domingo, 12 de marzo de 2017

LOS ARTISTAS SON SIEMPRE LOS MISMOS


"Los Cantantes Son Todos Lo Mismo" (V. Delerm)

Todavía las noches de París.
Todavía la chica que se marcha.
Los viejos amores y las flores exóticas.
Los cantantes son todos lo mismo.

Todavía el cantautor que se atusa el pelo y se lamenta en un rincón.
Los muelles vacíos del Sena.

Todavía tú y tu vestido.
Perdidos entre el público
que había acudido a verme actuar.

Le has dado la vuelta a la canción del viejo Dassin... y
si crees que él no se ha dado cuenta...
es porque sí que lo ha hecho.

Todavía París y la lluvia.
El amor al atardecer y la buhardilla en Le Marais.
Los cantantes son todos lo mismo.

También el cantautor que has oído hace un rato
y la botella de absenta de Verlaine
son siempre los mismos.

Todavía tú y tu vestido, en un concierto
en un gimnasio de Boulogne Sur Mer
perdidos entre el público.

Todavía la noche de París.
Las luces verdes de los taxis.
Todavía la palidez de la mañana.
Los cantantes son todos lo mismo.

Pero hasta que se acabe el día
yo voy a continuar cantando, amor mío.
¿Acaso supone, eso, un problema?
No.


martes, 21 de febrero de 2017

SEVILLA LLOVIZNANDO


Sevilla lloviznando ¡qué cosa más bonita!

El día de mi doble cita: el viernes, lloviznaba en Sevilla. Había llegado el otoño, con toda su gama de pardos y ocres, para oscurecer los árboles. Y, con toda su gama de grises… malvas y sienas, para entristecer los cielos. A mí, el otoño no había comenzado a gustarme hasta hacía bien poco. Había necesitado sentirme, yo mismo, comedidamente otoñal para poder llegar a identificarme con el sosiego y la calma propios de la estación. El otoño era el colofón del verano y la antesala del invierno. Un lugar incómodo del calendario que había que saber ocupar con dignidad y convenía guiar a feliz término provisto de cierto sibaritismo, de un sutil decadentismo. Era el otoño, tal vez hasta por la influencia de la literatura, y porque en París, que es precioso, casi siempre es otoño, un tiempo para los artesanos, para los malditos, para los desencantados y los tímidos. Un bálsamo las neurasténicas. Y yo, de natural jovial y optimista, un tipo cuyas mejores amigas eran la música y la melancolía, iba sabiendo apreciar cada vez más al otoño conforme el tiempo pasaba por mi lado arrastrándome desde los barrancos del jolgorio hacia la dehesa de la ternura.


domingo, 29 de enero de 2017

CUESTION DE FE

(Judith Eisler)

"... yunar, me vestí y... para hacer tiempo... me entretuve mirando un mapa de Rusia. Siempre me había llamado la atención el hecho de que tras la proclamación de independencia de las -llamadas- repúblicas bálticas, un trozo de aquel  gigantesco país, fronterizo con Polonia y Lituania, hubiera quedado aislado del resto del mismo. Se trataba de un pequeño territorio abierto al mar, que en el transcurso del pasado siglo veinte había pertenecido asimismo, durante cierto periodo de tiempo, a Alemania.

 (Judith Eisler)

Cosas como aquella ocurrían a menudo, integraban el tejido elástico con el que se confeccionaba la Historia. Nada era inamovible, ni siquiera las naciones, y lo que hoy podía ser de una forma determinada, y de modo tan aparentemente justo y razonable que muchas personas estaban incluso dispuestas a defenderlo con su vida, mañana podía pasar a ser de otra completamente distinta, y hasta opuesta a la anterior, y existiría también, en este segundo supuesto, un buen número de hombres y mujeres capaces de morir por ello. A los seres humanos -siempre temerosos, siempre desvalidos- les encantaba adscribirse a una causa, una bandera, una ideología, para poder contar con un mito en el que creer. Y, yo, puestos a tener que confiar en algo que trascendiera a lo cotidiano, antes que en toda esa serie de asuntos que -sabía- accesibles, secundarios, incluso -como les he razonado- accidentales, prefería hacerlo en Dios, que era uno, era discreto y era eterno...".



lunes, 23 de enero de 2017

SÉ UN HOMBRE


".....los motores de las hélices, que, hasta entonces venían sonando armonizados junto al viento que ellos mismos levantaban en sus rotaciones, se pusieron a chillar con risas de hiena y el avión comenzó a cimbrearse. Uno de los muchachos afirmó, en voz alta, ver relucir relámpagos en el horizonte. "¿Es hacia allá a dónde vamos?" preguntó otro que se sentaba a mi lado, pegado a mí, a quién quiera que supiese la respuesta.

En esos momentos la cabina estaba en penumbra y… aunque nuestros cuerpos llegaban a rozar unos con otros… apenas si éramos capaces de reconocernos los rostros.

Una lucecita naranja irrumpió unos pasos más allá de mi lugar en la banca, destacándose sobre el fondo gris. El alférez retiró el cigarro de su boca y el pequeño punto de luz se diluyó de nuevo en las tinieblas.

"¡Cállense!" bramó entonces, su voz, por toda respuesta.

Estiré el tronco hacia delante y ladeé mi cabeza todo lo que pude hasta conseguir que una parte del hueco de la puerta quedara dentro de mi campo de visión. Mientras me afanaba en discernir… en la oscuridad… la luz de los rayos, intuí en el aire la inminente aparición de la lluvia. Esta comenzó de repente.

Una brusca sacudida en el fuselaje y una ráfaga de viento líquido se nos vino encima. Empecé a tiritar y rezar. Sonaron voces de alarma. Otro zarandeo. Otro. Murmullos. Algún grito. Se adueñó del avión el sonido del miedo.

"¡Tranquilos. Tranquilos, soldados. Dentro de un cuarto de hora habrá amanecido y les quiero bien vivos para entonces!" intentó tranquilizarnos el joven oficial.

Cuando el otro chico que estaba junto a mí me tocó la mano, no permití que me la agarrara. Sentí una ligera repulsión al percibir la humedad de sus dedos sobre mi piel.

"¡Sé un hombre…!" recuerdo haberle recriminado al pobre muchacho. 


viernes, 20 de enero de 2017

RUA DA SAUDADE


"Saudade. Los rasgueos de una guitarra se entremezclan con el aturdido repicar de las gotas de lluvia que humedecen esta noche los adoquines negros de las estrechas calles de Coimbra. Luces amarillas, ancestralmente turbias, que derraman sus reflejos en una manera muy lánguida sobre el suelo resbaladizo de las aceras. Luces de farol. Unos pasos acelerados. Un "¡ay Dios, casi me caigo!". La muchacha ha recuperado el equilibrio y se aleja, persignándose, por una de las callejas que salen de la plaza. Desde su habitación del hotel, el hombre -un cirujano cardiovascular que ronda los cincuenta- cree poder percibir el olor a rancio que exuda un café viejo y empapado, cree poder sentir en sus carnes los gorgeos de los cientos de polillas que se están ahogando afuera, en el final de sus vidas, y deja divagar, a su mente, entre una marea de recuerdos.

Recuerda... En la sierra ulula el viento... un pequeño utilitario avanza despacio entre los pinares... aunque lleva dadas las luces, solo le funciona uno de los faros, el otro se estropeó hace mucho tiempo en el transcurso de una noche de luna llena en la que una oligofrénica dio a luz en una cabaña más abajo de Lousa. Recuerda... un barro, cremoso y vital, que se adhiere a las suelas de las sandalias, y las yemas de los dedos, como si en lugar de ser de tierra lo formasen coágulos y grumos de sangre. Recuerda.... una barca rota con la borda hecha astillas, junto a un ribazo del río, hasta la que los niños acudían para esconderse. El agua. Un cubo de latón lleno de cangrejos. Se conmueve, emocionado, y piensa en su padre...".




martes, 17 de enero de 2017

MAYTE


Después de atravesar algunos corredores, arriban, los dos, a una galería acristalada que se asoma a un jardín, sin apenas planta alguna, en el que una austera fuente de piedra, de la que no mana el agua, parece constituir su centro geométrico. Dentro de esta galería, mirando al jardín, hay varias personas sentadas en sillones de mimbre. El conjunto luce un rasgo característico: todas ellas aparecen despeinadas. También parecen compartir entre sí, estas personas, un tipo de mirada que aparenta hallarse permanentemente perdida en la lejanía. Los tics de algunas son bastante aparatosos y otras, al revés, ofrecen un hieratismo casi estatuario. Por lo general, son mujeres. Ninguna parece haber reparado en la presencia del intruso o, al menos, omiten hacer el signo más habitual, modificar sobre la marcha el destino de la mirada para dirigirla sobre los que llegan, del que cabría desprenderse dicho dato.

El doctor Andrade se dirige hacia una mujer rubia, de unos cincuenta años, que está sentada sola, en completo silencio, muy cerca de la cristalera. Le habla en estos términos:

-"Mayte, hay aquí un joven que quiere charlar contigo".


jueves, 17 de noviembre de 2016

LA MAGDALENA CONVERTIDA EN PORRO. "También esto pasará" (Milena Busquets)

(Salvador Dalí)
Uno, que acostumbra a moverse en autobús y porque está de acuerdo en lo que dicen, y en como lo dicen, también acostumbra a frecuentar blogs de crítica literaria que, cargados de sensatez, no logran dar ni por asomo con la gran esperanza blanca de la literatura española, ayer perdió el autobús, para ir al trabajo, por encontrarse leyendo ensimismado, en la parada, un libro de una escritora española. Tal y como lo oyen.

Hablamos de un libro “También esto pasará”, de Milena Busquet, que trata del transcurso del tiempo y de la pérdida de la juventud. Versa, más concretamente, sobre los sentimientos y las reflexiones que a una mujer divorciada, en los albores de la cuarentena, le provoca la muerte de su madre.

Al parecer, la novela ha tenido una notable repercusión mediática en el extranjero, algo que puede deberse a que lo que se cuenta en ella por la mujer que la protagoniza, es muy poco localista, bien poco costumbrista, es, por el contrario, a contracorriente de lo que viene siendo habitual por estos pagos, tan proclives a que el narrador se crea que no existe vida inteligente más allá de su barrio, perfectamente extrapolable a otras personas de otros ámbitos y otra cultura. Son muchas las mujeres que habrán de sentir y comportarse de forma parecida a como lo hace la protagonista de la novela -que vamos a imaginarnos que es la propia autora- y que no se atreven a decirlo ante los demás, ni siquiera a verbalizarlo ante su propia experiencia. Entonces… verlo escrito, letra junto a letra, tiene que suponer, me imagino, algo bastante reconfortante para ellas. Y, para nosotros, los tíos, pues… también.

A real man

Esa es otra de las grandes bazas de la novela: su sinceridad. La autora, Milena, centra su relato básicamente en sus relaciones con los hombres: en una búsqueda permanente del tiempo recuperado. Y en las evocaciones de la memoria de su madre: en una agridulce rememoración del tiempo perdido. Aunque también trate, de manera tangencial, pero cuidadosa, de los otros dos grandes pilares de la vida: los hijos y los amigos. Nada que no haya sido expuesto ya antes, en innumerables ocasiones, en la historia de la literatura. La clave de su acierto, de su singularidad, estriba en no callarse nada, no ocultar nada. Decirnos en cada momento que es justo lo que está pensando y hacerlo de tal manera que quedemos convencidos de que no nos está mintiendo.

Y esto es porque cuando la señora Busquets nos cuenta con una prosa comedida, precisa, natural, que utiliza en cada momento la “palabra justa” -esa característica esencial del lenguaje escrito que permite distinguir a los buenos escritores de los “juntaletras”-, jamás recurre a hacerse pasar por lo que no es -a veces parece buena y a veces parece mala, las más no parece nada, pero jamás intenta caracterizarse a sí misma como una redomada canalla o una humilde heroína- para intentar la sublimación del personaje y, con ello, su propio lucimiento, tanto emocional como artístico.

En resumen, se trata de un libro muy bien escrito, valiente, con evidentes evocaciones Rohmerianas (de Eric Rohmer, obvio), en la línea, hoy desafortunadamente perdida, de sus paisanas Laforet y Roig. Un libro escrito con “clase” -lo que quiera que sea eso- que habrá de dejarnos en la boca, a poco que lo paladeemos con un poco de calma, un gusto, agridulce y delicioso, a juventud perdida. Un gusto, más rotundo, y no tan matizado, a esperanzas baldías e inevitabilidad.

¿Qué me dirían, todos ustedes, si les dijera que Cadaqués, el Cadaqués del relato, a mí me ha recordado a Balbec y que la magdalena se me ha aparecido convertida, con el paso de los años ¡un siglo! en un porro de maría y una copa de vino blanco?

A quienes no termino de encontrarle su sitio -Milena me perdone- en todo este escenario, es a “The Clash” de los que la autora se declara rendida admiradora. Aunque a lo mejor sí, también encajan aquí “The Clash”, perfectamente. Y es que… no debemos olvidarnos de que Joe Strummer, su líder (con el permiso de Mick Jones), era hijo de un diplomático británico y se crió, como la(s) protagonista(s) de nuestra reseña, en un ambiente “arty” liberado casi, totalmente, de prejuicios.

En resumidas cuentas una novela a tener en cuenta, porque, le pese a quien le pese, está escrita con fundamento. Precisión y cálculo. Emociones cartesianas.