sábado, 13 de septiembre de 2014

AMORE, AMORE... MIO


Nunca estuve seguro de nada. No sabía que era lo que pensaba hacer con mi vida. Ni siquiera sabía su nombre. Me la cruzaba a veces por la acera cuando iba hacia los futbolines. Y, otras, coincidía con ella en el circular, camino de clase. Nos mirábamos. Yo, inevitablemente. Y cuando ella me correspondía, inevitablemente, lo mismo, era también yo el que antes dejaba de hacerlo. Luego, con el paso del tiempo, me enteré que vivía en unos bloques que había en mi misma calle, un par de manzanas más abajo. La vi una mañana de sábado saliendo del portal, con el carro de la compra, llevaba cara de fastidio, y en lugar de hacerme el encontradizo, como me hubiere gustado, me detuve y me colé entre los coches alineados en batería para poder observarla a mis anchas, desde la distancia, como si fuese un vergonzante mirón.

Luego, al cabo de un tiempo, coincidí con ella en alguna fiesta universitaria, donde la Escuela de Minas, me parece que era, pero soy incapaz de recordar si alguna vez llegué a dirigirle la palabra. Alguien me dijo que se llamaba Elena.

Era bien distinto ver a Elena en el autobús luciendo su uniforme escolar y su carpeta con la foto de Leif Garrett ceñida contra el pecho, rodeada de madres que llevaban a sus hijos al cole, de funcionarios con cara de puteo y secretarias amargadas, que encontrártela fumando entre un grupo de amigas, con las pestañas pervertidas por el rimmel, y embutida en unos pantalones negros de lycra que la hacían parecer mayor. Era una faena, verla desenvolverse como una mujer de mundo, por encima del bien y del mal, entre una confusa batahola de humo, decibelios y tíos feos. Sabía que en cuanto que apareciese uno mono, ella cedería, se pondría en guardia. Y volvería a aparecer la niña. La cándida estudiante que, en el pasado, se había apoderado de mi corazón.

La verdad. También yo era un poco diferente a lo habitual, en aquellas fiestas ingenuas y desaforadas a las que acudía con mis amigotes algunos sábados por la tarde. Bueno, no sé; en realidad fuera tal vez el mismo. Pero el alcohol de aquellos saraos me volvía un poco loco y, entonces, me daba por desmadrar, ponerme a hablar a voces entre carcajadas y hacer el canelo con casi todas las chicas que andaban sin pareja y me parecían bien. Cualquiera de ellas podría llegar a ser mi amor: la que se decidiera a hacerme caso. Y cualquiera podría convertirse en nada: en cuanto pasara de mí. Y Elena esta vez, entre los de mi grupo... las canciones de Depeche Mode sonando a toda pastilla como si se desprendiesen del techo... los achuchones en la barra... los vasos de whisky, no pasaba de ser una más. No, creo que no llegué a decirle nada, estoy casi seguro. Pese a que supiera, como lo sabía, que ella era la chica más bonita de la fiesta... mi favorita, y meses atrás la había deseado con locura. Porque igual sabía que, precisamente por todas estas circunstancias, una descortesía suya -en aquella época era la cosa más natural del mundo que las chicas te metieran unos "cortes" espeluznantes- podría sumirme irremisiblemente en la miseria ¡Durante todo el fin de semana! 

jueves, 11 de septiembre de 2014

SECTOR Z. Luces de hospital


III Parte. Luces de Hospital

... ególatra terrible. Justo lo que andamos buscando”. O algo muy parecido.

Continúo perdido, mirando hacía un lado y otro de manera alternativa, sin el menor criterio, preguntándome como poder llegar a dar con la enfermera Tobias. Les he preguntado a dos compañeras suyas y no me han sabido dar la menor explicación; la última, hasta ha puesto una cara un poco rara al contestarme. Empiezo a mirar hacia el techo. Hacia las luces del techo. Son blancas. Jodidamente blancas. Rematadamente blancas. Deprimentes. Luces de hospital. Me doy cuenta de que unas luces, como esas, son capaces entristecerme con facilidad y sé que eso es algo que ahora mismo no me conviene en absoluto. Dejo de mirarlas.

A mi espalda, siento unos dedos golpearme en un hombro. No me asustó, una voz de mujer: melodiosa, un poco ronca, los acompasa.

-“¿Puedo ayudarle en algo?”.

Me doy la vuelta ligeramentemente sorprendido y me doy de bruces con ella. Es Ana.

-“¿Ana...?”.

Se me queda mirando, los ojos abiertos de par en par, hasta terminar por hacer afluir a su rostro -todo él- una luminosa sonrisa. Del tipo de las que yo prefiero. Los ojos se le achinan y hasta se le forman dos hoyuelos junto a las comisuras de los labios.

-“¡Dios mío, Jorge, estás igual que antes, no has cambiado nada!”.

Me rio. “No me tomes el pelo”.

Ana Hernández había sido mi gran amor. Una novieta de la época del instituto. Jamás pensé que podría volver a encontrármela. Alguien me dijo que se había ido a trabajar a Canarias, o por ahí, y, cuando lo supe, me imaginé que estaría casada con algún canario o algún extranjero. Ahora la tenía a mi lado. Me seguía resultando guapísima.

-“No te tomo el pelo. Estás igual, de verdad; no tienes barriga, conservas todo el pelo... ¿sigues escribiendo?”.

Pongo cara de póker. No me imaginaba tan mezquino, como para, siendo tan joven, habérmelas dado de escritor con Ana.

-“Sí. Bueno. A veces. Ya no escribo tanto como me gustaría”.

-“El trabajo, la familia... me imagino”.

-“Publique un libro. Un fracaso rotundo je, je...”. Me decido ahora a hacerle a ella partícipe; sin poder, ni querer, privar de cierto matiz de orgullo a mis palabras.

-“Seguro que estarás exagerando. A mí me encantaban las cosas que escribías. Eran... ¡tan diferentes!”.

-“Ya no las recuerdo, la verdad”.

-“¿No te acuerdas del cuento aquel del chico y la chica, vecinos de bloque, que se quedan, los dos, encerrados en el garaje y terminan enamorándose y haciendo el amor en la sala de contadores?”.

-“¿Yo escribía ese tipo de cosas....?”. Le digo a Ana poniendo voz de tonto, denotando una forzada perplejidad, pese a que de inmediato haya aparecido por mi memoria aquel cuento. Nosotros dos éramos los protagonistas. "Y tú ¿qué tal, cómo te va?".

-“Ya me ves. Soy enfermera ¡Ja, ja...! Ando por aquí más o menos bien. Las guardías, las urgencias. Fracturas abiertas, analgésicos... ¡todo un poco rollo!. Pero no me puedo quejar, los hay que están bastante peor. ¿Te has casado...?”.

-“No, no. Ni de coña”. Respondo esta vez, lleno de azoramiento.

Tras permanecer los dos hablando durante unos minutos en un recoveco del pasillo, junto al botiquín de planta, bromeando y sin parar apenas de reirnos, ella termina proponiéndome:

-“Mira, a las nueve en punto termino el turno, faltan menos de dos horas ¿Por que no me esperas abajo, en el hall, cuando concluyas tu visita, y nos vamos los dos por ahí a cenar o picar algo? ¿No te apetece que recordemos los viejos tiempos?”.

Le contesto a Ana:

-“De acuerdo, Ana. Hecho. Claro que me apetece. Pero, antes, tengo que pedirte un favor".

-"Tú dirás".

-"Tienes que presentarme a la señorita Tobias”.

Me mira, mi amor, directamente a los ojos con una mueca, huidiza, de incredulidad y de duda.

-“Yo soy la señorita Tobias”.

¿Fin?

miércoles, 10 de septiembre de 2014

SECTOR Z. Un Ególatra Terrible


II Parte. Un ególatra terrible.

... al personal del centro por el sector z. Bajo ningún concepto".

Acabo de entrar en el centro hospitalario, atravieso el hall para acceder a los ascensores, y mi talante continúa siendo igual de positivo. Un poco asustado, pero bueno... Es natural, creo. El reto al que me dispongo a enfrentarme, dentro de unas horas me imagino, no es ninguna nadería. Se trata de algo peligroso, mucho. Pero la satisfacción que obtendré en el caso improbable de alcanzar el éxito habrá de compensar con creces cualquier sinsabor previo. Bien que aunque fracasara, no sería, esta vez, un fracaso rotundo, sin paliativos, como otras veces, en esta ocasión mis esfuerzos habrían servido para algo. Aunque el precio que tenga que pagar por ello sea el de mi propia vida.

Entro dentro del ascensor, no hay demasiada gente. “Voy al sexto” le digo a un celador que luce una medalla de oro, de forma oval, con la cadena enredada entre los pelos del pecho. Permanece de pie junto a la placa con los botones de los pisos. A mi lado se ubica un matrimonio maduro. Los dos tienen cara de pena. El es gordo, calvo, con bigote. Ella es gorda. Diría que ambos huelen a cacahuetes. Luego entra un tío con un brazo en cabestrillo cuando las puertas están ya a punto de cerrarse.

Se estarán ustedes preguntando que demonios pinto yo en este hospital, en este ascensor. A que carajo es a lo que voy al sector z. Seguro que habrá muchos, entre ustedes, que ni siquiera habrán oido hablar nunca del sector z. Voy a explicárselo muy brevemente. Me encuentro aquí, ni más ni menos, para hacer de cobaya humano. Así es, van a inocularme determinado virus, o un cultivo de bacterías o cualquier otra barrabasada por el estilo, desconozco los detalles, de cierta enfermedad, cuya gravedad es hoy por hoy máxima, con el fin de hacerme objeto, una vez aparezcan los primeros síntomas del mal, de cierto tratamiento específico para erradicarlo. Un tratamiento, novedoso, sofisticado, aun en fase de experimentación, en el que los cientificos tienen depositadas enorme esperanzas. ¡Enormes!. Pero no, completas.

Me encuentro perdido. Llevo un par de minutos en la sexta planta y desconozco cual es el corredor principal; todos me parecen iguales. Igual de anchos, igual de largos, igual de iluminados. Si bien soy consciente, lo tengo asumido -forma parte esencial del trato, me imagino que lo de las pruebas, su puesta en práctica, esto de utilizar a personas de carne y hueso para hacerlas, pese a ser algo tradicionalmente asumido por la clase médica, tiene que carecer de homologación legal- que no debo preguntarle a nadie por el sector “z”.

Puedo morir, es cierto. Seamos sinceros, estoy casi seguro de que lo haré: un año, dos, tres años... a lo sumo. Pero el tiempo que permanezca con vida pienso disfrutar de la sensación de sentirme útil. Consciente de estar haciendo algo por los demás, mis semejantes: niños indefensos, jóvenes repletos de ilusiones, ancianos que son uña y carne con sus nietos... Vaya, no voy a ponerme melodramático, dejemos estos simplones efectismos de lado. Necesitaba dar con algo -mi ego me lo venía reclamando a gritos- en lo que sentirme bueno, diestro, capaz. Y tal vez observar en mi cuerpo el nacimiento de la enfermedad, estar pendiente de su desarrollo, considerar los sucesivos efectos que el tratamiento despliega sobre sus síntomas, constituya, en su conjunto, una actividad hecha poco menos que a mi medida. Algo en lo que otros, casi todos, fracasarían y para lo que yo, sin embargo, me hallo magníficamente dotado. De siempre me ha gustado ensimismarme, observarlo todo, anotarlo todo. Y, lo que es más característico, observarme a mi mismo y reflejar mis sentimientos -algo que hasta podría calificarse como morboso- por escrito. Tal vez sea por esto por lo que he sido seleccionado para cumplir este programa. Sospecho que los doctores habrán dicho, o por lo menos lo habrán pensado: “¿Escritor? Perfecto. Seguro que el tío resulta ser un ególatra terrible. Justo lo que andamos buscando”. O algo muy parecido.

(continuará)

martes, 9 de septiembre de 2014

SECTOR Z. Un escritor.


I Parte. Un escritor.

Soy escritor. No soy nada. Nada... apenas. Una vez escribí una novela, me la publicaron. Era una buena novela, creo. Las ventas no alcanzaron los mil ejemplares. El libro, ni me dio prestigio ni me facilitó relaciones ni, como ya ven, me permitió hacerme rico. Me supuso, tan solo, una efímera satisfacción. He trabajado una temporada en una cadena de montaje, en el sector del automóvil, soldando. Me faltaba físico, a los veinte días apenas podía sostenerme de pie. He puesto copas en un par de bares de noche. Igual de mal. La música y los clientes me agotaban. He colaborado en algunas revistas culturales sin ver un duro. He hecho encuestas. He abierto cuentas corrientes. Me he hecho un esguince de cojones descargando palieres de tetra briks de leche en una gran superficie. Un caos. Sin embargo, antes de todo esto yo era un buen estudiante. Filosofía y letras. La conclusión de la carrera supuso, justo, la fractura, el inicio de mi deriva.

“Ha llegado la hora de remontar” me digo a mi mismo... y sonrío.

Con ellas, con las chicas, una mierda igual. Desde que abandoné la universidad ninguna relación ha sobrepasado los dos meses. Chicas feas, pundonorosas pero feas. Feas y ni siquiera demasiado amables. Ustedes dirán. ¿A quién va a apetecerle compartir su vida con un fracasado?. “Ni oficio ni beneficio” como hubiera dicho -ya me lo vaticinó cuando, con diecisiete años le hablé de mis proyectos de futuro: estudiar letras, hacerme escritor...- mi difunto padre.

“Al final no me he pegado ningún tiro, no me tirado al vacío por ningún balcón y esta, de ahora, bien puede ser mi oportunidad...” -trato de convencerme mientras miro, distraido, los escaparates de los comercios según voy avanzando a buen ritmo por la avenida de Los Alamos- “esta vez las cosas tienen que cuajar”.

Me he convertido en un indolente, un tipo huraño, desconfiado, que no se atreve ya a ilusionarse por nada. Le da miedo la ilusión ¡Ay que joderse! Ese, justamente, es el grupo de personas en el que se me podría encuadrar. Encefalograma plano. Pasión cero. Y sin endulzar el plato con obtusos postulados budistas hechos a base de resignación y flores de loto. Mejor maticemos... -insisto, es necesario- ... ese era yo. Hasta hace bien poco. Ya no. Desde hace unos cuantos días, la ilusión, si bien en forma embrionaria, comedida, pero: adulta... consciente, ha vuelto a campar entre mi voluntad. Hoy vuelvo a creer que puedo ser útil, ser alguien, disponer de una verdadera razón para existir.

Miro el papel que sostengo entre mis dedos con cuidado. Está en mi mano zurda. En él figura explicado todo. De forma un poco confusa, es verdad, como suelen hacerlo casi todas las instrucciones impresas, en nuestro país. Ya lo ha leído varias veces y no termino de entenderlo del todo.

"SECTOR Z. Coger los ascensores que hay a la izquierda del hall y ascender a la sexta planta. Una vez en esta, caminar adelante por el corredor principal hasta llegar al área de contusionados. Preguntar allí por la señorita Tobías. Identificarse. Ella le conducirá en persona hasta el sector z. Abstenerse, en cualquier caso, de preguntar en recepción o al personal del centro por el sector z. Bajo ningún concepto".

(Continuará)

jueves, 4 de septiembre de 2014

ECHENOZ. SUPLANTACIONES.


Cuesta lo suyo dar con novelas buenas -buenas de verdad, quiero decir- y, por eso, últimamente, y, tras una serie de decepcionantes desilusiones de las que no pienso hablar aquí... no merece la pena, he venido dedicando parte de mis ratos de ocio a releer algunos títulos que había leído ya. Esto es, algo parecido a salir de cañas junto a esos amigos de toda la vida con los que ya lo tienes casi todo dicho pero, aun así, te lo sigues pasando teta cuando te juntas con ellos. Y, vaya, este verano he andado de parranda, de aquí para allá, la maleta a cuestas, con Eça, con Baroja, con Bufalino, con Edmund White... Bueno... los amigotes; la pandilla ¡Ya se imaginan!

Pero en la vida hay veces, algunas, en las que, por mucho que te hayan podido decepcionar experiencias precedentes, te apetece conocer gente nueva. Gente que te sorprenda. Alguien que te empuje a pensar después de haber estado departiendo, un par de horas, o tres, con él o con ella: ¡qué persona más cojonuda!. Y esto que digo, algo que se hace notorio en el terreno sentimental en relación con tu sexo “favorito”, y es fácilmente apreciable respecto de la música, el cine, el fútbol ¡y hasta la gastronomía! sucede también con las novelas. Con la ventaja de que, en este otro caso, el nuevo Lionel Messi puede ser un tipo al que tú llevabas la tira de años dejando sentado injustamente en el banquillo -por desconocimiento, desidia o desconfianza, pero injustamente- y está ya a punto de colgar las botas, o, incluso, alguien que por unas razones u otras -y aquí caben, como es natural, las más trascendentes- hoy en día no se encuentra ya en situación de poder saltar al césped.

El último talento con el que he tenido la suerte de encontrarme ha sido con Echenoz, Jean, centrocampista francés (de Orange, en concreto; una pequeña ciudad del Vaucluse de cuyo teatro romano, o más precisamente del gigantesco muro que acota su escenario, el propio Napoleón dijo que se trataba de la pared más hermosa de Francia) veterano, experto, bragado y, de atenernos estrictamente a la cronología, al borde mismo de la jubilación. Con estos antecedentes, podría caber que supusiéramos, de aceptar la influencia del medio sobre el mensaje, y por ende sobre el mensajero, y sabedores de que el interfecto se ha criado en Orange, y que la infancia y la primera juventud son determinantes en el destino de las personas, y luego de considerar las palabras como subsumibles dentro de este destino, que el tal Echenoz es un escitor compacto, de contención, un poco teatral. ¡El anfiteatro, el muro!. Y algo de esto puede haber: predominan en sus textos las frases cortas, matizadas (que no rimbombantes). Discurren, aquellos, sin demasiadas explicaciones psicólogicas y, sí, con abundantes datos ontológicos. Pero también se descuelga de vez en cuando, nuestro autor, nuestro crack, con regates en corto, fintas, fruslerías. 

En resumidas cuentas que aunque le dé de vez en cuando, a Echenoz, por dibujar los pases largos, de una banda a otra, lo suyo es el tiqui-taca, las distancias cortas. La ejemplificación de las motivaciones esenciales que se sienten a través de los gestos sin importancia que se hacen. La asimilación de los envites del destino con una sonrisa en el rostro, con una irónica resignación. Fallar goles a puerta vacía por querer lucirse. Y funcionar con plena regularidad, sin altibajos, sin pifias, en el centro del campo. Como Xavi. Como Didier Deschamps.

Me ha gustado tanto Jean Echenoz, su forma de expresarse, que... debo confesárselo... mucho me temo que voy a pasarme una buena temporada imitándolo, siquiera solapadamente, a la hora de atizarle cera al teclado. Espero que él no se moleste, voy de buen rollo, ni se le ocurra, tampoco, reclamarme derechos de autor, estoy tieso, porque esa influencia, de la que les hablo, y que no tengo ni idea de lo que va a poder durar, no deja de ser sino un sentido homenaje. De lector decepcionado al que le ha sido devuelta la ilusión al abrir un libro... y ver lo que pasa dentro. E incluso le han despertado las ganas de, como si se tratara de un fantasioso adolescente, colarse él mismo en la trama, a las primeras de cambio, suplantando, con más voluntad que acierto, al protagonista. Que, como la mía, también va de esto la narrativa de Echenoz. De suplantaciones.

viernes, 29 de agosto de 2014

UN TIPO CON SUERTE


Todo permanece exactamente igual en la oficina. A la mesa, al flexo, al ordenador... no parece preocuparles que el verano se acabe. No sé si les conforta verme. A mi tampoco debería afectarme en demasía lo del fin del verano ¡Ha sucedido ya antes tantas y tantas veces! ... y mis sentimientos han sido prácticamente iguales todas ellas.

Donde no llega el aire acondicionado, al calor es sofocante. Les pasa igual a mis ideas. Allí donde no alcanza a llegar la felicidad, la opresión es rotunda. Hay veces que noto como si me faltara el aliento.

La mesa se halla llena de papeles. Papeles con nombres y apellidos y demás historias absurdas en las que nunca he creído y nunca voy a llegar a creer. Todos mienten. En esto consiste esencialmente la vida. Por cada héroe, son más de diez mil villanos los que aparecen, cada día, dispuestos a cargárselo. Sólo para que el mundo siga adelante. Un mundo de héroes vendría a ser un mundo de dioses. Y los dioses no existen.

Miro a través del balcón. Un árbol acude al rescate. Las hojas comienzan a secarse un año más. Un plátano de Indias que, aunque parezca del todo ajeno a mis sentimientos, es capaz de alegrármelos y conseguir que no lo vea todo tan oscuro.

No sé si este, del trabajo, es un buen lugar para escribir, como hacía Fernando Pessoa, acerca de las cosas que siento. Pero las siento aquí, ahora, recién llegado de unas vacaciones que he pasado, en buena parte, medio dopado por la melancolía, y percibo el hecho tan simple de contarlas, de hacerles partícipes a todos ustedes de mi tibia tristeza, como una especie de sacramento. Una confesión. Desnudar el alma ante el dios pagano de internet. Y no esperar mucho más. Las recompensas en la vida, las mejores, las más valiosas, casi siempre nos llegan por medio susurros. ¿Lo veeen? Pese a todo he conseguido sonreír. Soy así: un tipo con suerte. 

domingo, 24 de agosto de 2014

TIEMPOS ROMANTICOS


Abajo, en el hotel, en la pista de baile vacía, hay un niño rubio jugando con un globo blanco; lo da patadas. El niño está solo, en medio de la pista, y las patadas que le propina al globo desbordan una cierta tristeza. El niño no debe saber que con esto que está haciendo… es capaz de ponerle triste a un adulto. Seguro que él se lo está pasando bien. O no. El hombre que lo mira -o sea, yo mismo- hace por recordar y llega a la conclusión de que, a lo mejor, el niño se siente aburrido, triste a su modo, y por eso, mismo, es por lo que trata de entretenerse pegándole puntapies al globo. A veces, los niños también se ponen tristes.

Mientras lo observa a lo lejos, desde un séptimo piso, el hombre que acaba de acordarse de él mismo cuando era niño -o sea, yo- vuelve a retirar el termómetro de su axila izquierda. Son las nueve, casi es de noche, la tarde expira y la fiebre ha subido unas décimas.

El hombre se lamenta -me lamento- de su suerte -la mía- por ponerse enfermo encontrándose de vacaciones. Aunque luego viene a admitir que, en realidad, se había planteado estos calurosos días de descanso como una especie de convalecencia: tranquilidad, comida casera, ni una gota de alcohol, música clásica y buenas lecturas… Y concluye que lo de la fiebre en el fondo, una ligera fiebre, es algo que casa a la perfección con ese escenario tan sugerente ideado por él a priori para agotar agosto. De ese modo pasa a contemplar, la fiebre, como una especie de veleidad pseudo literaria. Mitificadora. ¡Hasta termina por convencerse de que ha sido ella, la fiebre precisamente, la que lo ha impulsado a abrir el cuaderno y redactar estas líneas a las que, ahora mismo, está dando un último repaso! La escena que reflejan no resulta ser demasiado distinta a la que le han satisfecho unos vagos recuerdos difuminados por la melancolía. Días de fiebre. Tiempos románticos.