otro cuba libre en ese mismo vaso. Pero ya se ha ido. Se trata de alguien que ya se ha ido.


domingo, 17 de abril de 2016

BILBAO

(Lee Price)

Un hombre me dice: “me he perdido”. “Su voz me recuerda a la de alguien que conozco bien”.

Conduce un coche rojo, camino de su casa, con la reverberación del sol a su espalda. Abril ya es historia. Mueve el retrovisor para evitar que los rayos lo deslumbren e intenta escuchar en la radio un poco de música que no sea lamentable.

“Salida 24”. Le quedan sólo dos.

Repasa con irritación la jornada; ha acabado hasta los huevos de los clientes.

Un cartel mugriento, que cuelga de una percha de hierro, anuncia la distancia que hay a Bilbao.

Sin darse cuenta está silbando una canción de la radio. No está del todo mal esa canción; habla, con crueldad, de una chica ingenua.

Ha aumentado la velocidad para adelantar a un Toyota que adelanta a un autobús vacío. Aunque no le gusta correr, corre. La salida 39 te lleva hasta otros pueblos parecidos al suyo, con urbanizaciones como la suya. Se sosiega. Ya casi no le queda mono de tabaco. En quince minutos estará con Ana, cenando y viendo la televisión.

“Bilbao 350 kilómetros” dice otro cartel más, éste con abollones.

El siempre se ha imaginado a Bilbao gris. Con grúas, cadenas y barcos grises. Con hombres y mujeres apresurados. Y lleno de coches. Pero la puesta de sol, recién iniciada, le incita a verlo: plácido, apaciguador, con el astro descendiendo poco a poco sobre la ría y los montes verdes, a lo lejos, velados por los vapores del mar.

“Salida 52, quinientos metros”. Abandona el carril derecho, rebasa la desviación y acelera... camino de Bilbao. ¿Por qué no?, son apenas tres horas.

Pasada media hora se siente cansado, duda. Acude a buscarlo, y llevárselo, una de esas comarcales castellanas, de rectas interminables. Reduce la marcha. Suspira. Al llegar al primer cruce se desvía a la izquierda. Aparece un nuevo cruce y opta por tomar una carretera negra, con el firme gastado, que apunta hacia la sierra. Atraviesa, junto al sol, un pinar lleno de insectos. No se ven coches por ningún lado. Acelera. Hay una casa de piedra junto a una curva. Tras rebasarla, unos cien metros más allá, aparece un villorrio. Frena junto a un anciano que lo recorre por el arcén varias veces cada tarde... abre la ventanilla... y me confiesa: “me he perdido”.


martes, 12 de abril de 2016

ANTONIO VEGA EN LA HORA DEL CREPÚSCULO


La hora del crepúsculo. Cuando pienso en Antonio Vega, en su música, algo que hago en ocasiones en las que no me siento demasiado bien conmigo mismo, tiendo a ponerme alegre en lugar de triste. No sé por qué, pero es una música que asocio al campo, a las playas del Sur, la primera adolescencia, los colores de las amapolas. Melodías bañadas con reflejos del sol, con espuma de olas. Armonías rezumantes de arena y verano. Imágenes como estas son las que me vienen a la cabeza al pensar en las canciones de Antonio Vega.

En cambio, mientras las estoy escuchando sonar, sí que me pongo triste. Triste de manera relajada y neutra. Sensual. Verdadero hedonismo. Tibieza. Antonio Vega, perenne buscador de la esencia pura, el hombre tranquilo, el trovador resignado, alertándonos de que el amor requiere de la presencia de un duende que lo inflame, y revelándonos que el tiempo, a lo mejor, es circular y omnipresente, aunque no infinito ni aleatorio.

Vi, siendo un muchacho, a Nacha Pop en sus comienzos. Me acuerdo, a bote pronto, de un concierto en la sala “El Sol”, en el que, como casi siempre, iba pasado de copas. No era, yo, acérrimo partidario del grupo, aunque sí que me gustaban mucho sus guitarras. Se les notaba, a los tíos, empeñados en que sus guitarras eléctricas dieran lo mejor de sí mismas. Querían que sonasen rotundas y triunfales como acostumbraban a hacerlo, por aquellos benditos días, al otro lado del Canal. Nada como el sonido de la guitarra eléctrica, para poner de relieve los trucos empleados por la juventud, durante la segunda mitad del siglo veinte, a la hora de tratar de apoderarse del lado amable de la vida. Luego, el grupo se disolvió y sus dos cabecillas, los primos hermanos Nacho y Antonio, siguieron adelante por libre. Sus primeros trabajos vieron la luz.


No fue el mío por Antonio Vega, por sus discos en solitario, un amor a primera vista. No cuajó hasta finales de los noventa: aquel insulso salto de milenio, en el que, pese a las predicciones de los visionarios, lo único que realmente cambio fue el caché de los ordenadores. Pero, si bien con retraso, el impacto que recibí fue categórico. Parecía como si todo aquello que él músico proclamaba en sus composiciones, aceptándolo, fuese la banda sonora de mi vida. De la vida -solitaria, resignada y un poco perra- que, por aquel entonces, cargaba a mis espaldas. Su música prendió en firme en mi corazón. Interioricé sus canciones e hice mía buena parte de su filosofía de supervivencia ante la sinrazón del mundo. Una sencilla receta compuesta, a partes iguales, de resignación, duelo y esperanza.

Luego, bastantes años más tarde, cuando en una de mis novelas: “El Hombre Que Nunca Existió”, pretendí hacer evocación de aquellos lejanos días sevillanos, a la vez tan dulces y tan tristes para quien les habla, resultó inevitable que el insigne compositor se convirtiese en uno de los principales protagonistas de la trama. Y hoy es la fecha, cuando mi vida ha dado un giro de casi ciento ochenta grados y conseguir llegar a ponerme tan triste como antes no se halla ya al alcance de mis posibilidades, que, cuando apetezco darme un buen baño de melancolía y relajarme al máximo con el bálsamo de los recuerdos, recurro a repasar algunas de las hermosas tonadas del genio con un vaso de whisky entre mis dedos... a la hora del crepúsculo.

Procuro beberlo con las mismas parsimonia y emoción con las que él nos canta.    



viernes, 8 de abril de 2016

LAS JÓVENES LUMBRERAS Y EL PERRITO PILOTO

(Ted Withers)

En la actualidad, la gente no tiene criterio ni siquiera para saber quienes son los que sí lo tienen.

......

A los que hoy en día se les tiene por expertos, son los que más engañan, los que proclaman las cosas más pueriles. En cambio, cualquier opinión un poco original viene a considerase poco menos que una extravagancia. Generalmente porque ni siquiera se entiende.

......

Twitter es el instrumento perfecto para el adocenamiento. La nueva barraca de feria donde los charlatanes se aúpan, ufanos, a sortear la chochona.

......

A veces -soy malo- me dan ganas de mentir, de manipular, y ofrecerle a la gente lo que más le gusta: que la engañen. Pero al final -soy bueno- me reprimo y continúo, como si tal cosa, diciéndole la verdad, aunque eso me haga pasar por un estúpido.

......

¿Como conjugar esa defensa de la verdad con el prestigio de la credibilidad? Paciencia: después de todo, nada que esté relacionado con el raciocinio, ostenta ahora mismo demasiado “prestigio”. Hoy por hoy, cuentan infinitamente más los asuntos del cuerpo que los de la mente. Y, además, hay que reconocer que la gente se ha tornado olvidadiza. Por todo ello, creo que seguiré diciendo la verdad, pese a que muchos no se lo merezcan y a mí se me cuestione.

......

Aunque... ¡Cómo me gustaría mentir. Ser apreciado. Que todos se emocionaran con mis mentiras! Eso... de entrada. Si bien, luego, tampoco es que necesite recapacitar demasiado tiempo para convencerme: “No. No es así”. Y continúo razonando: “Lo que en realidad quieres, es vivir tranquilo... al margen, no relacionarte con los urdidores de la farsa -los más ambiciosos, los más obtusos- y, sólo lo estrictamente necesario, con su lastimosa troupe de seguidores.


lunes, 4 de abril de 2016

UN BREVE APUNTE DE UN DIARIO DE VIAJES

(Laura Knight)

Reflexiones hechas durante un viaje de placer a Francia. Yo solo. En coche. Hace ya la tira de años ¡Nada menos que trece! ¿Traerá mala suerte?. Las he encontrado rebuscando por word, algo que suele dar bastante pereza. Uno realmente no sabe a ciencia cierta con lo que va a encontrarse y puede llevarse el gran chasco, porque no deja de ser un chasco, de ver sus sospechas inapelablemente confirmadas: "mal que ahora me pese, he defendido, en el pasado, algunas ideas un poco peregrinas". Esta, que ahora transcribo, me sigue pareciendo aceptable. Ocupa el tercer lugar de la lista. Y no me acordaba ya de ella.

Me digo (a partir de una discusión mantenida con un amigo sobre las decisiones que se adoptan por los Organismos Internacionales):

Para juzgar a los demás deberíamos primero convertirnos en una especie de luz vaga que levita por encima suyo, observándolos, hasta terminar por introducirse en su cuerpo y saber que es lo que piensan. Luego, va a poder ocurrir:

1   Que comprendamos sus razones y las aprobemos.
2 Que no terminando de verlas claras, asumamos que de estar en su lugar también nosotros actuaríamos de una manera parecida a como ellos lo han hecho.
3   Que no las aprobemos, que las rechacemos.
4   Que no lleguemos siquiera a comprenderlas.

En llegar asumir las consecuencias que derivan del punto dos radica la ponderación, la mesura de criterio. La civilización, en una palabra. No se trata ni mucho menos de cinismo.