domingo, 28 de septiembre de 2014

BORRACHOS

Rob Sato
De "Los Diarios de El Clavadista Solitario"

La sombra de una esquina le canta al sol un rock ‘n’ roll machista de broncas, curvas y gasolineras. De niños sin padres y putas sin vírgenes. De escopetas. Un tipo que perdió en la gesta del amor y perdió la apuesta de los hijos le hace una marca al tiempo enmedio de su culo con el borde de un vaso lleno de whisky y de venganza.

El tipo lleva puesta una camiseta negra, desteñida, donde figura medio borrado el logo de una marca de motos. Mira la hora sin saber a ciencia cierta por que lo hace. No ha quedado con nadie. Las manecillas aparentan hallarse quietas y cuando bebe, cada vez que le pega un sorbo del vaso, él también permanece unos segundos abstraido. Le da por pensar que en la vida existen cosas formidables.


A punto de retirarse el sol, el andar bamboleante, el corazón encharcado de confusión y bullicio, sale -este hombre esperanzado- al encuentro del absurdo -porque el mundo no es lógico- y se pierde, como suele, por un vericueto de calles que casi siempre lo equivocan, camino de un apartamento alquilado, en un edificio horrible, donde los ascensores permancen... casi siempre... fuera de funcionamiento.


A medianoche lo despiertan la radio y la sed. A las tantas de la madrugada lo hace la sirena de una ambulancia en ruta. Es el borracho aturdido de las películas malas. Uno de los muchos hombres que, cada noche, se acuestan borrachos en cada ciudad del mundo.

Al otro día, persuadido de que lo más honesto que le ofrece la vida es justo eso: beber, se mira en el espejo y no se da lástima, son otros los que le dan lástima: su mujer, que no lo quiere y tan solo sabe sufrir, su hijo, que lo esquiva y lo considera un ogro desesperado. Son otras historias las que de verdad le resultan patéticas: la mirada neutra de su médico, su sonrisa forzada; las filas de hombres y mujeres circunvalando la ciudad en una caravana interminable de coches; la aquiescencia, el conformismo, la aceptación de su suerte por parte de los conductores...

Su esposa lo ha abandonado, su hijo no se pone al teléfono. La humanidad no consigue ofrecerle nuevas esperanzas, es ella misma, son su mediocridad y su egoismo los que a él no le permiten poder considerarla algo mucho mejor de lo que se considera a sí mismo.

Por la televisión pasan una serie horrible, de risas enlatadas, de gags infames, mientras da buena cuenta de unos raviolis con tomate. Los come directamente del bote. Con ansia.

Recapacita: “¿y si al final de todo resultase que una de las ocupaciones de Dios es la de vigilarnos y meternos en solfa cuando estemos a punto de palmarla?”. Se levanta despacio, se santigua, va a la cocina y extrae una nueva botella de vino -sin empezar- de dentro del frigorífico. Se hace, luego, con un vaso, de la encimera, que aparenta estar limpio. Mantiene la opinión de que no existe nada que no pueda empeorar con el paso del tiempo.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

REYES SIN CORONA

Lotte Hilmer-Wegel

La noche ha caído. Muchos están cenando; otros, desnudándose a oscuras en sus dormitorios. En la televisión, como siempre, como cada día... inefables: crónicas de parricidios, futbolistas con sueldos delirantes, caricatos sin gracia ni posibilidades de tenerla, concursos, absurdos cotilleos... series rancias. Todo está en orden. Todo bien revuelto en un pegote bulboso de mediocridad que amenaza con acabar “de una vez por todas” con la cultura. Algo que no ha llegado a conseguir ni el mismísimo Woody Allen.

En la radio, algunos -unos cuantos “expertos”- opinan. Opinan de todo, opinan a destajo. Increpan, desmienten, ponen los puntos sobre las ies. Vituperando a los políticos azuzan el rencor de sus oyentes. Cuando el programa termine, cogerán sus coches y volverán a sus chalets víctimas de los mismos complejos que antes. Complejos eternos.

El cierra el libro y baja el volumen del reproductor de cedés, se recuesta en la cama y apaga la luz de la mesilla. No tiene intención de dormirse, sólo quiere quedarse ahí: tumbado en la oscuridad oyendo la música.

Ultimamente parece haber conseguido relativizar los deseos y las preocupaciones casi no se atreven a asomar el pelo por su cabeza. Apenas se le ocurre nada inteligente o valioso cuya consecución no le resulte fácilmente asequible. Al cerrar los ojos no lamenta las oportunidades perdidas, no evoca los recuerdos de sus mejores logros y satisfacciones, tampoco se imagina -no quiere imaginárselos- los dones que le depararía una vida distinta fuera del gris. Con el paso de los años ha entendido que las actitudes de renuncia preconizadas por casi todas las religiones y ciertos filósofos no son sino el fruto natural del tiempo que pasa. Un modo de certeza. Una buena coartada para el escepticismo.

Y ya dispone de valor para tratar con el fracaso y la soledad, a solas, y de la prudencia, para no considerarlos en absoluto un par de maulas. Comprende ya a los pródigos. Los ama. Centrado en las voces y los modos de los que cree que pueden enriquecer su sensibilidad y su discernimiento procura debilitar, un día tras otro, su estupidez.

En medio de la noche sale a la terraza y no ve las estrellas. No ve ninguna estrella. No hay problema, nadie las ha raptado. El mundo tampoco se va a acabar mañana jueves. Sólo que las luces amarillas de la ciudad dormida provocan la desaparición de otros resplandores mucho más gratificantes. El cielo no termina de acostumbrarse a guiñarles el ojo a las farolas de las autopistas.

viernes, 19 de septiembre de 2014

EL NAME DROPPING ES UNA HORTERADA


Parece estar de moda en las entradas de los blogs literarios recurrir a un chorreo de nombres, transcribir un ramillete de citas, no sólo pretendiendo... con ello... el aval de las opiniones del ensayista sino también, e incluso en una mayor medida, como impune ejercicio, por parte de este, de sus escogidos conocimientos o, más concretamente, que esto es lo que de verdad mola, como desenfadado alarde de su familiaridad con la "haute culture" y discúlpeseme por lo facilón del chiste.

Pero, en realidad, eso no mola tanto, o, por lo menos, no mola tanto como debe imaginarse el compilador. Existe internet, existe la wikipedia, pululan las páginas webs con citas de todo tipo de personajes interesantes: escritores, sociólogos, filósofos... Por lo que apelar a hacer uso de doctas opiniones ajenas para revestir a tu artículo de un aparente brillo intelectual no deja de ser, en el fondo, sino una pequeña impostura y una pomposidad bastante ingenua.

Estás escribiendo de la venganza, pones en Google "citas sobre la venganza" y ahí tienes tropecientas mil distintas. Estás escribiendo sobre Foster Wallace, que a todas luces más resulta ser algo más chic, pones esta vez: "citas sobre Foster Wallace" y te salen algunas. Por lo menos quince. Todo está en Google.

Pero aunque no exitiese Google, todo, todo lo que puedas llegar a imaginarte, está ya dicho con anterioridad, de tal manera que todos tus pensamientos, y no me dejo en el cerebro ni uno solo, van a contar con un referente previo, y ajeno, con independencia de que tú hagas o dejes de hacer alusión al mismo.

De modo tal que afánate por contar bien, y con tus propias palabras, lo que te complazca en cada caso decir y esfuérzate tú, con tu dialéctica, por ser convincente -y de ser posible hasta divertido- a la hora de expresarlo. Las alusiones a sabios, eruditos y malditos, a sus sentencias, se hallan hoy en día al alcance de cualquiera y las más de las veces, al usarse impunemente, lo que hacen es embarullar el discurso, empastarlo; porque sí, reconócelo, atrapacitas, no son pocas las veces en las que no te ha importado meterlas con calzador.

Pero vaya, para que vean que soy un tipo sensible, normal y corriente, que, como tal, también se haya expuesto al influjo de las modas, y que no se cree mejor que nadie, o no demasiado, aquí les dejo un par de series de name droppings usadas con perfecta oportunidad. Esta, primero: Stuy; Suurbier, Hulshoff, Blankenburg, Krol; Neeskens, Haan, Mühren; Rep, Cruyff y Keizer. Y luego esta otra, de muy distinto tenor, a ver que tal: Stefania Sandrelli, Anouk Aimée, Jean Seberg, Candice Bergen, Ann Archer y Catherine Denueve.

A mí me parece que las dos lo parten. Sin anestesia. Directamente.

sábado, 13 de septiembre de 2014

AMORE, AMORE... MIO


Nunca estuve seguro de nada. No sabía que era lo que pensaba hacer con mi vida. Ni siquiera sabía su nombre. Me la cruzaba a veces por la acera cuando iba hacia los futbolines. Y, otras, coincidía con ella en el circular, camino de clase. Nos mirábamos. Yo, inevitablemente. Y cuando ella me correspondía, inevitablemente, lo mismo, era también yo el que antes dejaba de hacerlo. Luego, con el paso del tiempo, me enteré que vivía en unos bloques que había en mi misma calle, un par de manzanas más abajo. La vi una mañana de sábado saliendo del portal, con el carro de la compra, llevaba cara de fastidio, y en lugar de hacerme el encontradizo, como me hubiere gustado, me detuve y me colé entre los coches alineados en batería para poder observarla a mis anchas, desde la distancia, como si fuese un vergonzante mirón.

Luego, al cabo de un tiempo, coincidí con ella en alguna fiesta universitaria, donde la Escuela de Minas, me parece que era, pero soy incapaz de recordar si alguna vez llegué a dirigirle la palabra. Alguien me dijo que se llamaba Elena.

Era bien distinto ver a Elena en el autobús luciendo su uniforme escolar y su carpeta con la foto de Leif Garrett ceñida contra el pecho, rodeada de madres que llevaban a sus hijos al cole, de funcionarios con cara de puteo y secretarias amargadas, que encontrártela fumando entre un grupo de amigas, con las pestañas pervertidas por el rimmel, y embutida en unos pantalones negros de lycra que la hacían parecer mayor. Era una faena, verla desenvolverse como una mujer de mundo, por encima del bien y del mal, entre una confusa batahola de humo, decibelios y tíos feos. Sabía que en cuanto que apareciese uno mono, ella cedería, se pondría en guardia. Y volvería a aparecer la niña. La cándida estudiante que, en el pasado, se había apoderado de mi corazón.

La verdad. También yo era un poco diferente a lo habitual, en aquellas fiestas ingenuas y desaforadas a las que acudía con mis amigotes algunos sábados por la tarde. Bueno, no sé; en realidad fuera tal vez el mismo. Pero el alcohol de aquellos saraos me volvía un poco loco y, entonces, me daba por desmadrar, ponerme a hablar a voces entre carcajadas y hacer el canelo con casi todas las chicas que andaban sin pareja y me parecían bien. Cualquiera de ellas podría llegar a ser mi amor: la que se decidiera a hacerme caso. Y cualquiera podría convertirse en nada: en cuanto pasara de mí. Y Elena esta vez, entre los de mi grupo... las canciones de Depeche Mode sonando a toda pastilla como si se desprendiesen del techo... los achuchones en la barra... los vasos de whisky, no pasaba de ser una más. No, creo que no llegué a decirle nada, estoy casi seguro. Pese a que supiera, como lo sabía, que ella era la chica más bonita de la fiesta... mi favorita, y meses atrás la había deseado con locura. Porque igual sabía que, precisamente por todas estas circunstancias, una descortesía suya -en aquella época era la cosa más natural del mundo que las chicas te metieran unos "cortes" espeluznantes- podría sumirme irremisiblemente en la miseria ¡Durante todo el fin de semana! 

jueves, 11 de septiembre de 2014

SECTOR Z. Luces de hospital


III Parte. Luces de Hospital

... ególatra terrible. Justo lo que andamos buscando”. O algo muy parecido.

Continúo perdido, mirando hacía un lado y otro de manera alternativa, sin el menor criterio, preguntándome como poder llegar a dar con la enfermera Tobias. Les he preguntado a dos compañeras suyas y no me han sabido dar la menor explicación; la última, hasta ha puesto una cara un poco rara al contestarme. Empiezo a mirar hacia el techo. Hacia las luces del techo. Son blancas. Jodidamente blancas. Rematadamente blancas. Deprimentes. Luces de hospital. Me doy cuenta de que unas luces, como esas, son capaces entristecerme con facilidad y sé que eso es algo que ahora mismo no me conviene en absoluto. Dejo de mirarlas.

A mi espalda, siento unos dedos golpearme en un hombro. No me asustó, una voz de mujer: melodiosa, un poco ronca, los acompasa.

-“¿Puedo ayudarle en algo?”.

Me doy la vuelta ligeramentemente sorprendido y me doy de bruces con ella. Es Ana.

-“¿Ana...?”.

Se me queda mirando, los ojos abiertos de par en par, hasta terminar por hacer afluir a su rostro -todo él- una luminosa sonrisa. Del tipo de las que yo prefiero. Los ojos se le achinan y hasta se le forman dos hoyuelos junto a las comisuras de los labios.

-“¡Dios mío, Jorge, estás igual que antes, no has cambiado nada!”.

Me rio. “No me tomes el pelo”.

Ana Hernández había sido mi gran amor. Una novieta de la época del instituto. Jamás pensé que podría volver a encontrármela. Alguien me dijo que se había ido a trabajar a Canarias, o por ahí, y, cuando lo supe, me imaginé que estaría casada con algún canario o algún extranjero. Ahora la tenía a mi lado. Me seguía resultando guapísima.

-“No te tomo el pelo. Estás igual, de verdad; no tienes barriga, conservas todo el pelo... ¿sigues escribiendo?”.

Pongo cara de póker. No me imaginaba tan mezquino, como para, siendo tan joven, habérmelas dado de escritor con Ana.

-“Sí. Bueno. A veces. Ya no escribo tanto como me gustaría”.

-“El trabajo, la familia... me imagino”.

-“Publique un libro. Un fracaso rotundo je, je...”. Me decido ahora a hacerle a ella partícipe; sin poder, ni querer, privar de cierto matiz de orgullo a mis palabras.

-“Seguro que estarás exagerando. A mí me encantaban las cosas que escribías. Eran... ¡tan diferentes!”.

-“Ya no las recuerdo, la verdad”.

-“¿No te acuerdas del cuento aquel del chico y la chica, vecinos de bloque, que se quedan, los dos, encerrados en el garaje y terminan enamorándose y haciendo el amor en la sala de contadores?”.

-“¿Yo escribía ese tipo de cosas....?”. Le digo a Ana poniendo voz de tonto, denotando una forzada perplejidad, pese a que de inmediato haya aparecido por mi memoria aquel cuento. Nosotros dos éramos los protagonistas. "Y tú ¿qué tal, cómo te va?".

-“Ya me ves. Soy enfermera ¡Ja, ja...! Ando por aquí más o menos bien. Las guardías, las urgencias. Fracturas abiertas, analgésicos... ¡todo un poco rollo!. Pero no me puedo quejar, los hay que están bastante peor. ¿Te has casado...?”.

-“No, no. Ni de coña”. Respondo esta vez, lleno de azoramiento.

Tras permanecer los dos hablando durante unos minutos en un recoveco del pasillo, junto al botiquín de planta, bromeando y sin parar apenas de reirnos, ella termina proponiéndome:

-“Mira, a las nueve en punto termino el turno, faltan menos de dos horas ¿Por que no me esperas abajo, en el hall, cuando concluyas tu visita, y nos vamos los dos por ahí a cenar o picar algo? ¿No te apetece que recordemos los viejos tiempos?”.

Le contesto a Ana:

-“De acuerdo, Ana. Hecho. Claro que me apetece. Pero, antes, tengo que pedirte un favor".

-"Tú dirás".

-"Tienes que presentarme a la señorita Tobias”.

Me mira, mi amor, directamente a los ojos con una mueca, huidiza, de incredulidad y de duda.

-“Yo soy la señorita Tobias”.

¿Fin?

miércoles, 10 de septiembre de 2014

SECTOR Z. Un Ególatra Terrible


II Parte. Un ególatra terrible.

... al personal del centro por el sector z. Bajo ningún concepto".

Acabo de entrar en el centro hospitalario, atravieso el hall para acceder a los ascensores, y mi talante continúa siendo igual de positivo. Un poco asustado, pero bueno... Es natural, creo. El reto al que me dispongo a enfrentarme, dentro de unas horas me imagino, no es ninguna nadería. Se trata de algo peligroso, mucho. Pero la satisfacción que obtendré en el caso improbable de alcanzar el éxito habrá de compensar con creces cualquier sinsabor previo. Bien que aunque fracasara, no sería, esta vez, un fracaso rotundo, sin paliativos, como otras veces, en esta ocasión mis esfuerzos habrían servido para algo. Aunque el precio que tenga que pagar por ello sea el de mi propia vida.

Entro dentro del ascensor, no hay demasiada gente. “Voy al sexto” le digo a un celador que luce una medalla de oro, de forma oval, con la cadena enredada entre los pelos del pecho. Permanece de pie junto a la placa con los botones de los pisos. A mi lado se ubica un matrimonio maduro. Los dos tienen cara de pena. El es gordo, calvo, con bigote. Ella es gorda. Diría que ambos huelen a cacahuetes. Luego entra un tío con un brazo en cabestrillo cuando las puertas están ya a punto de cerrarse.

Se estarán ustedes preguntando que demonios pinto yo en este hospital, en este ascensor. A que carajo es a lo que voy al sector z. Seguro que habrá muchos, entre ustedes, que ni siquiera habrán oido hablar nunca del sector z. Voy a explicárselo muy brevemente. Me encuentro aquí, ni más ni menos, para hacer de cobaya humano. Así es, van a inocularme determinado virus, o un cultivo de bacterías o cualquier otra barrabasada por el estilo, desconozco los detalles, de cierta enfermedad, cuya gravedad es hoy por hoy máxima, con el fin de hacerme objeto, una vez aparezcan los primeros síntomas del mal, de cierto tratamiento específico para erradicarlo. Un tratamiento, novedoso, sofisticado, aun en fase de experimentación, en el que los cientificos tienen depositadas enorme esperanzas. ¡Enormes!. Pero no, completas.

Me encuentro perdido. Llevo un par de minutos en la sexta planta y desconozco cual es el corredor principal; todos me parecen iguales. Igual de anchos, igual de largos, igual de iluminados. Si bien soy consciente, lo tengo asumido -forma parte esencial del trato, me imagino que lo de las pruebas, su puesta en práctica, esto de utilizar a personas de carne y hueso para hacerlas, pese a ser algo tradicionalmente asumido por la clase médica, tiene que carecer de homologación legal- que no debo preguntarle a nadie por el sector “z”.

Puedo morir, es cierto. Seamos sinceros, estoy casi seguro de que lo haré: un año, dos, tres años... a lo sumo. Pero el tiempo que permanezca con vida pienso disfrutar de la sensación de sentirme útil. Consciente de estar haciendo algo por los demás, mis semejantes: niños indefensos, jóvenes repletos de ilusiones, ancianos que son uña y carne con sus nietos... Vaya, no voy a ponerme melodramático, dejemos estos simplones efectismos de lado. Necesitaba dar con algo -mi ego me lo venía reclamando a gritos- en lo que sentirme bueno, diestro, capaz. Y tal vez observar en mi cuerpo el nacimiento de la enfermedad, estar pendiente de su desarrollo, considerar los sucesivos efectos que el tratamiento despliega sobre sus síntomas, constituya, en su conjunto, una actividad hecha poco menos que a mi medida. Algo en lo que otros, casi todos, fracasarían y para lo que yo, sin embargo, me hallo magníficamente dotado. De siempre me ha gustado ensimismarme, observarlo todo, anotarlo todo. Y, lo que es más característico, observarme a mi mismo y reflejar mis sentimientos -algo que hasta podría calificarse como morboso- por escrito. Tal vez sea por esto por lo que he sido seleccionado para cumplir este programa. Sospecho que los doctores habrán dicho, o por lo menos lo habrán pensado: “¿Escritor? Perfecto. Seguro que el tío resulta ser un ególatra terrible. Justo lo que andamos buscando”. O algo muy parecido.

(continuará)

martes, 9 de septiembre de 2014

SECTOR Z. Un escritor.


I Parte. Un escritor.

Soy escritor. No soy nada. Nada... apenas. Una vez escribí una novela, me la publicaron. Era una buena novela, creo. Las ventas no alcanzaron los mil ejemplares. El libro, ni me dio prestigio ni me facilitó relaciones ni, como ya ven, me permitió hacerme rico. Me supuso, tan solo, una efímera satisfacción. He trabajado una temporada en una cadena de montaje, en el sector del automóvil, soldando. Me faltaba físico, a los veinte días apenas podía sostenerme de pie. He puesto copas en un par de bares de noche. Igual de mal. La música y los clientes me agotaban. He colaborado en algunas revistas culturales sin ver un duro. He hecho encuestas. He abierto cuentas corrientes. Me he hecho un esguince de cojones descargando palieres de tetra briks de leche en una gran superficie. Un caos. Sin embargo, antes de todo esto yo era un buen estudiante. Filosofía y letras. La conclusión de la carrera supuso, justo, la fractura, el inicio de mi deriva.

“Ha llegado la hora de remontar” me digo a mi mismo... y sonrío.

Con ellas, con las chicas, una mierda igual. Desde que abandoné la universidad ninguna relación ha sobrepasado los dos meses. Chicas feas, pundonorosas pero feas. Feas y ni siquiera demasiado amables. Ustedes dirán. ¿A quién va a apetecerle compartir su vida con un fracasado?. “Ni oficio ni beneficio” como hubiera dicho -ya me lo vaticinó cuando, con diecisiete años le hablé de mis proyectos de futuro: estudiar letras, hacerme escritor...- mi difunto padre.

“Al final no me he pegado ningún tiro, no me tirado al vacío por ningún balcón y esta, de ahora, bien puede ser mi oportunidad...” -trato de convencerme mientras miro, distraido, los escaparates de los comercios según voy avanzando a buen ritmo por la avenida de Los Alamos- “esta vez las cosas tienen que cuajar”.

Me he convertido en un indolente, un tipo huraño, desconfiado, que no se atreve ya a ilusionarse por nada. Le da miedo la ilusión ¡Ay que joderse! Ese, justamente, es el grupo de personas en el que se me podría encuadrar. Encefalograma plano. Pasión cero. Y sin endulzar el plato con obtusos postulados budistas hechos a base de resignación y flores de loto. Mejor maticemos... -insisto, es necesario- ... ese era yo. Hasta hace bien poco. Ya no. Desde hace unos cuantos días, la ilusión, si bien en forma embrionaria, comedida, pero: adulta... consciente, ha vuelto a campar entre mi voluntad. Hoy vuelvo a creer que puedo ser útil, ser alguien, disponer de una verdadera razón para existir.

Miro el papel que sostengo entre mis dedos con cuidado. Está en mi mano zurda. En él figura explicado todo. De forma un poco confusa, es verdad, como suelen hacerlo casi todas las instrucciones impresas, en nuestro país. Ya lo ha leído varias veces y no termino de entenderlo del todo.

"SECTOR Z. Coger los ascensores que hay a la izquierda del hall y ascender a la sexta planta. Una vez en esta, caminar adelante por el corredor principal hasta llegar al área de contusionados. Preguntar allí por la señorita Tobías. Identificarse. Ella le conducirá en persona hasta el sector z. Abstenerse, en cualquier caso, de preguntar en recepción o al personal del centro por el sector z. Bajo ningún concepto".

(Continuará)