domingo, 24 de julio de 2016

Y NO ESTABA MUERTO


... que estaba tomando cañas (Peret).

jueves, 9 de junio de 2016

¡QUE SOLOS SE QUEDAN LOS VIVOS! (más Umbral)


Siguiendo con el homenaje al maestro Umbral, vamos a ponerle el colofón, un colofón momentáneo que no definitivo -los colofones de los homenajes a los grandes hombres, y muchos escritores lo son, tienen que ser siempre momentáneos porque luego, con el paso del tiempo, vuelves a saber algo de ellos, o de sus obras, y, a la par, vuelves a sentirte en deuda con su talento- tirando de bloggoteca, y pegando por aquí, que esto lleva ya demasiados días varado y luego no va a haber ya quien lo ponga a flote, unas breves líneas que les dediqué a él, y a su obra, cuando se produjo el triste acontecer de su muerte. ¡Qué grande Paco Umbral!

"Si bien lo miramos, la muerte en sí no es algo que verdaderamente nos aterre. Lo que nos asustan son los muertos. Algunos muertos. Aquellos con los que, mientras estuvieron vivos, mantuvimos el contacto o, por lo menos, llegaron, por las razones que sean, a resultarnos: cercanos, familiares.

Cuando durante mis vacaciones estivales me he enterado de la muerte de Paco Umbral, he sentido de repente un miedo inesperado, e irreflexivo, a morirme yo mismo ¡Qué miserables somos a veces los hombres!.

A propósito de Paco Umbral obra ya en este blog un post, titulado "El Giocondo", que pretendía ser un sentido homenaje a la literatura (y "las cosas", tal y como a él le gustaba referirse a las consabidas circunstancias orteguianas) del ahora difunto, a partir de lo evocado de mis propias vivencias juveniles: nocturnas, depredadoras, dispsómanas, umbráticas ¡cómo no! acaecidas durante cierta época de mi vida. Una época incierta.


Con tristeza y reconocimiento me toca proclamar esta vez que la literatura castellana -y aquí quiero decir "de castilla" y aquí incluyo en esa castilla ¡tan ancha! ese poblachón enorme que es Madrid- ha perdido a su último valedor. ¿Quién va a cantarles ahora a los barbechos de amianto y las eras de asfalto sin resultar tostón o hacer uso del tópico? ¿Quién retratar a banqueros, pintamonas, marquesas, alguaciles, caricatos y politicastros sin caer en el desprecio, la alabanza o la pedantería...?

Ribera y Valdés Leal le andan pintando la mascarilla al muerto y los espectros palaciegos de majas, monjas, meninas y chulapas se afanan en tocarle la minga entre la saya para encimar su resurrección con el pajeo. Aguardan impacientes, fumándose unas tobas, Solana y Espronceda ansiosos por partir de farra hacia Cascorro y los Humilladeros, junto al fantasma del  difunto, y enredarse en bravatas.

Y él.. mientras tanto.. -inmortal, incólume- se acaricia esas narices suyas: feas, rotundas, españolas.. llenas de bubas y espinillas, bien consciente de que le estaba genéticamente vetado ser un dandy de veras a pesar de ese foulard de seda que lucía con respeto -y desamparo- y sus canosas guedejas de poeta. Consciente de que su genio y su porfía estaban condenados de antemano a finar, tal y como le pasó a Cervantes, tal y como les ha ocurrido a tantos otros, en un paraje yermo de La Mancha. Uno cualquiera. Que del nombre -como se nos tiene dicho- no merece la pena acordarse.

Una pérdida irreparable. A falta de herederos de verdadero fuste y fusta de la buena, permitámosles a los escaparates de Hortaleza y los luminosos de la Puerta del Sol que sean ellos los que se ocupen a fondo de ajustar día a día la glosa capitalina. Nadie queda ya, más ducho".



martes, 31 de mayo de 2016

ENGAÑABOBOS

(Claire Harvey)

Me imagino que en otros países también pasará lo mismo, aunque también me imagino que en Francia, en Inglaterra, en Australia... en naciones con un nivel cultural alto en comparación con el nuestro, el fraude no acontecerá en unas proporciones tan desorbitadas. ¿De qué les estoy hablando? Del engaño. Del engaño sistemático y programado como forma de vida.

A la gente, en concreto a los españoles, le gusta que les engañen. Tal cual ¡les encanta! Siendo la de la altivez, venga o no cuento, una de las señas de identidad de nuestro pueblo -y no se trata tan solo de una apreciación mía porque el conjunto de nuestros vecinos coincide... a la hora de poner de relieve nuestro mayor defecto... por juzgarnos así: arrogantes o, incluso, soberbios- y concurriendo que el provecho de la sapiencia requiere, lo primero de todo, de la humildad del cavilante, llegaremos a la conclusión que esta es tierra abonada para los parlanchines, los dorapíldoras y los vendedores de humo.

El español, siempre en guardia para que no se rían de él, para no hacer el rídiculo, termina convirtiéndose con su actitud recelosa, y un tanto esquiva, pero llena de candor dogmático, en presa gustosísima para los vividores. No es algo nuevo, desde antiguo ha venido sucediendo así, la pena es que el arco de la curva de tendencia no decline. El truco, es obvio, consiste en implicar al engañado en el embuste, la treta más común entre los filibusteros. Esto se traduce, hoy por hoy, en conseguir que este pague una pasta por ser engañado, que la mentira le cueste dinero, ya que, en este caso, muy pocos se avendrán a reconocer que los han tomado el pelo arriesgándose a pasar por tontos ante los demás. Cuanto más pagues por la trola, más se afanará tu menoscabado orgullo en transformarla en certeza y más feliz terminarás por considerarte a la culminación del truque.

 (Kay Althoff)

Les sugiero entonces a los políticos, a todos, si quieren terminar con las críticas acerbas hacia sus personas, con las querellas, las denuncias, y demás cosas por el estilo que tan desagradables tienen que resultarles a los pobres hombres, que le cobren a la ciudadanía -a imagen de lo que hacen otras élites profesionales de indudable renombre: abogados, cocineros, economistas, sociólogos... a la hora de prestar sus servicios- un estipendio por votar, pongamos que doscientos (200) euros para las "legislativas" y cien (100) en lo que respecta a las "autonómicas" y las "municipales" (las"europeas" irían de "free bonus" con el combo completo al no ser objeto, su resultado, de demasiadas desafecciones), y van a ver como así, la gente dejaría de dar el coñazo, de increparles, y se conformaría con lo que les toque. Incluso con una sonrisa profidén instalada en el rostro.

Los jerifaltes del mercado no son ni especialmente inteligentes ni especialmente perversos ni especialmente metódicos. Ni sus estrategias de marketing se diseñan con unas complejísimas variables cuya comprensión sólo alcanza a unas pocas mentes privilegiadas reunidas en conciliábulo, ni sus estudios de campo se basan en unos conocimientos exhaustivos de los hábitos de los consumidores urbanos llevados a cabo por eminentes eruditos. Son única y exclusivamente unos vivos, unos jetas, unos tunantes, que han asimilado sin el menor problema ¡al punto de aceptarlo como justo! la paradoja consistente en que a la gente le gusta que le engañen, y que... a más, a más... cuando ha tenido que pagar, por ello, una hipotética sospecha de fraude va a tornarse casi siempre en complacencia de favor.


viernes, 27 de mayo de 2016

QUIZÁS

(Loui Jover)

¡Llámame! No te reprimas. Sé que a veces me consideras vanidoso. Otras, irritante...

¿Ya cuelgas...? ¿Qué sientes...?

"Relax. El relax suficiente para no querer volver a verte" me has dicho.

Te conozco y sé que es eso lo que sientes. Agarro uno de mis papelotes, lleno de notas y tachones, y escribo: "Te conozco y sé que es eso lo que sientes ". Hago sonar "White Shoes", de Marie Danielle, e intento escribir algo parecido a la letra fallida de una canción de amores malogrados. 

Quizás.


martes, 24 de mayo de 2016

INFLUENCIAS e INFLUENZA

(David Levine)

Leo en el blog titulado "Un Libro al Día" del que últimamente estoy muy fan, probablemente porque presienta que sus autores (se trata de un blog colectivo) se hallan en la senda correcta, justo la que esquiva las enlodadas praderas del buenismo, descubro en este blog... les estaba diciendo, me iba ya por las ramas, una relación de novelistas que el celebrado escritor argentino Patricio Pron reconoce, de propia voz y en exclusiva, como influyentes en relación con su último libro "No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles". Cita Patricio, exactamente, a: Ezra Pound, Jorge Luis Borges, Thomas Bernhard, Roberto Bolaño, Georges Perec, Julien Gracq, Marcel Duchamp, Felix Philipp Ingold. Kurt Vonnegut, Jr… Y, tras releer todos esos nombres, yo no he podido dejar de especular en relación con algo que ya he valorado otras veces. Ahora verán que es. Aunque los que vienen siguiéndome desde hace tiempo, probablemente estén ya imaginándoselo.

Analizando únicamente a los "integrados" -de la conocida dicotomía entre estos y los apocalípticos, popularizada por, el recientemente fallecido, Umberto Eco- he dado en calificar a los miembros de dicha categoría de creadores en tres grupos distintos.

Por un lado están aquellos, cuyas sensibilidades y preferencias éticas, estéticas y hasta psíquicas se ajustan como un guante a los requerimientos que imponen las modas y tendencias decretadas, en esos precisos momentos, por el establishment. A estos son, entre todos lo integrados, a los que menos mérito les veo, ya que, cuando escriben, actúan naturalmente, libremente... Y la narrativa, en lo básico, consiste en fingir. Más o menos.

Están los que, atizando a su alrededor palos de ciego, a tontas y a locas y sin saber muy bien de donde les viene el aire, consiguen subirse al carro de la moda. Son bastante entrañables. Como ese señor de pueblo que se endominga para ir a los toros, y del que todo el mundo opina, aunque no lo diga, que va hecho un cuadro el pobre hombre.

Están por último, los que se adscriben al sistema con ciertas reticencias y, como les da cierto apuro lo que han hecho, escriben como si trataran de descabalarlo, pero como también les da cierto apuro que se caiga, porque el sistema es el sistema y ellos han conseguido colarse en él, al final lo que hacen es apuntalarlo, aunque intenten aparentar lo contrario. Estos últimos son los que están hechos un lío y, a su vez, escriben cosas muy confusas, también.

(David Levine)

El señor Pron, citando a todos esos autores que relaciona como asumidas influencias estilísticas, parece cabalmente encuadrable, y mira que me ha chocado que sea así, dentro del primer grupo. El tío tiene que estar poco menos que encantado de haberse conocido escribiendo para el lector hispanohablante en este arranque -ya menos arranque- de centuria. ¡Cojones, si parece la alineación del mundial de Diego! ¡Pound de arquero! ¡Borges por el lateral diestro! ¡Centrales: Berhard y Bolaño! ¡De defensa izquierdo, Perec!... y así sucesivamente. No falta ni uno. Ingold, del que he de reconocer que no tenía noticia, cabe que sea el segundo entrenador o el fisioterapeuta.

Vaya... que, de uno en uno o, incluso, de dos en dos, el asunto podría tener su aquél. Pero así... todos seguidos, uno detrás de otro, a mí se me acaba hasta el aire. "¡Arghh... que me asfixio!"

Si esto fuera música, y no literatura, sería más o menos como la lista del Rock de Lux de lo más guay del indie. Le preguntan a uno de, pongamos por caso, que no lo sé, "Love of Lesbian" "¿Cuales son las influencias del grupo?" y el tío contesta: Arcade's Fire, The National, The Black Keys, Mark Lannegan, Arctic Monkeys, Neutral Milk Hotel, Nick Cave, P J Harvey y Radiohead. Con dos cojones. Y el que se mueva... ¡si no sale en la foto que se aguante!

Y no es eso. No es eso.

Todo lo cual me lleva a preguntarme al final -¿admiración, envidia, estupor...?- ¿Cuales habrán de ser las dotes persuasivas, empáticas, encantadoras, subyugantes, de las que se hallan provistos todos esos gurús culturales capaces de lograr convencer a la gente de que Nick Cave canta bien, de que George Perec es un tipo rebosante de ingenio, capaces de conseguir que un escritor con personalidad propia, como Patricio Pron, haga suyos todos y cada uno de los dogmas de su archimanida catequesis?.

A mí, la lista de Patricio -o de quien sea: que parece hecha a medida del "perfecto moderno"- hace que me suba la temperatura. Palabra de honor.


viernes, 20 de mayo de 2016

CRONICAS MARCIANAS

(Rudolf Kurz)

¿Podemos fiarnos de los sueños?

Sí. Aclarar, que no voy a referirme a ningún tipo de adivinación, de predestinación, sino, más verazmente, a un... a modo... de inspiración, o, mejor todavía, de sugestión.

No son pocas las ocasiones, en las que hallándome yo completamente dormido, o eso creo, ha aparecido por mi mente una imagen fugaz, una idea, incluso una frase, que, con el despertar, me ha servido de pauta para empezar a escribir una historia. A veces, la frase figuraba transcrita a mano, en un papel. No les hablo de algo demasiado concreto, como podría serlo el cuadro intensamente iluminado de un museo, que, a poco que te lo propongas, habrá de permitirte explayarte a tus anchas, frente al teclado del procesador de textos, describiendo todas y cada una de las peculiaridades expuestas en el mismo con la mayor minucia. No. A lo que me estoy refiriendo es a una historia que ya existe, una historia que vive a su aire fuera de mi cabeza, pero que, en mis ensoñaciones, viene a ser algo más o menos parecido a esas imágenes borrosas y sincopadas que captan las cámaras de seguridad de los comercios. En mis sueños, hay veces, la mayoría, en las que solo aparece un lugar, un escenario, un espacio lleno de objetos, pero hay otras, más raras, en las que también figura una persona -sí, por lo general es sólo una- recorriéndolo. Estas secuencias son justo las que, a mí, más me interesan. Vean:

Hay un hombre, vestido con un abrigo de paño, sentado a una mesa de un café. Da lo mismo el color del abrigo. La mesa es pequeña y tiene posadas encima unas cuartillas. Encima de las cuartillas figura un bolígrafo. La mesa se halla colocada junto a unos ventanales que recorren el piso de arriba del café. En efecto, el local tiene dos pisos. O tres, si contamos el altillo donde se encuentran, el uno junto al otro, los cuartos de baño.

Desde esos ventanales se puede ver, a poco que gires el rostro, la plaza principal de la pequeña ciudad de provincias de la que, precisamente, ese café, un poco triste y desangelado pero garante aun de cierto intelectualismo entre liberal y sicalíptico ya en franco declive, constituye uno de los mayores alicientes para las señoras dicharacheras, los jóvenes confusos y los escritores frustrados. Abel es uno de estos. Abel se sienta todas las tardes, ya casi de noche, junto a la cristalera, en alguna mesa libre, para leer un rato el libro que, en esos momentos, tenga entre manos, y echarle, entre página y página, y sorbo y sorbo de café con leche, lánguidas y escépticas miradas a la plaza. También acostumbra a tomar notas.

(Ferdinand Hodler)

A Abel le gusta ver como anochece. Y, aunque a veces disfruta cuando algún parroquiano, viejo conocido, y hasta podría ser que remoto amigo, se anima a sentarse con él y compartir mesa y plática, prefiere por lo general estar solo. Sí, lo tiene que reconocer, eso es lo que más le complace, quedarse solo: haber permanecido primero, unos cuantos minutos, parloteando con alguien de alguna bobada y tomándose el pelo un poco el uno al otro, y recobrar luego, de inmediato, como en un milagro laico y sencillo, su soledad. Un placer a su alcance: no tiene a nadie esperándolo en casa, y, no sabe si ya por costumbre o por verdadera afición, es siempre uno de los últimos clientes, o incluso el último, en abandonar el local.

Esa noche no está del todo tranquilo y, de vez en cuando, consulta su reloj.

Levanta el bolígrafo y escribe: “...por fin veo surgir la figura de una mujer desde el lado opuesto de la plaza. Al principio no sé si es ella. Son nueve años. Nueve años sin vernos. Ha tenido dos hijos con otro hombre. Ella. María. La mujer sostiene un paso decidido, juvenil, mientras atraviesa el terrado. Cuando se detiene junto al kiosko de los músicos, un ligero sobresalto abomba mi pecho. ¡Sí, es ella! Apuro el café con un último sorbo. Alzo el cuello de mi abrigo y... sonrió. Sí, es ella”.

Abel vuelve a mirar hacia la plaza una vez más. Van a dar las once y no se ve a nadie por ninguna parte. No hay ninguna mujer, frágil y bonita, esperando de píe, junto al kiosko de música, la llegada de ningún amante.

Recoge todas sus cosas despacio -las cuartillas y eso...- y, con un gesto imperioso de la mano, le transmite al camarero -Anselmo Cifuentes: merengón, diabético y medio gitano. A punto de jubilarse- que ya ha satisfecho la cuenta.

Mientras desciende por las escaleras de dos en dos, sorteando los manchurrones de serrín pringoso, le echa una nueva mirada al Seiko. “Crónicas Marcianas” tiene que encontrarse ya, en esos momentos, a punto de dar comienzo.


miércoles, 18 de mayo de 2016

EL VIGILANTE DE LOS SUEÑOS (para "N")

(Maggie Taylor)

Por las noches, cuando me desvelo, me gusta tocar tu espalda con la mano
y comprobar que estás ahí, que no te has ido.
Percibir el pulso de tu espíritu en silencio,
entrelazado con el mío, aliento con aliento,
bálsamo bienhechor de mis vigilias.

Tus sueños ¡tan reales...!
... según me cuentas ¡tan poco proclives al absurdo!
Mis vigilias tan locas, tan perversas algunas,
que sólo tu cariño
es capaz de encerrarlas dentro de sus arcones.

El rastro de tu sueño
conduce a mis desvelos al reino de la calma.
A la ternura.
¿Qué sería de mi paz si te hicieras ausente?
¿Si, en lugar de dormir,
te figuraras presa de las preocupaciones y el desánimo?
Por eso te vigilo, amada mía,
presto a tomarte de la mano si despiertas,
camino de los cielos o el infierno, donde sea,
ya que pienso que el mal, hasta las mismas pezuñas del diablo, 
habrá de convertirse en miel, y plenitud,
si estamos juntos.