jueves, 17 de noviembre de 2016

LA MAGDALENA CONVERTIDA EN PORRO. "También esto pasará" (Milena Busquets)

(Salvador Dalí)
Uno, que acostumbra a moverse en autobús y porque está de acuerdo en lo que dicen, y en como lo dicen, también acostumbra a frecuentar blogs de crítica literaria que, cargados de sensatez, no logran dar ni por asomo con la gran esperanza blanca de la literatura española, ayer perdió el autobús, para ir al trabajo, por encontrarse leyendo ensimismado, en la parada, un libro de una escritora española. Tal y como lo oyen.

Hablamos de un libro “También esto pasará”, de Milena Busquet, que trata del transcurso del tiempo y de la pérdida de la juventud. Versa, más concretamente, sobre los sentimientos y las reflexiones que a una mujer divorciada, en los albores de la cuarentena, le provoca la muerte de su madre.

Al parecer, la novela ha tenido una notable repercusión mediática en el extranjero, algo que puede deberse a que lo que se cuenta en ella por la mujer que la protagoniza, es muy poco localista, bien poco costumbrista, es, por el contrario, a contracorriente de lo que viene siendo habitual por estos pagos, tan proclives a que el narrador se crea que no existe vida inteligente más allá de su barrio, perfectamente extrapolable a otras personas de otros ámbitos y otra cultura. Son muchas las mujeres que habrán de sentir y comportarse de forma parecida a como lo hace la protagonista de la novela -que vamos a imaginarnos que es la propia autora- y que no se atreven a decirlo ante los demás, ni siquiera a verbalizarlo ante su propia experiencia. Entonces… verlo escrito, letra junto a letra, tiene que suponer, me imagino, algo bastante reconfortante para ellas. Y, para nosotros, los tíos, pues… también.

A real man

Esa es otra de las grandes bazas de la novela: su sinceridad. La autora, Milena, centra su relato básicamente en sus relaciones con los hombres: en una búsqueda permanente del tiempo recuperado. Y en las evocaciones de la memoria de su madre: en una agridulce rememoración del tiempo perdido. Aunque también trate, de manera tangencial, pero cuidadosa, de los otros dos grandes pilares de la vida: los hijos y los amigos. Nada que no haya sido expuesto ya antes, en innumerables ocasiones, en la historia de la literatura. La clave de su acierto, de su singularidad, estriba en no callarse nada, no ocultar nada. Decirnos en cada momento que es justo lo que está pensando y hacerlo de tal manera que quedemos convencidos de que no nos está mintiendo.

Y esto es porque cuando la señora Busquets nos cuenta con una prosa comedida, precisa, natural, que utiliza en cada momento la “palabra justa” -esa característica esencial del lenguaje escrito que permite distinguir a los buenos escritores de los “juntaletras”-, jamás recurre a hacerse pasar por lo que no es -a veces parece buena y a veces parece mala, las más no parece nada, pero jamás intenta caracterizarse a sí misma como una redomada canalla o una humilde heroína- para intentar la sublimación del personaje y, con ello, su propio lucimiento, tanto emocional como artístico.

En resumen, se trata de un libro muy bien escrito, valiente, con evidentes evocaciones Rohmerianas (de Eric Rohmer, obvio), en la línea, hoy desafortunadamente perdida, de sus paisanas Laforet y Roig. Un libro escrito con “clase” -lo que quiera que sea eso- que habrá de dejarnos en la boca, a poco que lo paladeemos con un poco de calma, un gusto, agridulce y delicioso, a juventud perdida. Un gusto, más rotundo, y no tan matizado, a esperanzas baldías e inevitabilidad.

¿Qué me dirían, todos ustedes, si les dijera que Cadaqués, el Cadaqués del relato, a mí me ha recordado a Balbec y que la magdalena se me ha aparecido convertida, con el paso de los años ¡un siglo! en un porro de maría y una copa de vino blanco?

A quienes no termino de encontrarle su sitio -Milena me perdone- en todo este escenario, es a “The Clash” de los que la autora se declara rendida admiradora. Aunque a lo mejor sí, también encajan aquí “The Clash”, perfectamente. Y es que… no debemos olvidarnos de que Joe Strummer, su líder (con el permiso de Mick Jones), era hijo de un diplomático británico y se crió, como la(s) protagonista(s) de nuestra reseña, en un ambiente “arty” liberado casi, totalmente, de prejuicios.

En resumidas cuentas una novela a tener en cuenta, porque, le pese a quien le pese, está escrita con fundamento. Precisión y cálculo. Emociones cartesianas.


domingo, 13 de noviembre de 2016

CAPITAN OJOS DE AJO

(Eric Fischl)

Su primer pitillo se lo fumó en un patio con escombros entre vuelos rasantes de vencejos y alambres retorcidos cubiertos de óxido. El día que probó el DYC, se bebió media botella y empezó a jugar al fútbol con un transistor encendido. Su principal tesoro eran tres tablas ensambladas y cuatro rodamientos sobre las que puesto de rodillas bajaba por las cuestas más rápido que el diablo, otro, unas revistas viejas que escondía dentro de un cuadro de fusibles en las que unas tías teñidas de rubio enseñaban el coño. Volcaba los futbolines siempre que el jefe se daba la vuelta y, si no conseguía partida, les pegaba a las máquinas unos puntapiés asesinos.

En clase siempre estaba aburrido, sin saber que hacer, fuera de sitio y al llegar los recreos se iba a un rincón del patio a fumar, y escupir, junto con Cardoso y otros dos repetidores.

No le trató bien el tiempo: granos en la cara, ojos saltones, pelo grasiento. Todas... cosas que joden.

Por las noches cruzaba con los colegas al otro lado del río a fumarse unos porros y a hacerse un Blaukpunt (o dos). Un día de mucho pedo a un hijoputa se le ocurrió llamarle ojos de ajo.

Las semanas transcurrían entre resacas, broncas con la vieja y Vespinos medio rotas que se quedaban sin sopa a las primeras de cambio.

(Eric Fischl)

En la mili se pegó de hostias un par de veces y estuvo de putas en Montera con un "primero" al que le encantaba hablar de guarradas. Allí, el asunto no pintaba tan mal: comida caliente, sábanas limpias y la misma tralla para todos. Y aunque se siguiera llamando ojos de ajo, él ya no se sentía como un puta mierda.

Le gustaban las pistolas, los motores y las baladas de Leño, también, de vez en cuando -¡un descojono!- esconderle la turuta al turuta. Por fin, unas pocas cosas en las que creer.

Durante unas maniobras cargó a cuestas más de kilómetro y medio con uno de Zamora al que se la había dislocado un tobillo. Lo felicitaron. Fue abuelo, bisa.. y cuando llegó a patriarca, una tarde que estaba de guardia le dijo al teniente que quería seguir en el cuartel. Pasó el tiempo, se hizo cabo; luego... sargento. Se casó y tuvo dos niñas. Ya ascendido a brigada, una bomba le arrebató la vida en el amanecer de un barrio obrero del País Vasco.

Sus hijas se despertaron con el estruendo.


domingo, 6 de noviembre de 2016

PARIS ET L'AMOUR

(Gyula Halasz)

Había estado en París hacía tres años con Miguel, por aquel entonces no preparaba aún la oposición. Fue a primeros de agosto y apenas si se veían franceses en la ciudad. Se alojaron en un hostal de Montparnasse que estaba al lado del rascacielos. Visitaron el Louvre, les Halles y el centro Pompidou. Subieron a Montmatre y a la torre Eiffel. La vista se les perdió en los Inválidos y se les iluminó en Los Campos de Marte. En los jardines de Luxemburgo se dieron uno de los besos más sentidos de su noviazgo. ¿Intuían, quizás, que su final estaba próximo? Porque fue en París donde adquirieron certeza de que no se comprendían lo bastante. De que no se necesitaban lo suficiente. En esa ciudad mágica, hecha para los amantes, los dos se sintieron solos. Sus apetencias no iban por el mismo camino. Ambos se dieron perfecta cuenta de esa falta de sincronía sin sufrir por ello ninguna inquietud, ningún desengaño, y trataron de disfrutar al máximo de todo lo que les ofrecía la ciudad. 

(Gyula Halasz)

A Violeta le maravillaron las plazas: Étoile, los Vosgos, del Alma, sobre todas ellas la plaza Vendôme. Una plaza fantástica: hecha para que la rodeen los Mini Cooper, para que Lino Ventura se fume un cigarrillo junto al escaparate de una de sus joyerías, para que Sergé Gainsborough la recorra despacio con el cuello de su gabardina sin alzar. El sitio perfecto para encontrarse al espíritu de Jean Seberg. A otra de esas plazas, la del Alma, iba a dar el bulevar Montaigne, con su interminable despliegue de lujosas boutiques y sus alineadas hileras de frondosos castaños. Tomaron Pernod junto al Sena viendo pasar a algunos palistas con sus piraguas. Viendo pasar a las viudas solitarias del verano con sus caniches rapados a rodales. Viendo pasar a los japoneses -y sus handycam de video- protegiéndose, con su gregarismo, del ancestral desasosiego que les transmite el porte del hombre occidental. Cenaron en una brasserie de la Île de la Cité y oyeron jazz en un café cercano a Saint Germain des Prés. Hicieron casi todo lo que los enamorados suelen hacer en Paris. El viaje de regreso en el avión, lo hicieron cogidos de la mano. Sin embargo, antes de transcurriera un mes, habían dejado de verse.



martes, 1 de noviembre de 2016

La segunda parte de "LA INSUMISION DEL TALENTO". J.L. Borges al cuadrado


Parte II (viene de Parte I, tal cual)

Al fin, mi táctica parece haber dado sus frutos y el otro día, hace una semana más concretamente, pude leer con satisfacción, con enorme satisfacción, nada menos que en una crítica de Iñigo Olavarrieta -a mi juicio el especialista más capaz de cuantos componen nuestro actual panorama crítico- que Nicasio Mayoral, el personaje protagonista de “La Insumisión del Talento”, una novela obra de una escritora desconocida, Paula Escribano Illán, que había venido acaparando todo tipo de elogios y parabienes en los ámbitos literarios más exigentes… e incluso llegado a gozar de una inusitada repercusión fuera de nuestro país… no era sino un trasunto de Jacinto Astorgaz, un profesor de literatura que a él le había dado clase hacía unos veinte años, durante su época universitaria. Un personaje excéntrico, lúcido y bien humorado, el de Nicasio, que, según palabras del propio Olavarrieta -y de la mayoría de los numerosos críticos que a esas alturas habían glosado, ya, el libro- no era sino el eje vertebrador sobre el que se asentaba toda la trama de la historia y se cimentaban las ideas que se pretendían transmitir a los lectores por medio de su desarrollo.

Concurría la circunstancia, trascendental a mis propósitos, de que habiendo sido Olavarrieta, en efecto, alumno mío -un buen tío, un tío con la cabeza en su sitio- este, en su artículo, mantenía recordar a la perfección, según sus propias palabras, a Paula Escribano Illán como una de sus compañeras de curso. Una chica guapísima, y extremadamente reservada, que apenas se dejaba caer por la facultad como no fuese para asistir a las clases del profesor Astorgaz. O, lo que es lo mismo, mis clases.

Ya que… -sería absurdo que lo fuésemos obviar aquí, precisamente aquí- … al margen de los méritos intrínsecos del propio contenido de la obra, otro de los motivos del enorme éxito de “La Insumisión del Talento” habría de ser, sin duda, el halo de misterio que rodeaba a la personalidad, misma, de su autora, quien, por el momento, había venido rechazando sistemáticamente personarse en cuanta comparecencia pública le era propuesta.


-“Jacinto, me he leído ya “La Insumisión del Talento” nada menos que nueve veces. ¿De verdad quiere que vuelva a hacerlo? ¿No comprende que esté ya un poco harta?”.

-“No desespere querida, no desespere, y métase en su papel hasta el fondo. Es usted una actriz maravillosa, además de guapísima, y estoy convencido que conseguirá salir airosa del lance”.

-“Pero, coño… ¡Qué es el Premio Nacional de Literartura…!”.

-“Se lo tragarán. Como se han ido tragando, hasta ahora, tantas otras cosas. Les conviene hacerlo”.

-“… y ¿si fracaso?”.

-“La consecución de toda hazaña conlleva asumir un riesgo. Pero no debe olvidar, Azucena, que a mí, desgraciadamente, no puede quedarme demasiado tiempo de vida y que figuran alineadas a buen recaudo, dentro de este pendrive, que ahora mismo sostengo entre mis dedos, nada menos que siete obras deseosas de contar con una maternidad tan diligente, y capaz, como la que usted, sin duda, va a hallarse en disposición de ofrecerles”.

-“¿… y Olavarrieta? El tío terminará oliéndose la tostada tarde o temprano”.

-“Mucho me temo, querida, que él tiene ya que saberlo todo. Se limita a seguirnos el juego. No creo que desestime dejar pasar la oportunidad de que ambos, usted y él, lleguen a mantener un provechoso flirt. Ya en la facultad sentía una especial predilección por las chicas bonitas”.



sábado, 29 de octubre de 2016

MAS BORGES. "LA INSUMISIÓN DEL TALENTO" (O las dos caras de Jacinto Astorgaz)


Parte I

Me llamo Jacinto Astorgaz, tengo casi setenta y dos años y me encuentro al borde mismo de la jubilación. Doy clases de literatura contemporánea en la Universidad, no viene al caso que les diga en cual, y escribo; escribo cada día. Sí, escribo todos y cada uno de los días del año. Navidades y vacaciones, incluidas. Me gustaría poder decir que la escritura es mi profesión y las clases son mi afición, pero sucede justo lo contrario. Prácticamente todas mis publicaciones se han materializado a través de pequeñas editoriales relacionadas con el medio universitario y han consistido en ensayos -no demasiado aburridos, confío- sobre la obra de mis tres escritores favoritos del siglo XIX: Emilia Pardo-Bazán, Juan Valera y José María Pereda. La única vez que conseguí publicar una novela “Los Delatores de Júpiter” -en el año 1984, en una editorial de indudable renombre- he de reconocer que el libro pasó con más pena que gloria dentro de eso que viene a denominarse el panorama editorial del momento.

Como casi todo escritor -ya les he dicho que es esto lo que me considero por encima de todo- he aspirado siempre a la fama y la gloria, mas, al llegar cierto punto de mi vida, justo después del monumental fracaso de “Los Delatores de Júpiter”, conseguí asumir que una y otra, la fama y la gloria, parecían estarme -mal que me pesase y por las razones que fuera, unas razones que, sinceramente, escapaban a mi comprensión- rotundamente vedadas. 


Mas como no me resignaba a no aparecer, en un futuro, formando parte de la historia de nuestra literatura, hará de esto unos veinticinco años ideé una estrategia para que mi nombre, si no entre los autores consagrados, apareciese, por lo menos, entre los de los personajes más celebrados de esas obras elegidas por los eruditos. Y, con este fin, me volqué, en cuerpo y alma, en hacer de mi vida, ante todo de la atinente a mi actividad académica, una vida novelesca, en la eventualidad de que mi figura, mi personalidad ¡mi nombre! apareciese en la obra de alguno de mis alumnos al que los hados del destino, llegasen a distinguir, en el futuro, con el signo de la maestría o de la popularidad.

Así comencé -y todo esto es sólo a título de ejemplo- a asistir a las clases con una capa negra forrada de seda roja y a usar monóculo para dirigirme a los alumnos de las últimas filas. Me preparaba junto con cada lección que debía impartir, una selección de frases escogidas -siempre de mi propia cosecha, ya que acostumbran a ser mejores que las de los literatos célebres- que luego proclamaba, con completa naturalidad, en el curso de mis explicaciones. Hice denostación pública ¡y rotunda! de escritores tan famosos como Joyce, Kundera, Nabokov y García Márquez a los que, por aquel entonces, se tenía, en nuestro país, por el sancta sanctorum de solvencia literaria. E, incluso, llevé algunos días a clase a una muñeca hinchable, a la que me apeteció denominar Juanita, para lamentarme ante mis alumnas de estar seguro de que ella iba a hacerle más caso a mis lecciones de lo que ellas, por lo común, acostumbraban... (continuará).



miércoles, 19 de octubre de 2016

BOODLE'S (Agatha Christie y P. G. Wodehouse toman juntos el té)


-"Estábamos allí reunidos, Hastings, sólo seis personas: Lady Mature, Damian Sinclaire, la bella Sarah Cracknell, Etienne de Châteaumeillant, el denostado Lord Mature y un servidor. Todas las luces de la habitación se apagaron de repente. El sonido de un disparo fracturó la oscuridad. Cuando la luz regresó de nuevo a la estancia, los otros cinco comensales pudimos ver el tronco del mezquino aristócrata vencido sobre los restos del excelente carré de cordero que ensuciaban su plato. Los demás invitados se miraron entre ellos con estupor y desconfianza. En aquella mesa se hallaba sentado un criminal. Se pusieron todos muy nerviosos. Yo no. Yo sabía quien había sido el autor de aquella muerte y tenía la certidumbre de que mi vida no iba a llegar a correr el más leve peligro. Lady Mature..."

-"Lady Mature no podía ser la autora del crimen. Visto el terrible Parkinson que padece, no contaba con ninguna posibilidad de manejar con éxito una pistola" razonó Hastings.

-"¿Entonces...? ¿Acaso podría haberlo hecho Mr. Sinclaire?".

-"No. Según creo recordar, Lord Mature era el mejor cliente de su exclusiva galería de arte y no tiene ningún sentido que el anticuario deseara eliminarlo, carece de móvil razonable para ello".

-"¿Sarah Cracknall?".

-"Sarah era la más interesada de todos en que milord se mantuviera con vida para poder seguir disfrutando de sus fabulosos regalos".

-"Perfecto, Hastings; veo que poco a poco va asimilando la esencia del método deductivo... El detalle me llena de satisfacción".

-"De lo que habrá de concluirse que el autor del crimen fue el Barón de Chateaumeillant".

-"Piénselo bien antes, mi querido amigo; no vaya a ser que confunda su juicio".

-"¡Por Dios! es verdad, el francés tampoco pudo ser el criminal, estaba a punto de cerrar con Mature el gran negocio de su vida. ¿Entonces...?".

(La verdadera Sarah Cracknell)

-"Verá, Hastings, sus argumentos gozan de una cierta lógica, pero todos ellos cuentan, a su vez, con algún aspecto por el que poder ser rebatidos. Veamos: atendida la distancia a la que estaba sentada de su esposo, a Lady Mature le era perfectamente posible dispararlo a quemarropa y no errar el tiro; en cuanto a Sinclaire, Reginald Mature había amenazado con llevarle a los Tribunales por la venta de unos Whistler falsos. También Sarah Cracknell poseía motivos fundados para desear la desaparición del magnate, en el último testamento que otorgó, éste legaba en su favor la tercera parte de su fortuna; otro tanto habré de decir respecto a Etienne de Chateaumillant, hasta esa misma noche le debía al malogrado Lord más de dos mil guineas: el precio de un pedido de unos cientos de botellas de Romanée-Conti que este le había satisfecho por adelantado".

-"¡Pero usted ha dicho que ninguno de los cuatro asesinó a Sir Reginald!".

-"Lo he dicho y lo reitero, mi buen Hastings. Todos pudieron hacerlo, en efecto; todos ellos contaban con razones de peso más que suficientes para retirar al viejo, definitivamente, de la circulación. Acabo de exponérselas. Pero no, ninguno lo hizo. El que se encargó de pasaportar a ese fantoche al otro barrio, fui yo. Yo mismo. El otro día me lo encontré casualmente en Boodle's y él tuvo la desfachatez de hacerse el loco para no tener que saludarme. ¡Ces’t la vie!".



martes, 30 de agosto de 2016

BORGEADA. "Aberración suma"


A primeros “setenta”, Jorge L. Borges se lamentaba amargamente de la moda imperante por la que se decía de los textos de… pongamos por caso Cervantes… que estaban escritos a la manera Cervantesca (o Cervantina) cuando precisamente él, Cervantes, era el único escritor sobre la faz de la tierra al que le era imposible copiar, o remedar, el estilo de Cervantes. Y lo mismo cabría decirse de T. Mann o de cualquier otro autor, el propio Borges incluido. Modestamente, incluso de quien ahora les habla. Entonces… como no voy a poder calificar el siguiente cuento como bluffiano, ya que todos los que escribo lo serían, voy a calificarlo de “Borgeada” por la inspiración que su argumento y su estilo le deben al insigne literato de Buenos Aires.

ABERRACION SUMA.

“Podría mantener sin vanagloriarme, o vanagloriándome lo justo, que soy una persona de éxito. Éxito en lo profesional y también, y a esto otro lo considero aun más importante, en lo personal. Los hombres me aprecian, me valoran ¡incluso me admiran! Casi todos ellos desean acostarse conmigo. Sí, constantemente cuento con una camarilla de admiradores incondicionales que se van renovando con habitualidad. Y… sin embargo. Sin embargo, me es muy duro admitirlo, tal vez incluso riesgoso, los desestimo a todos, no admito salvedades, ya que a mí me gustan las mujeres -hermosas mujeres- cuanto menos desde un punto de vista carnal.

Hace tan solo tres meses conocí a una mujer muy guapa, Lola Mielmuriel. Intimamos casi desde el primer momento en que nos vimos y luego hemos continuado tratándonos con asiduidad, hasta terminar convirtiendo nuestras citas en una costumbre, una ardorosa costumbre, de frecuencia casi diaria.

Ayer, Lola, junto a la pequeña mesa de feccel de un café del centro sobre la que reposaban, en esos instantes, nuestras dos tazas de té a medio consumir, me trasladó una noticia a la que quiso calificar de extraordinaria. Una noticia que si bien yo aceptaría como buena, tal vez incluso como trascendente, no dejó por ello de causarme una indudable sorpresa y sumirme en una honda preocupación. Lola me dijo hallarse embarazada.

A bote pronto no supe que decir. Era demasiado perturbador.

Y, sin embargo, insistentes rumores defendían tal posibilidad. Pese a que la ciencia oficial se apresurara, enseguida, a tratar de desmentirlos, había, entre la comunidad científica, algunos individuos, los más osados, los más locos, que, en privado, en la clandestinidad casi, eran incluso capaces de brindarte las pruebas ¡quien sabe si reales o inventadas por ellos mismos! de que eso era así.

Luego de tomarme las manos, y entrelazar sus dedos con los míos, Lola me confió conmovida:

-Julian ¡mírame! Estoy segura, plenamente segura, diría, de que la pequeña criatura que acoge mi vientre también te pertenece a ti.

Pensé, pese a las dudas, que sus palabras pudiesen ser ciertas, y me invadió el temor. Si la relación afectiva que habíamos entablado se hallaba de por sí vedada por los reglamentos, por ser nuestros sexos distintos, la gestación de la criatura, completamente al margen de los cánones reproductivos reglamentariamente previstos, entraba directamente en lo que, esas mismas normas, calificaban como aberración suma. Deduje, por tanto, que se hallaban en juego mi prestigio e, incluso, mi vida.

Ella continuaba sujeta a mí, emocionada, tierna, sus ojos fijos en los míos.

Mi reacción fue clara, no pudo ser otra, mejores alternativas que esa no cabían. Hube de convencerla para que se registrase inmediatamente en algún programa reproductivo presto a dar inicio, en cuyo transcurso su embarazo quedase debidamente homologado conforme a canon. Si acaso esta particularidad les resultase a ustedes ajena, decirles que el periodo de gestación de la raza humana, habitualmente de nueve meses de duración, había ciertas ocasiones, de cuyos motivos no llegaba a tenerse completa certeza, en las que quedaba reducido a siete tan solo”.

Como habrán podido apreciar en el relato, la denominada, por J.L. Borges, secta del Fénix continuó su progreso entre nosotros hasta terminar por imponer sus postulados, y, luego de instituir la proscripción del coito, afán del que ya teníamos alguna noticia gracias al maestro, decretó la ilegitimidad, por considerarlas arteras e interesadas, poco filantrópicas en suma, de las relaciones sexuales entre personas de distinto género, quedando el proceso de renovación de los individuos en manos del Estado mediante los oportunos programas de fecundación sin cópula capaces de garantizar el desarrollo físico más adecuado para nuestra especie.